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Habermas, Jurgen Teoria de la accion comunicativa I .pdf



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FE D E ERRATAS
Por error, en la edición de 1992
y en la presente edición de
Teoría de la acción comunicativa (I y II)
se omitió que la versión castellana
es de Manuel Jiménez Redondo.

Teoría de la acción comunicativa, I

Humanidades/Filosofía

Del mismo autor en TAURUS:
• Conocimiento e interés.
• Discurso filosófico de la modernidad.
• Pensamiento postmetafísico.
• Perfiles filosófico-políticos.
• La reconstrucción del materialismo histórico.
• Teoría de la acción comunicativa, II. Crítica de la razón funcionalista.

Jürgen Habermas

Teoría
de la acción
comunicativa, I
Racionalidad de la acción
y racionalización social

r

Taurus Humanidades

T í t u l o original: Theorie des kommunikaliven

Handelns. Band I.

Handlungsrationalität

Rationalisierung.

und gesellschaftliche

© 1981, S u h r k a m p Verlag, Frankfurt a m Main
. V y 4. a revisadas, 1985, 1987
© 1987, 1988, 1992, 1999, G r u p o Santillana d e Ediciones, S. A.,
T o r r e l a g u n a , 60. 28043 M a d r i d
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Diseño d e cubierta: T A U Diseño
Fotografía: © Issaque Foujita. P h o t o n i c a
ISBN: 84-306-0339-5 ( T o m o I)
ISBN: 84-306-0341-7 (obra c o m p l e t a )
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electroóptico, por fotocopia,
o cualquier otro, sin el permiso previo
por escrito de la editorial.

A U T E HABERMAS-WESSELHO EFT

PREFACIO

En el prólogo a Zur Logik der Sozialwissenschaften puse en
perspectiva hace ya algo más de un decenio una teoría de la
acción comunicativa. Mientras tanto, el interés metodológico por
una fundamentación de las ciencias sociales en una teoría del
lenguaje se ha visto sustituido por un interés sustancial. La teoría de la acción comunicativa no es una metateoría, sino el principio de una teoría de la sociedad que se esfuerza por dar razón
de los cánones críticos de que hace uso. Entiendo el análisis de
las estructuras generales de la acción orientada al entendimiento
no como una continuación de la teoría del conocimiento con
otros medios. En este aspecto, la teoría de la acción que Parsons
desarrolló en 1957 en su The Structure of Social Action, con la
conexión que establece entre reconstrucciones de la historia de
la teoría sociológica y análisis conceptual, constituyó ciertamente
un modelo; pero al mismo tiempo, la orientación metodológica
de esa obra me indujo a error. La elaboración de, y la respuesta
a, cuestiones sustanciales, forman —en eso tiene razón Hegel—
un todo indisoluble.
La esperanza que abrigué inicialmente de que me bastaría con reelaborar las Christian Gauss Lectures dadas en la
Universidad de Princeton en 1971 y que publicaré en otro contexto *, resultó fallida. Cuanto más me internaba en la teoría
de la acción, en la teoría del significado, en la teoría de los
* Cfr. J. HABERMAS, Vorstudien und Ergänzunzen zur Theorie des
kommunikativen Handelns, Francfort, 1984, 11-127. [N. del T.].

9

actos de habla y en otros ámbitos parecidos de la filosofía analítica, tanto más me perdía en detalles y se me escapaba el
sentido global de la empresa. Cuanto más trataba de ajustarme
a las pretensiones explicativas del filósofo, tanto más me alejaba
del interés del sociólogo, que hubo de acabar preguntándose a
qué venían a la postre aquellos análisis conceptuales. Me resultaba difícil encontrar el nivel de exposición adecuado para aquello que quería decir. Ahora bien, los problemas de exposición,
como muy bien sabían Hegel y Marx *, no son externos a los
problemas de contenido. En esta situación, me resultó importante
el consejo de Thomas A. McCarthy, que me animó a comenzar
de nuevo. El libro que ahora presento lo he escrito durante los
últimos cuatro años, con la única interrupción del semestre que
estuve en América como profesor invitado. La categoría de acción comunicativa la desarrollo en el Interludio Primero. Permite
acceder a tres complejos temáticos que se ensamblan entre sí: se
trata en primer lugar de un concepto de racionalidad comunicativa, que he desarrollado con el suficiente escepticismo, pero que
es capaz de hacer frente a las reducciones cognitivo-instrumentales que se hacen de la razón; en segundo lugar, de un concepto de sociedad articulado en dos niveles, que asocia los paradigmas de mundo de la vida y sistema, y no sólo de forma retórica.
Y finalmente, de una teoría de la modernidad que explica el tipo
de patologías sociales que hoy se tornan cada vez más visibles,
mediante la hipótesis de que los ámbitos de acción comunicativamente estructurados quedan sometidos a los imperativos de sistemas de acción organizados formalmente que se han vuelto autónomos. Es decir, que la teoría de la acción comunicativa nos
permite una categorización del plexo de la vida social, con la
que se puede dar razón de las paradojas de la modernidad.
En la Introducción justifico la tesis de que la problemática
de la racionalidad no le viene impuesta a la sociología desde
fuera. A toda sociología que no abandone la pretensión de ser
una teoría de la sociedad se le plantea a tres niveles distintos
el problema del empleo de un concepto de racionalidad (que
naturalmente será siempre un concepto cargado de contenido
normativo). No puede eludir ni la cuestión metateórica de las
implicaciones que tienen en lo concerniente a la racionalidad los
conceptos de acción por los que se guía, ni la cuestión metodo1

M. THEUNISSEN, Sein und Schein, Francfort, 1978.

10

lógica de las implicaciones que tiene en lo tocante a la racionalidad el acceso, en términos de comprensión, a su ámbito objetual, ni, finalmente, la cuestión a la vez teórica y empírica de
en qué sentido la modernización de las sociedades puede ser
descrita como racionalización.
La apropiación sistemática de la historia de la teoría sociológica me ha ayudado a encontrar el nivel de integración en que
hoy puede hacerse un fecundo uso científico de las intenciones
filosóficas desarrolladas de Kant a Marx. Trato a Weber, a Mead,
a Durkheim y a Parsons como clásicos, es decir, como teóricos
de la sociedad que todavía tienen algo que decirnos. Los excursos esparcidos en los capítulos dedicados a esos autores, lo mismo que la introducción y los dos Interludios, están dedicados a
cuestiones sistemáticas. Las Consideraciones Finales recogen después los resultados de los capítulos sistemáticos y de los dedicados a historia de la teoría sociológica. En esas Consideraciones
Finales trato, por un lado, de hacer plausible la interpretación
que propongo de la modernidad, analizando las tendencias a la
juridización, y, por otro, de precisar las tareas que hoy se plantean a una teoría crítica de la sociedad.
Una investigación de este tipo, que hace uso sin sonrojarse
del concepto de razón comunicativa, se expone a la sospecha de
haber caído en la trampa de un planteamiento fundamentalista.
Pero las supuestas semejanzas entre un planteamiento efectuado
en términos de una pragmática formal y la filosofía trascendental clásica, conducen a una pista falsa. A los lectores que abriguen esa desconfianza les recomiendo que empiecen por la sección con que cierro este libro2. No podríamos asegurarnos de
la estructura racional interna de la acción orientada al entendimiento si no tuviéramos ya ante nosotros, aunque sea de modo
fragmentario y distorsionado, la forma existente de una razón
remitida a quedar encarnada simbólicamente y situada históricamente 3.
En lo que se refiere a la actualidad, el motivo de esta obra
salta a la vista. Desde fines de los años sesenta, las sociedades
occidentales se aproximan a un estado en que la herencia del
racionalismo occidental ya no resulta incuestionable. La estabili2 Cfr. tomo II, pp. 562 ss.
3
Acerca de la relación entre verdad e historia, cfr. C. CASTORIADIS,
Les Carrefours du Labirynthe, París, 1978.

