Caja PDF

Comparta fácilmente sus documentos PDF con sus contactos, la web y las redes sociales.

Compartir un archivo PDF Gestor de archivos Caja de instrumento Buscar Ayuda Contáctenos



El club de los martes, Agatha Christie .pdf



Nombre del archivo original: El club de los martes, Agatha Christie.pdf.pdf
Título: Autor aqui
Autor: Info2

Este documento en formato PDF 1.5 fue generado por Acrobat PDFMaker 6.0 for Word / Acrobat Distiller 6.0.1 (Windows), y fue enviado en caja-pdf.es el 05/08/2012 a las 20:13, desde la dirección IP 190.149.x.x. La página de descarga de documentos ha sido vista 2560 veces.
Tamaño del archivo: 61 KB (13 páginas).
Privacidad: archivo público




Descargar el documento PDF









Vista previa del documento


Agatha Christie

EL CLUB DE LOS
MARTES

www.infotematica.com.ar

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

Texto de dominio público.
Este texto digital es de DOMINIO PÚBLICO en Argentina por cumplirse más de 30
años de la muerte de su autor (Ley 11.723 de Propiedad Intelectual). Sin embargo no
todas las leyes de Propiedad Intelectual son iguales en los diferentes países del
mundo.
Infórmese de la situación de su país antes de la distribución pública de este texto.

2

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

Misterios sin resolver.
Raymond West lanzó una bocanada de humo y repitió las palabras con una especie
de deliberado y consciente placer.
–Misterios sin resolver.
Miró satisfecho a su alrededor. La habitación era antigua, con amplias vigas oscuras
que cruzaban el techo, y estaba amueblada con muebles de buena calidad muy
adecuados a ella. De ahí la mirada aprobadora de Raymond West. Era escritor de
profesión y le gustaba que el ambiente fuera evocador. La casa de su tía Jane
siempre le había parecido un marco muy adecuado para su personalidad. Miró a
través de la habitación hacia donde se encontraba ella, sentada, muy tiesa, en un
gran sillón de orejas. Miss Marple vestía un traje de brocado negro, de cuerpo muy
ajustado en la cintura, con una pechera blanca de encaje holandés de Mechlin.
Llevaba puestos mitones también de encaje negro y un gorrito de puntilla negra
recogía sus sedosos cabellos blancos.Tejía algo blanco y suave, y sus claros ojos
azules, amables y benevolentes,contemplaban con placer a su sobrino y los
invitados de su sobrino. Se detuvieron primero en el propio Raymond, tan satisfecho
de sí mismo.Luego en Joyce Lempriére, la artista, de espesos cabellos negros y
extraños ojos verdosos, y en sir Henry Clithering, el gran hombre de mundo. Había
otras dos personas más en la habitación: el doctor Pender, el anciano clérigo de la
parroquia; y Mr. Petherick,abogado, un enjuto hombrecillo que usaba gafas, aunque
miraba por encima y no a través de los cristales. Miss Marple dedicó un momento de
atención a cada una de estas personas y luego volvió a su labor con una dulce
sonrisa en los labios.
Mr. Petherick lanzó la tosecilla seca que precedía siempre sus comentarios.
–¿Qué es lo que has dicho, Raymond? ¿Misterios sin resolver? ¿Y a qué viene eso?
–A nada en concreto –replicó Joyce Lempriére–. A Raymond le gusta el sonido de
esas palabras y decírselas a sí mismo.
Raymond West le dirigió una mirada de reproche que le hizo echar la cabeza hacia
atrás y soltar una carcajada.
–Es un embustero, ¿verdad, miss Marple? –preguntó Joyce–. Estoy segura de que
usted lo sabe.
Miss Marple sonrió amablemente, pero no respondió.
–La vida misma es un misterio sin resolver –sentenció el clérigo en tono grave.
Raymond se incorporó en susilla y arrojó su cigarrillo al fuego con ademán impulsivo.

3

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

–No es eso lo que he querido decir. No hablaba de filosofía –dijo–. Pensaba sólo en
hechos meramente prosaicos, cosas que han sucedido y que nadie ha sabido
explicar.
–Sé a qué te refieres, querido –contestó miss Marple–. Por ejemplo, miss Carruthers
tuvo una experiencia muy extraña ayer por la mañana. Compró medio kilo de
camarones en la tienda de Elliot. Luego fue a un par de tiendas más y, cuando llegó
a su casa, descubrió que no tenía los camarones. Volvió a los dos establecimientos
que había visitado antes, pero los camarones habían desaparecido. A mí eso me
parece muy curioso.
–Una historia bien extraña –dijo sir Henry en tono grave.
–Claro que hay toda clase de posibles explicaciones
–replicó miss Marple con las mejillas sonrojadas por la excitación–. Por ejemplo,
cualquiera pudo...
–Mi querida tía –la interrumpió Raymond West con cierto regocijo–, no me refiero a
esa clase de incidentes pueblerinos. Pensaba en crímenes y desapariciones, en esa
clase de cosas de las que podría hablarnos largo y tendido sir Henry si quisiera.
–Pero yo nunca hablo de mi trabajo –respondió sir Henry con modestia–. No, nunca
hablo de mi trabajo.
Sir Henry Clithering había sido hasta muy recientemente comisionado de Scotland
Yard.
–Supongo que hay muchos crímenes y delitos que la policía nunca logra esclarecer –
dijo Joyce Lempriére.
–Creo que es un hecho admitido –dijo Mr. Petherick.
–Me pregunto qué clase de cerebro puede enfrentarse con más éxito a un misterio –
dijo Raymond West–. Siempre he pensado que el policía corriente debe tener el
lastre de su falta de imaginación.
–Esa es la opinión de los profanos –replicó sir Henry con sequedad.
–Si realmente quiere una buena ayuda –dijo Joyce con una sonrisa–, para psicología
e imaginación, acuda al escritor
Y dedicó una irónica inclinación de cabeza a Raymond, que permaneció serio.
–El arte de escribir nos proporciona una visión interior de la naturaleza humana –
agregó en tono grave–. Y tal vez el escritor ve detalles que le pasarían por alto a una
persona normal.
–Ya sé, querido –intervino miss Marple–, que tus libros son muy interesantes, pero,
¿tú crees que la gente es en realidad tan poco agradable como tú la pintas?

4

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

–Mi querida tía –contestó Raymond con amabilidad–, quédate con tus ideas y que no
permita el cielo que yo las destroce en ningún sentido.
–Quiero decir –continuó miss Marple frunciendo un poco el entrecejo al contar los
puntos de su labor– que a mí muchas personas no me parecen ni buenas ni malas,
si no sencillamente muy tontas.
Mr. Petherick volvió a lanzarsu tosecilla seca.
–¿No te parece, Raymond –dijo–, que das dernasiada importancia a la imaginación?
La imaginación es algo muy peligroso y los abogados lo sabemos demasiado bien.
Ser capaz de examinar las pruebas con imparcialidad y de considerar los hechos
sólo como factores, me parece el único método lógico de llegar a la verdad. Y debo
añadir que, por experiencia, sé que es el único que da resultado.
–¡Bah! –exclamó Joyce echando hacia atrás sus cabellos negros de una forma
indignante–. Apuesto a que podría ganarles a todos en este juego. No sólo soy mujer
(y digan lo que digan, las mujeres poseemos una intuición que les ha sido negada a
los hombres), sino además artista. Veo cosas en las que ustedes jamás repararían.
Y, como artista,también he tropezado con toda clase de personas. Conozco la vida
como no es posible que la haya conocido nuestra querida miss Marple.
–No estoy segura, querida –replicó miss Marple–. Algunas veces, en los pueblos
ocurren cosas muy dolorosas y terribles.
–~Puedo hablar? –preguntó el doctor Pender con una sonrisa–. No se me oculta que
hoy en día está de moda desacreditar al clero, pero nosotros oímos cosas que nos
permiten conocer un aspecto del carácter humano que es un libro cerrado para el
mundo exterior.
–Bien -dijo Joyce–, parece que formamos un bonito grupo representativo. ¿Qué les
parece si formásemos un club? ¿Qué día es hoy? ¿Martes? Le llamaremosel Club
de los Martes. Nos reuniremos cada semana y cada uno de nosotros por turno
debera exponer un problema o algún misterio que cada uno conozca personalmente
y del que, desde luego. sepa la solución. Dejadme ver cuántos somos. Uno, dos,
tres, cuatro, cinco. En realidad, tendríamos que ser seis.
–Te has olvidado de mí, querida –dijo miss Marple con una sonrisa radiante.
Joyce quedó ligeramente sorprendidas pero se rehízo en seguida.
–Sería magnífico.miss Marple –le dijo–. No pense que le gustaría participar en esto.
–Creo que será muy interesante –replicó miss Ma pie–, especialmente estando
presentes tantos caballeros inteligentes. Me temo que yo no soy muy lista pero,