11

zación de la situación interna, conseguida (de forma quizá particularmente impresionante en Alemania) sobre la base del compromiso que el Estado social representa, se está cobrando crecientes costes culturales y psicosociales; también se ha tomado
mayor conciencia de la labilidad, obviada pasajeramente, pero
nunca realmente dominada, de las relaciones entre las superpotencias. Lo que está aquí en juego, y de ahí la importancia del
análisis teórico de estos fenómenos, es la sustancia de las tradiciones e ideas occidentales.
Los neoconservadores quieren atenerse a cualquier precio al
modelo de la modernización económica y social capitalista. Siguen concediendo prioridad al crecimiento económico, protegido
por el compromiso del Estado social, aunque también más estrangulado cada día que pasa. Contra las consecuencias socialmente desintegradoras de este crecimiento, buscan refugio en las
tradiciones ya sin savia, pero retóricamente evocadas, de una
cultura chata y de sala de estar. No se ve por qué habría de esperarse un nuevo impulso desviando de nuevo hacia el mercado
aquellos problemas que durante el siglo xix, por muy buenas razones, se vieron desplazados del mercado al Estado, y reacentuando así el ir y venir de los problemas entre los medios dinero
y poder. Pero aún menos plausible resulta la tentativa de renovar, tras una conciencia ilustrada por el historicismo, los amortiguadores tradicionales ya consumidos por la modernización capitalista. A esta apologética neoconservadora se le enfrenta una
crítica al crecimiento, extremada en términos antimodernistas,
que elige como blanco de sus invectivas la supercomplejidad de
los sistemas de acción económico y administrativo y la autonomía
adquirida por la carrera de armamentos. Las experiencias derivadas de la colonización del mundo de la vida, que la otra parte
pretende absorber y amortiguar en términos tradicionalistas, conducen en ésta a una oposición radical. Pero cuando esa oposición
llega a transformarse en la exigencia de una desdiferenciación a
cualquier precio, de nuevo se está perdiendo de vista una distinción importante. La limitación del crecimiento de la complejidad monetario-administrativa no puede significar en modo alguno el abandono de las formas modernas de vida. La diferenciación estructural de los mundos de la vida encarna un potencial de racionalidad que de ninguna manera puede ser reducido
a la categoría de incremento de la complejidad sistemática.
12

Pero esta observación sólo concierne al trasfondo motivacional 4 , no al tema propiamente dicho. He escrito este libro para
aquellos que estén interesados en cuestiones de fundamentos de
la teoría de la sociedad. Las citas de las publicaciones en lengua
inglesa de las que no hay traducción se reproducen en lengua
original *. De la traducción de las citas en francés ** se ha encargado Max Looser, al que estoy muy agradecido.
He de dar las gracias ante todo a Inge Pethran, que se encargó de mecanografiar las distintas versiones del manuscrito y
de confeccionar el índice bibliográfico; esto no ha sido sino un
eslabón más en la cadena de una estrecha colaboración que dura
ya diez años y sin la que en muchas ocasiones no hubiera sabido
qué hacer. Doy también las gracias a Ursula Hering, que colaboró en la confección de la bibliografía, así como a Friedhelm
Herborth de la editorial Suhrkamp.
El libro se basa, entre otras cosas, en cursos que he dado en
la Universidad de Francfort, en la Universidad de Pensilvania,
Filadelfia, y en la Universidad de California, Berkeley. He de dar
las gracias por sus incitantes discusiones tanto a mis alumnos
como a mis colegas de esas universidades, sobre todo a KarlOtto Apel, Dick Bernstein y John Searle.
Mi exposición, al menos así lo espero, presenta unos rasgos
discursivos que son reflejo del ambiente de discusión de nuestro
ámbito de trabajo en el Instituto de Starnberg. En los coloquios
de los jueves, en que participaron Manfred Auwärter, Wolfgang
Bonss, Rainer Döbert, Klaus Eder, Günter Frankenberg, Edit
Kirsch, Sigfried Meuschel, Max Miller, Gertrud Nunner-Winkler,
Ulrich Rodel y Ernst Tugendhat, se discutieron diversas partes
del manuscrito de forma muy provechosa para mí. A Ernst Tugendhat le debo, además, toda una plétora de anotaciones y precisiones. También me han resultado instructivas las discusiones
mantenidas con colegas que —como Johann Paul Arnasson, Sheila Benhabib, Mark Gould y Thomas McCarthy— han pasado
4
Cfr. mi conversación con A. Honneth, E. Knödler y A. Widmann, en
Ästhetik und Kommunikation, 45, 1981 [recogida en J. HABERMAS, Die
neue Unübersichtlichkeit, Francfort, 1985. [N. del T.]
* Traduzco también al castellano las citas que en el original aparecen
en lengua inglesa; las citas de los autores de lengua inglesa que en el original aparecen en alemán, las he traducido de los correspondientes originales. [N. del T.].
** Traduzco de los originales que se citan a pie de página. [N. del T.].

13

largas temporadas en el Instituto o que —como Aaron Cicourel,
Helmut Dubiel, Claus Offe, Ulrich Oevermann, Charles Taylor,
Lawrence Kohlberg y Albrecht Wellmer— han visitado regularmente el Instituto.
J. H.
Instituto Max Planck de Ciencias Sociales,
Starnberg, agosto de 1981.

14

Ï.

INTRODUCCIÓN

ACCESOS A LA PROBLEMÁTICA
DE LA RACIONALIDAD

La racionalidad de las opiniones y de las acciones es un
tema que tradicionalmente se ha venido tratando en filosofía.
Puede incluso decirse que el pensamiento filosófico nace de la
reflexivización de la razón encarnada en el conocimiento, en el
habla y en las acciones. El tema fundamental de la filosofía es
la razón '. La filosofía se viene esforzando desde sus orígenes por
explicar el mundo en su conjunto, la unidad en la diversidad de
los fenómenos, con principios que hay que buscar en la razón
y no en la comunicación con una divinidad situada allende el
mundo y, en rigor, ni siquiera remontándose al fundamento de
un cosmos que comprende naturaleza y sociedad. El pensamiento griego no busca ni una teología ni una cosmología ética en el
sentido de las grandes religiones universales, sino una ontología.
Sí las doctrinas filosóficas tienen algo en común, es su intención
de pensar el ser o la unidad del mundo por vía de una explicitación de las experiencias que hace la razón en el trato consigo
misma.
Al hablar así, me estoy sirviendo del lenguaje de la filosofía
moderna. Ahora bien, la tradición filosófica, en la medida en
que sugiere la posibilidad de una imagen filosófica del mundo,
1
B. SNELL, Die Entdeckung des Geistes, Heidelberg, 1946; H. G. GADAMER, «Platon und die Vorsokratiker», Kleine Schriften III, Tubinga,
1972, 14 ss.; del mismo autor, «Mythos und Vernunft», en Kleine Schriften IV, Tubinga, 1977, 48 ss.; W. SCHADEWALDT, Die Anfänge der Philosophie bei den Griechen, Francfort, 1978.