5

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

haber vivido todos estos años en St. Mary Mead, me ha dado cierta visión de la
naturaleza humana.
–Estoy seguro de que su cooperación será muy valiosa –dijo sir Henry con toda
cortesía.
–¿Quién será el primero?
–Creo que no hay la menor duda en cuanto a eso
–replicó el doctor Pender–, puesto que tenemos la gran fortuna de contar entre
nosotros con un hombre tan distinguido como sir Henry.
Dejó la frase sin acabar,mientras hacía una cortés inclinación hacia sir Henry.
El aludido guardó silenciounos instantes y, al fin, con un suspiro y cruzando las
piernas, comenzó:
–Me resulta un poco difícil escoger al tipo de historia que ustedes desean oír, pero
creo que conozco un ejemplo que cumple muy bien los requisitos exigidos. Es
posible que hayan leído algún comentario acerca de este caso en los periódicos del
año pasado. Entonces se archivó como un misterio sin resolver, pero da la
casualidad de que la solución llegó a mis manos no hace muchos días.
»Los hechos son bien sencillos. Tres personas se reunieron para una cena que
consistía, entre otrasc osas, de langosta enlatada. Más tarde aquella noche, los tres
se sintieron indispuestos y se llamó apresuradamente a un médico.Dos de ellos se
restablecieron y el tercero falleció.
–¡Ah! –dijo Raymond en tono aprobador.
–Como digo, los hechos fueron muy sencillos. Su muerte fue atribuida a
envenenamiento por alimentos en mal estado, se extendió el certificado
correspondiente y la víctima fue enterrada. Pero las cosas no acabaron ahí.
Miss Marple asintió.
–Supongo que empezarían las habladurías, como suele ocurrir.
–Y ahora debo describirles a los actores de este pequeño drama. Llamaré al marido
y a la esposa, Mr. y Mrs. Jones, y a la señorita de compañía de la esposa, miss
Clark. Mr. Jones era viajante de una casa de productos químicos. Un hombre
atractivo en cierto modo, jovial y de unos cuarenta años. Su esposa era una mujer
bastante corriente, de unos cuarenta y cinco años, y la señorita de compañía, miss
Clark, una mujer de sesenta, gruesa y alegre, de rostro rubicundo y resplandeciente.
No podemosdecir de ninguno de ellos que resultara una personalidad muy
interesante.

6

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

«Ahora bien, las complicaciones comenzaron de modo muy curioso. Mr. Jones había
pasado la noche anterior en un hotelito de Birmingham. Dio la casualidad de que
aquel día habían cambiado el papel secante, que por lo tanto estaba nuevo,y la
camarera, que al parecer no tenía otra cosa mejor que hacer,se entretuvo en
colocarlo ante un espejo despues de que Mr. Jones escribieraunas cartas. Pocos
días más tarde, al aparecer en los periódicos la noticia de la muerte de Mrs. Jones
como consecuencia de haber ingerido langosta en mal estado, la camarera hizo
partícipes a sus compañeros de trabajo de las palabras que había descifrado en el
papel secante:«Depende enteramente de mi esposa... cuando haya muerto yo
haré...cientos de miles...»
»Recordarán ustedes que no hace mucho tiempo hubo un caso en el que la esposa
fue envenenada por su marido. No se necesitó mucho más para exaltar la
imaginación de la camarera del hotel. ¡Mr. Jones había planeado deshacerse de su
esposa para heredar cientos de miles de libras! Por casualidad, una de las
camareras tenía unos parientes en la pequeña población donde residían los Jones.
Les escribió y ellos contestaron que Mr. Jones, al parecer, se había mostrado muy
atento con la hija del médico de la localidad, una hermosa joven de treinta y tres
años, y empezó el escándalo. Se solicitó una revisión del caso al ministerio del
Interior y en Scotland Yard se recibieron numerosas cartas anónimas acusando a Mr.
Jones dehaber asesinado a su esposa. Debo confesar que ni por un momento
sospechamos que se tratase de algo más que de las habladurías y chismorreos de la
gente del pueblo. Sin embargo, para tranquilizar a la opinión pública se ordenó la
exhumación del cadáver.Fue uno de esos casos de superstición popular basada en
nada sólidoy que resultó sorprendentemente justificado. La autopsia dio como
resultado el hallazgo del arsénico suficiente para dejar bien sentadoque la difunta
señora había muerto envenenada por esta sustancia.Y en manos de Scotland Yard,
junto con las autoridades locales, quedó el descubrir cómo le había sido
administrada y por quién.
–~Ah! –exclamó Joyce–. Me gusta. Esto sí que es bueno.
–Naturalmente, las sospechas recayeron en el marido. Él se beneficiaba de la
muerte de su esposa. No con los cientos de miles que románticamente imaginaba la
doncella del hotel, pero sí con la buena suma de ocho mil libras. El no tenía dinero
propio, aparte del que ganaba, y era un hombre de costumbres un tanto
extravagantes y al que le gustaba frecuentar la compañía femenina. Investigamos
con toda la delicadeza posible sus relaciones con la hija del médico, pero, aunque al

7

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

parecer había habido una buena amistad entre ellos tiempo atrás, habían roto
bruscamente unos dos meses antes y desde entonces no parecia que se hubieran
visto.El propio médico, un anciano íntegro y de carácter bonachón, quedó aturdido
por el resultado de la autopsia.Le habían llamado a eso de la medianoche para
atender a los tres intoxicados. Al momento comprendió la gravedad de Mrs. Jones y
envióa buscar a su dispensario unas píldoras de opio para calmarle el dolor. No
obstante, a pesar de sus esfuerzos, la señora falleció,aunque ni por un momento
sospechó que se tratara de algo anormal.Estaba convencido de que su muerte fue
debida a alguna forma de botulismo.La cena de aquella noche había consistido
básicamente enlangosta enlatada con ensalada, pastel y pan con queso.
Lamentablemente,no quedaron restos de la langosta: se la comieron toda y tiraron la
lata.Interrogó a la doncella, Gladys Linch, que estaba llorosa y muy agitada, y que a
cada momento se apartaba de la cuestión, pero declaró una y otra vez que la lata no
estaba hinchada y que la langosta le había parecido en magníficas condiciones.
»Éstos eran los hechos en los que debíamos basarnos. Si Jones había administrado
subrepticiamente arsénico a su esposa, parecía evidente que no pudo hacerlo con
los alimentos que tomaron en la cena, puesto que las tres personas comieron lo
mismo. Y también hay otra cosa: el propio Jones había regresado de Birmingham en
el preciso momento en quela cena era servida, de modo que no tuvo oportunidad de
alterar ningunode los alimentos de antemano.
–¿Y qué me dice de la señorita de compañía de la esposa? –preguntó Joyce–. La
mujer gruesa de rostro alegre.
Sir Henry asintió.
–No nos olvidamos de miss Clark, se lo aseguro.
Pero nos parecieron dudosos los motivos que pudiera tener para cometer el crimen.
Mrs. Jones no le dejó nada en absoluto y, como resultado de la muerte de su
patrona, tuvo quebuscarse otra colocación.
–Eso parece eliminarla –replicó Joyce pensativa.
–Uno de mis inspectores pronto descubrió un dato muy significativo –prosiguió sir
Henry–. Aquella noche,después de cenar, Mr. Jones bajó a la cocina y pidió un tazón
de harina de maíz para su esposa que se había quejado de que no se encontraba
bien. Esperó en la cocina hasta que Gladys Linch lo hubo preparado y luego él
mismo lo llevóa la habitación de su esposa. Esto, admito, pareció cerrarel caso.
El abogado asintió.