15

se ha vuelto cuestionable 2. La filosofía ya no puede referirse
hoy al conjunto del mundo, de la naturaleza, de la historia y de
la sociedad, en el sentido de un saber totalizante. Los sucedáneos teóricos de las imágenes del mundo han quedado devaluados no solamente por el progreso fáctico de las ciencias empíricas, sino también, y más aún, por la conciencia reflexiva que
ha acompañado a ese progreso. Con esa conciencia, el pensamiento filosófico retrocede autocríticamente por detrás de sí
mismo; con la cuestión de qué es lo que puede proporcionar con
sus competencias reflexivas en el marco de las convenciones
científicas, se transforma en metafilosofía 3. Con ello, el tema se
transforma, y, sin embargo, sigue siendo el mismo. Siempre que
en la filosofía actual se ha consolidado una argumentación coherente en torno a los núcleos temáticos de más solidez, ya sea
en Lógica o en teoría de la ciencia, en teoría del lenguaje o del
significado, en Etica o en teoría de la acción, o incluso en Estética, el interés se centra en las condiciones formales de la racionalidad del conocimiento, del entendimiento lingüístico y de
la acción, ya sea en la vida cotidiana o en el plano de las experiencias organizadas metódicamente o de los discursos organizados sistemáticamente. La teoría de la argumentación cobra aquí
una significación especial, puesto que es a ella a quien compete
la tarea de reconstruir las presuposiciones y condiciones pragmático-formales del comportamiento explícitamente racional.
Si este diagnóstico no apunta en una dirección equivocada;
si es verdad que la filosofía en sus corrientes postmetafísicas,
posthegelianas, parece afluir al punto de convergencia de una
teoría de la racionalidad, ¿cómo puede entonces la Sociología
tener competencias en lo tocante a la problemática de la racionalidad?
El caso es que el pensamiento, al abandonar su referencia a
la totalidad, pierde también su autarquía. Pues el objetivo que
ahora ese pensamiento se propone de un análisis formal de las
condiciones de racionalidad no permite abrigar ni esperanzas
ontológicas de conseguir teorías substantivas de la naturaleza, la
historia, la sociedad, etc., ni tampoco las esperanzas que abrigó
la filosofía transcendental de una reconstrucción apriórica de la
2
J. HABERMAS, «Para qué seguir con la filosofía», en Perfiles filoso)icopolíticos, Madrid 1985, 15 ss.
1
R. RORTY (ed.), The Linguistic Turn, Chicago, 1964; del mismo autor,
Philosophy and the Mirror of Nature, Nueva York, 1979.

16

dotación transcendental de un sujeto genérico, no empírico, de
una conciencia en general.
Todos los intentos de fundamentación última en que perviven
las intenciones de la Filosofía Primera han fracasado 4. En esta
situación se pone en marcha una nueva constelación en las relaciones entre filosofía y ciencia. Como demuestra la filosofía de
la ciencia y la historia de la ciencia, la explicación formal de las
condiciones de racionalidad y los análisis empíricos de la materialización y evolución histórica de las estructuras de racionalidad, se entrelazan entre sí de forma peculiar. Las teorías acerca
de las ciencias experimentales modernas, ya se planteen en la
línea del positivismo lógico, del racionalismo crítico o del constructivismo metódico, presentan una pretensión normativa y a la
vez universalista, que ya no puede venir respaldada por supuestos fundamentalistas de tipo ontológico o de tipo transcendental.
Tal pretensión sólo puede contrastarse con la evidencia de contraejemplos, y, en última instancia, el único respaldo con que
pueden contar es que la teoría reconstructiva resulte capaz de
destacar aspectos internos de la historia de la ciencia y de explicar sistemáticamente, en colaboración con análisis de tipo empírico, la historia efectiva de la ciencia, narrativamente documentada, en el contexto de las evoluciones sociales 5 . Y lo dicho de
una forma de racionalidad cognitiva tan compleja como es la
ciencia moderna, puede aplicarse también a otras figuras del espíritu objetivo, es decir, a las materializaciones de la racionalidad
cognitivo-instrumental, de la práctico-moral, e incluso quizá también de la práctico-estética.
Ciertamente que los estudios de orientación empírica de este
tipo tienen que estar planteados en sus categorías básicas de tal
4

En relación con la crítica a la idea de filosofía primera, cfr. Th. W.
ADORNO, Metakritik der Erkenntnistheorie, en Gesammelte Schriften, V,
Francfort, 1971; en contra de la posición sustentada por Adorno, K. O.
APEL, «Das Problem der philosophischen Letztbegründung im Lichte einer
transzendentalen Sprachpragmatik», en B. KANITSCHNEIDER (ed.), Sprache
und Erkenntnis, Innsbruck, 1976, 55 ss.
5
Cfr. la discusión en torno a Th. S. KUHN, The Structure of Scientifics
Revolutions, Chicago, 19702, sobre todo I. LAKATOS, A. MUSGRAVE, Criticism and the Growth of Knowledge, Cambridge, 1970; W. DIEDERICH (ed.),
Beiträge zur diachronischen Wissenschatstheorien, Francfort, 1974; R. BUBNER, «Dialektische Elemente einer Forschungeslogik», en ID., Dialektik und
Wissenchaft, Francfort, 1973, 129 ss.; Th. S. KUHN, The Essential Tension,
Chicago, 1977.