8

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

-Móvil –dijo uniendo laspuntas de sus dedos–. Oportunidad. Y además, como
viajante de una casa de productos químicos, fácil acceso al veneno.
–Y era un hombre de moral un tanto endeble–agregó el clérigo.
Raymond West miraba fijamente asir Henry.
–Hay algún gazapo en todo esto –dijo–. ¿Por qué no lo detuvieron?
Sir Henry sonrió con pesar.
–Esa es la parte desgraciada de este asunto. Hasta aquí todo había ido sobre
ruedas, pero ahora llegamos a las dificultades. Jones no fue detenido porque, al
interrogar a miss Clark, nos dijo que el tazón de harina de maíz no se lo tomó Mrs.
Jones sino ella. Sí, parece ser que acudió a su habitación como tenía por costumbre.
La encontró sentada en la cama y a su lado estaba el tazón de harina de maíz.
»–No me encuentro nada bien, Milly –le dijo–. Me está bien empleado por comer
langosta por la noche.
Le he pedido a Albert que me trajeraun tazón de harina de maíz, pero ahora no me
apetece.
»–Es una lástima –comentó miss Clark–, está muy bien hecho, sin grumos. Gladys
es realmente una buena cocinera. Hoy en día hay muy pocas chicas que sepan
preparar una taza de harina de maíz como es debido. Le confieso que a mí me gusta
mucho, y estoy hambrienta.
»–Creí que continuabas con tus tonterías –le dijo Mrs. Jones.
»Debo explicar –aclaró sir Henry– que miss Clark, alarmada por su constante
aumento de peso, estaba siguiendo lo que vulgarmente se conoce como «una dieta
».te conviene, Milly, de veras –le había dicho Mrs. Jones–. Si Dios te ha hecho
gruesa, es que tienes que serlo. Tómate esa harina de maíz, que te sentará de
primera.
»Y acto seguido, miss Clarkse puso a ello y se acabó el tazón. De modo que ya ven
ustedes,nuestra acusación contra el marido quedó hecha trizas. Al pedirle una
explicación de las palabras que aparecieron en el papel secante, Jones nos la dio en
seguida. La carta, explicó, era lar espuesta a una que le había escrito su hermano
desde Australia pidiéndole dinero. Y él le contestó diciendo que dependia
enteramente de su esposa y que hasta que ella muriera no podría disponer de
dinero. Lamentaba su imposibilidad de ayudarle de momento,pero le hacía observar
que en el mundo existen cientos de miles de personas que pasan los mismos
apuros.
–¿Y el caso se vino abajo? –comentó el doctor Pender.

9

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

–Y el caso se vino abajo –repitió sir Henry en tono grave–. No podíamos correr el
riesgo de detener a Jones sin tener algo en que apoyarnos.
Hubo un silencio y al cabo Joycedijo:
–Y eso es todo, ¿no es cierto?
–Así es como quedó el caso durante todo el año pasado. La verdadera solución está
ahora en manos de Scotland Yard y probablemente dentro de dos o tres días podrán
leerla en los periódicos.
–La verdadera solución –exclamó Joyce pensativa–. Quisiera saber... Pensemos
todos por espacio de cinco minutos y luego hablemos.
Raymond West asintió al tiempoque consultaba su reloj. Cuando hubieron
transcurrido los cinco minutos,miró al doctor Pender.
–~Quiere ser usted el primero en hablar? –le preguntó.
El anciano meneó la cabeza.
–Confieso –dijo– que estoy completamentedespistado. No puedo dejar de pensar
que el esposo tiene que ser el culpablede alguna manera, pero no me es posible
imaginar cómo lo hizo. Sólo sugiero que debió de administrarle el veneno por algún
medio que aún no ha sido descubierto, aunque, si es así, no comprendo cómo puede
haber salido a la luz después de tanto tiempo.
–¿Joyce?
–~La señorita de compañía de la esposa! –contestó Joyce decidida–. ¡Desde luego!
¿Cómo sabemos que no tuvo motivos para hacerlo? Que fuese vieja y gorda no
quiere decir que no estuviera enamorada de Jones. Podía haber odiado a la esposa
por cualquier otra razón. Piensen lo que representa ser una acompañante, tener que
mostrarse siempre amable, estar de acuerdo siempre y tragaárselo todo. Un día, no
pudo resistirlo más y se decidió a matarla. Probablemente puso el arsénico en el
tazón de harina de maíz y toda esa historia de que se lo comió sea mentira.
–¿Mr. Petherick?
El abogado unió las yemasde los dedos con aire profesional.
–Apenas tengo nada que decir. Basándome en los hechos no sabría qué opinar.
–Pero tiene que hacerlo, Mr. Petherick –dijo la joven–. No puede reservarse su
opinión, alegando prejuicios legales. Tiene que participar en el juego.
–Considerando los hechos –dijo Mr.Petherick–, no hay nada que decir. En mi opinión
particular y habiendo visto, por desgracia, demasiados casos de esta clase, creo que
el esposo es culpable. La única explicación que se me ocurre es que miss Clark lo
encubrió deliberadamente por algún motivo. Pudo haber algún arreglo económico

10

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

entre ellos. Es posibleque él creyera que iba a resultar sospechoso y ella, viendo
ante sí un futuro lleno de pobreza, tal vez se avino a contar la historia de la harina de
maíz a cambio de una suma importante que recibiríaen privado. Si éste es el caso,
desde luego es de lo másirregular.
–No estoy de acuerdo con ninguno de ustedes –dijo Raymond–. Han olvidado
ustedes un factor muy importantede este caso: la hija del médico. Voy a darles mi
visión de los hechos. La langosta estaba en mal estado, de ahí los síntomas de
envenenamiento. Se manda llamar al doctor, que encuentra a Mrs. Jones, que ha
comido más langosta que los demás, presa de grandes dolores y manda a buscar
comprimidos de opio tal como nos dijo. No va él en persona, sino que envía a
buscarlas. ¿Quién entrega los comprimidos al mensajero? Sin duda su hija. Está
enamorada de
Jones y en aquel momento se despiertan todos los malos instintos de su naturaleza y
le hacen comprender que tiene en sus manos el medio de conseguir su libertad. Los
comprimidos que envía contienen arsénico blanco. Esta es mi solución.
–Y ahora, cuéntenos el verdadero desenlace, sir Heniy –exclamó Joyce con
ansiedad.
–Un momento –dijo sir Henry–, todavía no ha hablado miss Marple.
Miss Marple tan sólo movía la cabeza tristemente.
–Vaya, vaya –dijo–, se me ha escapado otro punto. Estaba tan entusiasmada
escuchando la historia. Un caso triste,sí, muy triste. Me recuerda al viejo Hargraves,
que vivía en Mount. Su esposa nunca tuvo la menor sospecha hasta que, al morir,
dejó todo su dinero a una mujer con la que había estado viviendo, y con la que tenía
cinco hijos. En otro tiempo había sido su doncella.Era una chica tan agradable, decía
siempre Mrs. Hargraves, no tenía que preocuparse de que diera la vuelta a los
colchones cada día,siempre lo hacía, excepto los viernes, por supuesto. Y ahí tienen
al viejo Hargraves, que le puso una casa a esa mujer en la población vecina y
continuó siendo sacristán y pasando la bandeja cada domingo.
–Mi querida tía Jane –dijo Raymond con cierta impaciencia–. ¿Qué tiene que ver el
desaparecido Hargraves con este caso?
–Esta historia me lo recordó en seguida –dijo miss Marple–. Los hechos son tan
parecidos, ¿no es cierto? Supongo que la pobre chica ha confesado ya y por eso
sabe ustedla solución, sir Henry.
–¿Qué chica? –preguntó Raymond–. Mi querida tía, ¿de qué estás hablando?
–De esa pobre chica, Gladys Linch, por supuesto.