17

forma que puedan conectar con las reconstrucciones racionales
de nexos de sentido y de soluciones de problemas 6. La psicología
evolutiva cognitiva ofrece un buen ejemplo de ello. En la tradición de Piaget, por poner un caso, la evolución cognitiva en sentido estricto, así como la cognitivo-social y la moral, quedan conceptuadas como una secuencia internamente reconstruíble de etapas de la adquisición de una determinada competencia 7 . Cuando,
por el- contrario, como ocurre en la teoría del comportamiento,
las pretensiones de validez, que es donde las soluciones de problemas, las orientaciones racionales de acción, los niveles de
aprendizaje, etc., tienen su piedra de toque, son redefinidos en
términos empiristas quedando así eliminados por definición, los
procesos de materialización de las estructuras de racionalidad
ya no pueden ser interpretados en sentido estricto como procesos de aprendizaje, sino en todo caso como un aumento de
las capacidades adaptativas.
Pues bien, dentro de las ciencias sociales es la Sociología la
que mejor conecta en sus conceptos básicos con la problemática
de la racionalidad. Como demuestra la comparación con otras
disciplinas, las razones de ello se relacionan unas con la historia
de la sociología, mientras que otras son razones sistemáticas.
Consideremos en primer lugar la Ciencia Política. Esta tuvo que
emanciparse del derecho natural racional. El derecho natural
moderno partía todavía de la doctrina viejo-europea que veía en
la sociedad una comunidad políticamente constituida e integrada
por medio de normas jurídicas. Las nuevas categorías del derecho formal burgués ofrecían ciertamente la posibilidad de proceder reconstructivamente y de presentar el orden jurídico-político, desde un punto de vista normativo, como un mecanismo racional 8. Pero de todo ello hubo de desembarazarse radicalmente
la nueva ciencia política para poder afirmar su orientación empírica. Esta se ocupa de la política como subsistema social y se
6
U. OEVERMANN, «Programmatische Überlegungen zu einer Theorie
der Bildungsprozesse und einer Strategie der Sozialisationsforschung», en
K. HURRELMANN, Sozialisation und Lebenslauf, Heidelberg, 1976, 34 ss.
7
R. DÓBERT, J. HABERMAS, G. NUNNER-WINCKLER (ed.), Entwicklung
des Ichs, Colonia, 1977.
8
W. HENNIS, Politik und praktische Philosophie, Neuwied, 1963; H.
MEIER, Die ältere deutsche Staats- und Verwaltungslehre, Neuwied, 1976;
J. HABERMAS, «Die Klassische Lehre von der Politik in ihrem Verhältnis zur
Sozialphilosophie», en HABERMAS, Theorie und Praxis, Francfort, 1971,
48 ss.

18

descarga de la tarea de concebir la sociedad en su conjunto. En
contraposición con el normativismo, excluye de la consideración
científica las cuestiones práctico-morales referentes a la legitimidad o las trata como cuestiones empíricas relativas a una fe en la
legitimidad que hay que abordar en cada sazón en términos
descriptivos. Con ello rompe el puente con la problemática de
la racionalidad.
Algo distinto es lo que ocurre con la Economía Política, que
en el siglo xvín entra en competencia con el derecho natural
racional al poner de relieve la legalidad propia de un sistema
de acción, el económico, integrado no primariamente por medio
de normas, sino a través de funciones 9. Como Economía Política, la ciencia económica mantiene inicialmente todavía, en términos de teoría de la crisis, una relación con la sociedad global.
Estaba interesada en la cuestión de cómo repercute la dinámica
del sistema económico en los órdenes que integran normativamente la sociedad. Pero con todo ello acaba rompiendo la Economía al convertirse en una ciencia especializada. La ciencia
económica se ocupa hoy de la economía como un subsistema de
la sociedad y prescinde de las cuestiones de legitimidad. Desde
esa perspectiva parcial puede reducir los problemas de racionalidad a consideraciones de equilibrio económico y a cuestiones de
elección racional.
La Sociología, por el contrario, surge como una disciplina
que se hace cargo de los problemas que la Política y la Economía iban dejando de lado a medida que se convertían en ciencias especializadas 10. Su tema son las transformaciones de la integración social provocadas en el armazón de las sociedades viejo-europeas por el nacimiento del sistema de los Estados modernos y por la diferenciación de un sistema económico que se autorregula por medio del mercado. La Sociología se convierte
par excellence en una ciencia de la crisis, que se ocupa ante todo
de los aspectos anómicos de la disolución de los sistemas sociales tradicionales y de la formación de los modernos u . Con todo,
9
F. JONAS, «Was heisst ökonomische Theorie? Vorklassisches und klassisches Denken»', en Schmollers Jahrbuch, 78, 1958; H. NEUENDORFF, Der
Begriff des Interesses, Francfort, 1973.
10
F. TONAS, Geschichte der Soziologie, I-IV, Reinbek, 1968-1969; R. W.
FRIEDRICHS, A Sociology of Sociology, Nueva York, 1970; T. BOTTOMORE,
R. NisBET, A History of Sociological Analysis, Nueva York, 1978.
11
J. HABERMAS, «Kritische und konservative Aufgabe der Soziologie»,

en HABERMAS (1971), 290 ss.

19

también bajo estas condiciones iniciales hubiera podido la Sociología limitarse a un determinado subsistema social. Pues desde
un punto de vista histórico son la sociología de la religión y la
sociología del derecho las que constituyen el núcleo de esta nueva
ciencia.
Si con fines ilustrativos, es decir, sin entrar por de pronto
en más discusión, utilizamos el esquema funcional propuesto por
Parsons, saltan a la vista las correspondencias entre las distintas
ciencias sociales y los subsistemas sociales:
A
Economía

Economía

Política

Ciencia
política

Antropología
cultural

Cultura

Comunidad
societal

Sociología
I

A = Adaptación
I = Integración

G = Consecución de fines
L = Mantenimiento de patrones estructurales
Fig. 1

Naturalmente que no han faltado intentos de convertir también la Sociología en una ciencia especializada en la integración
social. Pero no es casualidad, sino más bien un síntoma, el que
los grandes teóricos de la sociedad de los que voy a ocuparme
provengan de la Sociología. La Sociología ha sido la única ciencia social que ha mantenido su relación con los problemas de la
sociedad global. Ha sido siempre también teoría de la sociedad, y
a diferencia de las otras ciencias sociales, no ha podido deshacerse de los problemas de la racionalización, redefinirlos o reducirlos a un formato más pequeño. Las razones de ello son a mi
entender principalmente dos: la primera concierne lo mismo a la
Antropología Cultural que a la Sociología.
La correspondencia entre funciones básicas y subsistemas sociales tiende a ocultar el hecho de que en los ámbitos que son de
importancia bajo los aspectos de reproducción cultural, integra20

ción social y socialización, las interacciones no están tan especializadas como en los ámbitos de acción que representan la economía y la política. Tanto la Sociología como la Antropología Cultura] se ven confrontadas con el espectro completo de los fenómenos de la acción social y no con tipos de acción relativamente
bien delimitados que puedan interpretarse como variantes de la
acción «racional con arreglo a fines», relativas a los problemas
de maximización del lucro o de la adquisición y utilización del
poder político. Esas dos disciplinas se ocupan de la práctica cotidiana en los contextos del mundo de la vida y tienen, por tanto,
que tomar en consideración todas las formas de orientación simbólica de la acción. A ellas ya no les resulta tan simple marginar
los problemas de fundamentos que la teoría de la acción y la
interpretación comprensiva plantean. Y al enfrentarse a esos problemas tropiezan con estructuras del mundo de la vida que subyacen a los otros subsistemas especificados funcionalmente con
más exactitud y en cierto modo más netamente diferenciados.
Más tarde nos ocuparemos en detalle de cómo se relacionan las
categorías paradigmáticas «mundo de la vida» y «sistema» n .
Aquí sólo quiero subrayar que el estudio de la «comunidad societal» y de la cultura no puede desconectarse tan fácilmente de
los problemas de fundamentos de las ciencias sociales como en
el estudio del subsistema económico o del subsistema político.
Esto explica la tenaz conexión de Sociología y teoría de la sociedad.
Ahora bien, el que sea la Sociología y no la Antropología
Cultural la que muestre una particular propensión a abordar el
problema de la racionalidad sólo puede entenderse teniendo en
cuenta otra circunstancia. La Sociología surge como ciencia de
la sociedad burguesa; a ella compete la tarea de explicar el decurso y las formas de manifestación anómicas de la modernización capitalista en las sociedades preburguesas 13. Esta problemática resultante de la situación histórica objetiva constituye también el punto de referencia bajo el que la sociología aborda sus
problemas de fundamentos. En el plano metateórico elige categorías tendentes a aprehender el incremento de racionalidad de
12

Cfr., más abajo, capítulo VI, vol. 2, pp. 161 ss.
NEUENDORFF, artículo «Soziologie», en Evangelisches Staatslexikon,
Stuttgart, 19752, 2424 ss.
B

21

los mundos de la vida modernos. Los clásicos de la sociología,
casi sin excepción, tratan todos de plantear su teoría de la acción
en términos tales que sus categorías capten el tránsito desde la
«comunidad» a la «sociedad» 14. Y en el plano metodológico se
aborda de modo correspondiente el problema del acceso en términos de comprensión al ámbito objetual que representan los
objetos simbólicos; la comprensión de las orientaciones racionales de acción se convierte en punto de referencia para la comprensión de todas las orientaciones de acción.
Esta conexión entre a) la cuestión metateórica de un marco
de teoría de la acción concebido con vistas a los aspectos de la
acción que son susceptibles de racionalización, b) la cuestión
metodológica de una teoría de la comprensión que esclarezca las
relaciones internas entre significado y validez (entre la explicación del significado de una expresión simbólica y la toma de
postura frente a las pretensiones de validez que lleva implícitas),
queda, finalmente, c) puesta en relación con la cuestión empírica
de si, y en qué sentido, la modernización de una sociedad puede
ser descrita bajo el punto de vista de una racionalización cultural
y social. Tales nexos resultan particularmente claros en la obra
de Max Weber. Su jerarquía de conceptos de acción está de tal
modo planteada con vistas al tipo que representa la acción racional con arreglo a fines, que todas las demás acciones pueden ser
clasificadas como desviaciones específicas respecto a ese tipo. El
método de la comprensión lo analiza de tal forma, que los casos complejos puedan quedar referidos al caso límite de la acción
racional con arreglo a fines: la comprensión de la acción subjetivamente orientada al éxito exige a la vez que se la evalúe
objetivamente (conforme a criterios con que decidir sobre su
corrección). Finalmente salta a la vista la relación que guardan
estas decisiones categoriales y metodológicas con la cuestión central de Weber de cómo explicar el racionalismo occidental.
Mas podría ser que esa conexión fuera contingente, que no
fuera más que un signo de que a Max Weber le preocupaba precisamente esa cuestión y de que ese interés, más bien marginal
desde un punto de vista teórico, acabara repercutiendo sobre los
14
Sobre estas «parejas de conceptos» en la sociología anterior, cfr.
J. HABERMAS, Ciencia y Técnica como «ideología», Madrid, 1984, 66 ss.;
C. W. MILLS, The Sociological Imagination, Oxford, 1959.

22

fundamentos de su construcción teórica. Pues basta con desligar
los procesos de modernización del concepto de racionalización
y situarlos bajo otro punto de vista para que, por un lado, los
fundamentos de teoría de la acción queden exentos de connotaciones de la racionalidad de la acción, y, por otro, la metodología de la comprensión se vea libre de ese problemático entrelazamiento de cuestiones de significado con cuestiones de validez.
Frente a estas dudas voy a defender la tesis de que son razones
sistemáticas las que llevan a Weber a tratar la cuestión del racionalismo occidental (una cuestión, sin duda, accidental desde
un punto de vista biográfico y en cualquier caso accidental desde la perspectiva de una psicología de la investigación), la cuestión del significado de la modernidad y de las causas y consecuencias colaterales de la modernización capitalista de las sociedades que se inicia en Europa, bajo los puntos de vista de la
acción racional, del comportamiento racional en la vida y de la
racionalización de las imágenes del mundo. Voy a sostener la tesis de que el nexo, que su obra nos ofrece, entre precisamente
esas tres temáticas de la racionalidad viene impuesto por razones
sistemáticas. Con lo que quiero decir que a toda Sociología con
pretensiones de teoría de la sociedad, con tal de que proceda con
la radicalidad suficiente, se le plantea el problema de la racionalidad simultáneamente en el plano metateórico, en el plano metodológico y en el plano empírico.
Voy a comenzar con una discusión provisional del concepto
de racionalidad [ 1 ] , situando ese concepto en la perspectiva evolutiva del nacimiento de la comprensión moderna del mundo [2].
Tras desarrollar esas cuestiones preliminares, trataré de mostrar
la conexión interna que existe entre la teoría de la racionalidad
y la teoría de la sociedad; y ello tanto en el plano metateórico,
mostrando las implicaciones que en punto a la racionalidad tienen los conceptos de acción que son hoy corrientes en Sociología \3], como en el plano metodológico, mostrando que tales implicaciones resultan del acceso en términos de comprensión al
ámbito objetual de la sociología [4]. El propósito de este bosquejo argumentativo es mostrar que necesitamos de una teoría
de la acción comunicativa si queremos abordar hoy de forma
adecuada la problemática de la racionalización social, en buena
parte marginada después de Weber de la discusión sociológica
especializada.
23

1.

«RACIONALIDAD»: UNA DETERMINACIÓN PRELIMINAR
DEL CONCEPTO

Siempre que hacemos uso de la expresión «racional» suponemos una estrecha relación entre racionalidad y saber. Nuestro
saber tiene una estructura proposicional: las opiniones pueden
exponerse explícitamente en forma de enunciados. Voy a presuponer este concepto de saber sin más aclaraciones, pues la
racionalidad tiene menos que ver con el conocimiento o con la
adquisición de conocimiento que con la forma en que los sujetos
capaces de lenguaje y de acción hacen uso del conocimiento. En
las emisiones o manifestaciones lingüísticas se expresa explícitamente un saber, en las acciones teleológicas se expresa una capacidad, un saber implícito. Pero también este know how puede
en principio tomar la forma de un know thatls. Si buscamos sujetos gramaticales que puedan completar la expresión predicativa
«racional», se ofrecen en principio dos candidatos. Más o menos
racionales pueden serlo las personas, que disponen de saber, y
las manifestaciones simbólicas, las acciones lingüísticas o no lingüísticas, comunicativas o no comunicativas, que encarnan un
saber. Podemos llamar racionales a los hombres y a las mujeres,
a los niños y a los adultos, a los ministros y a los cobradores de
autobús, pero no a los peces, a los sauces, a las montañas, a las
calles o a las sillas. Podemos llamar irracionales a las disculpas,
a los retrasos, a las intervenciones quirúrgicas, a las declaraciones de guerra, a las reparaciones, a los planes de construcción o
las resoluciones tomadas en una reunión, pero no al mal tiempo,
a un accidente, a un premio de lotería o a una enfermedad. Ahora bien, ¿qué significa que las personas se comporten racionalmente en una determinada situación?; ¿qué significa que sus
emisiones o sus manifestaciones deban considerarse «racionales»?
El saber puede ser criticado por no fiable. La estrecha relación que existe entre saber y racionalidad permite sospechar que
la racionalidad de una emisión o de una manifestación depende
de la fiabilidad del saber que encarnan. Consideremos dos casos
paradigmáticos: una afirmación con que A manifiesta con in15

G. RYLE, The Concept of Mind, Londres, 1949; sobre este tema,
E. VON SAVIGNY, Die Philosophie der normalen Sprache, Francfort, 1974,
97 ss.; D. CARR, «The Logic of Knowing and Ability», Mind, 88, 1979,
394 ss.