11

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

La que se puso tan nerviosa cuando habló con el doctor, y bien podía estarlo la
pobrecilla.Espero que ahorquen al malvado Jones por haber convertido en una
asesinaa esa pobre muchacha. Supongo que a ella también la ahorcarán,pobrecilla.
–Creo, miss Marple, que está usted equivocada –comenzó a decir Mr. Petherick
entre titubeos.
Pero miss Marple meneó lacabeza con obstinación, y miró de hito en hito a sir Henry.
–¿Estoy en lo cierto o no? Yo lo veo muy claro. Los cientos de miles, el pastel...
quiero decir queno puede pasarse por alto.
–¿Qué es eso del pastel y de los cientos de miles? –exclamó Raymond.
Su tía se volvió hacia él.
–Las cocineras casi siempre ponen «cientos de miles» en los pasteles, querido –le
dijo–.Son esos azucarillos rosas y blancos. Desde luego, cuando oí que habían
tomado pastel para cenar y que el marido se había referido en una carta a cientos de
miles, relacioné ambas cosas.Allí es donde estaba el arsénico, en los cientos de
miles.Se lo entregó a la muchacha y le dijo que lo pusiera en el pastel.
–¡Pero eso es imposible! –replicó Joyce vivamente–. Todos lo tomaron.
–¡Oh, no! –dijo miss Marple–.Recuerde que la compañera de Mrs. Jones estaba
haciendo régimen para adelgazar. Nunca se come pastel, si una está a dieta. Y
supongoque Jones se limitaría a separar los «cientos de miles» de su ración
poniéndolos a un lado en el plato. Fue una idea inteligente, aunque muy malvada.
Los ojos de todos estaban fijosen sir Henry.
–Es curioso –dijo despacio–, peroda la casualidad de que miss Marple ha dado con
la solución. Jones había metido a Gladys Linch en un serio problema, tal como se
dice vulgarmente, y ella estaba desesperada. El deseaba librarse de su esposa y
prometió a Gladys casarse con ella cuando su mujer muriese. El consiguió los
«cientos de miles» y se los entregóa ella con instrucciones para su uso. Gladys Linch
falleció hace una semana. Su hijo murió al nacer y Jones la había abandonado por
otra mujer. Cuando agonizaba, confesó la verdad.
Hubo unos instantes de silencioy luego Raymond dijo:
–Bueno, tía Jane, esta vez has ganado. No entiendo cómo has adivinado la verdad.
Nunca hubiera pensado que la doncella tuviera nada que ver con el caso.
–No, querido –replicó missMarple–, pero tú no sabes de la vida tanto como yo. Un
hombre como Jones, rudo y jovial. Tan pronto como supe que había una chica bonita
en la casa me convencí de que no la dejaría en paz. Todo esto son cosas muy

12

El club de los martes

www.infotematica.com.ar

penosas y no demasiado agradables de comentar. No puedes imaginarte el golpe
que fue para Mrs. Hargraves y la sorpresa que causó en el pueblo.

FIN

13


Documentos relacionados


Documento PDF el club de los martes agatha christie pdf
Documento PDF la muerte de lord edgware
Documento PDF carta de itinerantes ante la muerte de su hija
Documento PDF los 4 acuerdos miguel ruiz
Documento PDF hilo principal
Documento PDF austen jane orgullo y prejuicio


Palabras claves relacionadas