24

tención comunicativa una determinada opinión y una intervención teleológica en el mundo con la que B trata de lograr un
determinado fin. Ambas encarnan un saber fiable, ambas son
intentos que pueden resultar fallidos. Ambas manifestaciones,
tanto la acción comunicativa como la acción teleológica, son susceptibles de crítica. Un oyente puede poner en tela de juicio que
la afirmación hecha por A sea verdadera; un observador puede
poner en duda que la acción ejecutada por B vaya a tener éxito.
La crítica se refiere en ambos casos a una pretensión que los
sujetos agentes necesariamente han de vincular a sus manifestaciones, para que éstas puedan ser efectivamente lo que quieren
ser, una afirmación o una acción teleológica. Esta necesidad es de
naturaleza conceptual. Pues A no está haciendo ninguna afirmación si no presenta una pretensión de verdad en relación con el
enunciado p afirmado, dando con ello a conocer su convicción
de que en caso necesario ese enunciado puede fundamentarse. Y
B no está realizando ninguna acción teleológica en absoluto, esto
es, no pretende en realidad lograr con su acción fin alguno, si no
considera que la acción planeada tiene alguna perspectiva de
éxito, dando con ello a entender que si fuera preciso podría justificar la elección de fines que ha hecho en las circunstancias
dadas.
Lo mismo que A pretende que su enunciado es verdadero, B
pretende que su plan de acción tiene perspectivas de éxito o que
las reglas de acción conforme a las que ejecuta ese plan son eficaces. Esta afirmación de eficacia comporta la pretensión de que,
dadas las circunstancias, los medios elegidos son los adecuados
para lograr el fin propuesto. La eficacia de una acción guarda
una relación interna con la verdad de los pronósticos condicionados subyacentes al plan de acción o a la regla de acción. Y así
como la verdad se refiere a la existencia de estados de cosas en
el mundo, la eficacia se refiere a intervenciones en el mundo con
ayuda de las cuales pueden producirse los estados de cosas deseados. Con su afirmación, A se refiere a algo que como cuestión
de hecho tiene lugar en el mundo objetivo. Con su actividad teleológica, B se refiere a algo que ha de tener lugar en el mundo
objetivo. Y al hacerlo así, ambos plantean con sus manifestaciones simbólicas pretensiones de validez que pueden ser criticadas o defendidas, esto es, que pueden fundamentarse. La racionalidad de sus emisiones o manifestaciones se mide por las reacciones internas que entre sí guardan el contenido semántico, las
25

condiciones de validez y las razones que en caso necesario pueden alegarse en favor de la validez de esas emisiones o manifestaciones, en favor de la verdad del enunciado o de la eficacia
de la regla de acción.
Estas consideraciones tienen por objeto el reducir la racionalidad de una emisión o manifestación a su susceptibilidad de crítica o de fundamentación. Una manifestación cumple los presupuestos de la racionalidad si y sólo si encarna un saber falible
guardando así una relación con el mundo objetivo, esto es, con
los hechos, y resultando accesible a un enjuiciamiento objetivo.
Y un enjuiciamiento sólo puede ser objetivo si se hace por la vía
de una pretensión transubjetiva de validez que para cualquier
observador o destinatario tenga el mismo significado que para el
sujeto agente. La verdad o la eficacia son pretensiones de este
tipo. De ahí que de las afirmaciones y de las acciones teleológicas pueda decirse que son tanto más racionales cuanto mejor puedan fundamentarse las pretensiones de verdad proposicional o de
eficiencia vinculadas a ellas. Y de modo correspondiente utilizamos la expresión «racional» como predicado disposicional aplicable a las personas de las que cabe esperar, sobre todo en situaciones difíciles, tales manifestaciones.
Esta propuesta de reducir la racionalidad de una emisión o
manifestación a su susceptibilidad de crítica adolece, empero, de
dos debilidades. La caracterización es, por un lado, demasiado
abstracta, pues deja sin explicitar aspectos importantes [1],
Pero, por otro lado, es demasiado estricta, pues el término «racional» no solamente se utiliza en conexión con emisiones o manifestaciones que puedan ser verdaderas o falsas, eficaces o ineficaces. La racionalidad inmanente a la práctica comunicativa
abarca un espectro más amplio. Remite a diversas formas de
argumentación como a otras tantas posibilidades de proseguir la
acción comunicativa con medios reflexivos [2]. Y como la idea
de desempeño {Einlösung) discursivo * de las pretensiones de validez ocupa un puesto central en la teoría de la acción comuni* «Einlösung (desempeño, veri-jicación) significa que el proponente,
bien sea apelando a experiencias e intuiciones, bien sea por argumentación
y consecuencias de la acción, justifica que lo dicho es digno de ser reconocido y da lugar a un reconocimiento intersubjetivo de su validez», HABERMAS (1976 b), 178. Sobre la idea de desempeño discursivo, véase «Zur
Lokig des Diskurses» en HABERMAS (1973 c), 238 ss. [N. del T.].

26

cativa, introduzco un largo excurso sobre teoría de la argumentación [3].
[1] Voy a limitarme, por lo pronto, a la versión cognitiva
en sentido estricto del concepto de racionalidad, que está definido exclusivamente por referencia a la utilización de un saber
descriptivo. Este concepto puede desarrollarse en dos direcciones
distintas.
Si partimos de la utilización no comunicativa de un saber
preposicional en acciones ideológicas, estamos tomando una predecisión en favor de ese concepto de racionalidad cognitivo
instrumental que a través del empirismo ha dejado una profunda
impronta en la autocomprensión de la modernidad. Ese concepto
tiene la connotación de una autoafirmación con éxito en el mundo objetivo posibilitada por la capacidad de manipular informadamente y de adaptarse inteligentemente a las condiciones de un
entorno contingente. Si partimos, por el contrario, de la utilización comunicativa de saber proposicional en actos de habla, estamos tomando una predecisión en favor de un concepto de racionalidad más amplio que enlaza con la vieja idea de logos16.
Este concepto de racionalidad comunicativa posee connotaciones
que en última instancia se remontan a la experiencia central de
la capacidad de aunar sin coacciones y de generar consenso que
tiene un habla argumentativa en que diversos participantes superan la subjetividad inicial de sus respectivos puntos de vista
y merced a una comunidad de convicciones racionalmente motivada se aseguran a la vez de la unidad del mundo objetivo y
de la intersubjetividad del contexto en que desarrollan sus vidas 17.
Supongamos que la opinión p representa un contenido idéntico de saber del que disponen A y B. Supongamos ahora que A
16
En relación con la historia de este concepto, cfr K. O. APEL, Die
Idee der Sprache in der Tradition des Humanismus von Dante vis Vico,
Bonn, 1963.
17
En conexión con Wittgenstein, D. POLE, Conditions of Rational
Inquiry, Londres, 1971; ID., «Te Concept of Reason», en R. F. DEARDEN,
D. H. HIRST, R. S. PETERS (eds.), Reason, II, Londres, 1972, 1 ss. Los
aspectos bajo los que Pole clarifica el concepto de racionalidad son mayormente: «objectivity, publicity and interpersonality, truth, the unity of
reason, the ideal of rational agreement». Sobre el concepto de racionalidad
en Wittgenstein, cfr. sobre todo: St. CAVELL, Must we mean what we say?,
Cambridge, 1976 y del mismo autor, The Claim of Reason, Oxford, 1979.

27

toma parte (con otros interlocutores) en una comunicación
y hace la afirmación p, mientras que B elige (como actor solitario) los medios que en virtud de la opinión p considera adecuados en una situación dada para conseguir un efecto deseado.
A y B utilizan diversamente un mismo saber. La referencia a los
hechos y la susceptibilidad de fundamentación de la manifestación posibilitan en el primer caso que los participantes en la
comunicación puedan entenderse sobre algo que tiene lugar en
el mundo. Para la racionalidad de la manifestación es esencial
que el hablante plantee en relación con su enunciado p una
pretensión de validez susceptible de crítica que pueda ser aceptada o rechazada por el oyente. En el segundo caso la referencia
a los hechos y la susceptibilidad de fundamentación de la regla
de acción hacen posible una intervención eficaz en el mundo.
Para la racionalidad de la acción es esencial que el actor base
su acción en un plan que implique la verdad de p, conforme al
que poder realizar el fin deseado en las circunstancias dadas. A
una afirmación sólo se la puede llamar racional si el hablante
cumple las condiciones que son necesarias para la consecución
del fin ilocucionario de entenderse sobre algo en el mundo al
menos con otro participante en la comunicación; y a una acción
teleológica sólo se la puede llamar racional si el actor cumple las
condiciones que son necesarias para la realización de su designio
de intervenir eficazmente en el mundo. Ambas tentativas pueden
fracasar: es posible que no se alcance el consenso que se busca
o que no se produzca el efecto deseado. Pero incluso en el tipo
de estos fracasos, queda de manifiesto la racionalidad de la emisión o manifestación: tales fracasos pueden ser explicados l8.
18
Naturalmente, las razones asumen roles pragmáticos distintos según
que con su ayuda haya de clarificarse un disentimiento entre participantes
en un diálogo o el fracaso de una intervención en el mundo. El hablante
que hace una afirmación ha de contar con una reserva de buenas razones
con las que en caso necesario poder convencer a sus oponentes de la
verdad del enunciado y llegar así a un acuerdo motivado racionalmente.
En cambio, para el éxito de una acción instrumental no es menester que
el actor pueda también fundamentar la regla de acción que sigue. En el
caso de acciones teleológicas las razones sirven para explicar el hecho de
que la aplicación de la regla haya tenido (o hubiera podido tener) buen
o mal suceso en las circunstancias dadas. Con otras palabras: existe una
conexión interna entre la validez (eficacia) de una regla de acción técnica
o estratégica y las explicaciones que pueden darse de su validez, pero el
conocimiento de tal conexión no es condición subjetiva necesaria para una
feliz aplicación de esa regla.

28

Por ambas líneas puede el análisis de la racionalidad partir
de los conceptos de saber preposicional y de mundo objetivo;
pero los casos indicados se distinguen por el tipo de utilización
del saber preposicional. Bajo el primer aspecto es la manipulación
instrumental, bajo el segundo es el entendimiento comunicativo
lo que aparece como telos inmanente a la racionalidad. El análisis, según sea el aspecto en que se concentre, conduce en direcciones distintas.
Voy a glosar brevemente ambas posiciones. La primera posición, que por mor de la simplicidad voy a llamar «realista»,
parte del supuesto ontológico del mundo como suma de todo
aquello que es el caso, para explicar sobre esa base las condiciones del comportamiento racional A). La segunda posición, que
voy a llamar «fenomenológica», da a ese planteamiento un giro
trascendental y se pregunta reflexivamente por la circunstancia
de que aquellos que se comportan racionalmente tengan que presuponer un mundo objetivo B).
A) El realista tiene que limitarse a analizar las condiciones
que un sujeto agente tiene que cumplir para poder proponerse
fines y realizarlos. De acuerdo con este modelo, las acciones racionales tienen fundamentalmente el carácter de intervenciones
efectuadas con vistas a la consecución de un propósito y controladas por su eficacia, en un mundo de estados de cosas existentes. Max Black enumera una serie de condiciones que tiene que
cumplir una acción para poder reputarse más o menos racional
(reasonable) y ser accesible a un enjuiciamiento crítico (dianoetic
appraisal):
1. Sólo las acciones que caigan bajo el control actual o potencial del agente son susceptibles de un enjuiciamiento crítico...
2. Sólo las acciones dirigidas a la consecución de un determinado propósito pueden ser racionales o no racionales...
3. El enjuiciamiento crítico es relativo al agente y a su elección del fin...
4. Los juicios sobre razonabilidad o no razonabilidad sólo
vienen al caso cuando se dispone de un conocimiento parcial
sobre la accesibilidad y eficacia de los medios...
5. El enjuiciamiento crítico siempre puede respaldarse con
razones 19.
*9 Max BLACK, «Reasonableness», en DEARDEN, HIRST, PETERS (1972).

29

Si se desarrolla el concepto de racionalidad utilizando como
hilo conductor las acciones dirigidas a la consecución de un determinado fin, esto es, las acciones resolutorias de problemas 20,
queda también claro, por lo demás, un uso derivativo del término racional, pues a veces hablamos de la racionalidad de un
comportamiento inducido por estímulos, de la racionalidad del
cambio de estado de un sistema. Tales reacciones pueden interpretarse como soluciones de problemas sin que el observador
necesite poner a la base de la adecuación de la reacción observada una actividad teleológica ni atribuir ésta, a título de acción,
a un sujeto capaz de decisión que hace uso de un saber proposicional.
Las reacciones comportamentales de un organismo movido
por estímulos externos o internos, los cambios de estado que el
entorno induce en un sistema autorregulado pueden entenderse
como cuasi-acciones, es decir, como si en ellos se expresara la
capacidad de acción de un sujeto21. Pero en estos casos sólo
hablamos de racionalidad en un sentido traslaticio. Pues la susceptibilidad de fundamentación que hemos exigido para que una
manifestación o emisión puedan considerarse racionales significa
que el sujeto al que éstas se imputan ha de ser capaz de dar razones cuando lo exija el caso.
B) El fenomenólogo no se sirve sin más como hilo conductor de las acciones encaminadas a la consecución de un propósito o resolutorias de problemas. No parte simplemente del presupuesto ontológico de un mundo objetivo, sino que convierte
este presupuesto en problema preguntándose por las condiciones
bajo las que se constituye para los miembros de una comunidad
de comunicación la unidad de un mundo objetivo. El mundo sólo
cobra objetividad por el hecho de ser reconocido y considerado
como uno y el mismo mundo por una comunidad de sujetos capaces de lenguaje y de acción. El concepto abstracto de mundo
es condición necesaria para que los sujetos que actúan comunicativamente puedan entenderse entre sí sobre lo que sucede en el
mundo o lo que hay que producir en el mundo. Con esta práctica
comunicativa se aseguran a la vez del contexto común de sus
20
Cfr. el resumen que de esta cuestión hace W. STEGMÜLLER, Probleme
und Resultate der Wissenschaftstheorie und Analytischen Philosophie, Berlin/Heidelberg/Nueva York, 1969, I, 335 ss.
21
N. LUHMANN, Zweckbegriff und Systemrationalität, Tubinga, 1968.

30

vidas, del mundo de la vida que intersubjetivamente comparten.
Este viene delimitado por la totalidad de las interpretaciones
que son presupuestas por los participantes como un saber de
fondo. Para poder aclarar el concepto de racionalidad, el fenomenólogo tiene que estudiar, pues, las condiciones que han de
cumplirse para que se pueda alcanzar comunicativamente un
consenso. Tiene que analizar lo que Elvin Gouldner, refiriéndose
a Alfred Schütz, llama mundane reasoning. «El que una comunidad se oriente a sí misma en el mundo como algo esencialmente constante, como algo que es conocido y cognoscible en
común con los demás, provee a esa comunidad de razones de
peso para hacerse preguntas de tipo peculiar, de las que es un
representante prototípico la siguiente: ¿Pero cómo es posible
que él lo vea y tú no?» 22.
Según este modelo, las manifestaciones racionales tienen el
carácter de acciones plenas de sentido e inteligibles en su contexto, con las que el actor se refiere a algo en el mundo objetivo.
Las condiciones de validez de las expresiones simbólicas remiten
a un saber de fondo, compartido intersubjetivamente por la comunidad de comunicación Para este trasfondo de un mundo de
la vida compartido, todo disenso representa un peculiar desafío:
«La asunción de un mundo compartido por todos (mundo de la
vida) no funciona para los mundane reasoners como una aserción descriptiva. No es faisable. Funciones más bien como una
especificación no corregible de las relaciones que en principio
se dan entre las experiencias que los perceptores tienen en común sobre lo que cuenta como un mismo mundo (mundo objetivo). Dicho en términos muy toscos, la anticipada unanimidad de
la experiencia (o por lo menos, de los relatos de esas experiencias) presupone una comunidad con otros que se supone están
observando el mismo mundo, que tienen una constitución física
que los capacita para tener una verdadera experiencia, que tienen
una motivación que los lleva a hablar sinceramente de su experiencia y que hablan de acuerdo con esquemas de expresión
compartidos y reconocibles. Cuando se produce una disonancia,
los mundane reasoners están dispuestos a poner en cuestión este
o aquel rasgo. Para un mundane reasoner una disonancia constituye una razón suficiente para suponer que no se cumple una
u otra de las condiciones que se suponía se cumplían cuando se
22

M. POLLNER, «Mundane Reasoning», Phil. Soc. Sei., 4, 1974, 40.

31

anticipaba la unanimidad. Una mundane solution puede encontrarse revisando, por ejemplo, si el otro era o no capaz de tener
una verdadera experiencia. La alucinación, la paranoia, la parcialidad, la ceguera, la sordera, la falsa conciencia, en la medida
en que se las entiende como indicadores de un método defectuoso
o inadecuado de observación del mundo, se convierten entonces
en candidatos para la explicación de las disonancias. El rasgo
distintivo de estas soluciones —el rasgo que las hace inteligibles
a otros mundane reasoners como posibles soluciones correctas—
es que ponen en cuestión, no la intersubjetividad del mundo,
sino la adecuación de los métodos con que hacemos experiencia
del mundo e informamos sobre él» 23.
Este concepto más amplio de racionalidad comunicativa desarrollado a partir del enfoque fenomenológico puede articularse
con el concepto de racionalidad cognitivo-instrumental desarrollado a partir del enfoque realista. Existen, en efecto, relaciones
internas entre la capacidad de percepción decentrada (en el sentido de Piaget) y la capacidad de manipular cosas y sucesos, por
un lado, y la capacidad de entendimiento intersubjetivo sobre
cosas y sucesos, por otro. De ahí que Piaget escoja el modelo
combinado que representa la cooperación social, según el cual
varios sujetos coordinan sus intervenciones en el mundo por medio de la acción comunicativa 24 . Los contrastes sólo empiezan
a resultar llamativos cuando, como es habitual en las tradiciones
empiristas, la racionalidad cognitivo-instrumental extraída del
empleo monológico del saber proposicional se intenta desgajar
de la racionalidad comunicativa. Por ejemplo, los contrastes en
los conceptos de responsabilidad y autonomía. Sólo las personas
capaces de responder de sus actos pueden comportarse racionalmente. Si su racionalidad se mide por el éxito de las intervenciones dirigidas a la consecución de un propósito, basta con exigir que puedan elegir entre alternativas y controlar (algunas)
condiciones del entorno. Pero si su racionalidad se mide por el
buen suceso de los procesos de entendimiento, entonces no basta
con recurrir a tales capacidades. En los contextos de acción co23

24

POLLNER (1974), 47 s.

J. PIAGET, Introduction à l'épistémologie génétique, París, 1950, III,
202: En la cooperación social se unen dos tipos de interacción: la «interacción entre el sujeto y los objetos» mediada por la acción instrumental
y la «interacción entre el sujeto y los demás sujetos», mediada por la
acción comunicativa, cfr. más abajo pp. 112 ss.

32

municativa sólo puede ser considerado capaz de responder de
sus actos aquel que sea capaz, como miembro de una comunidad
de comunicación, de orientar su acción por pretensiones de validez intersubjetivamente reconocidas. A estos diversos conceptos
de responsabilidad se les puede hacer corresponder distintos conceptos de autonomía. Un mayor grado de racionalidad cognitivoinstrumental tiene como resultado una mayor independencia con
respecto a las restricciones que el entorno contingente opone a
la autoafirmación de los sujetos que actúan con vistas a la realización de sus propósitos. Un grado más alto de racionalidad comunicativa amplía, dentro de una comunidad de comunicación,
las posibilidades de coordinar las acciones sin recurrir a la coerción y de solventar consensualmente los conflictos de acción (en
la medida en que éstos se deban a disonancias cognitivas en
sentido estricto).
La restricción añadida entre paréntesis es necesaria mientras
desarrollemos el concepto de racionalidad comunicativa valiéndonos como hilo conductor de las emisiones constatativas. También M. Pollner limita el «mundane reasoning» a los casos en
que se produce un desacuerdo sobre algo en el mundo objetivo 25. Pero como es obvio, la racionalidad de las personas no sólo
se manifiesta en su capacidad para llegar a un acuerdo sobre
hechos o para actuar con eficiencia.
[2] Las afirmaciones fundadas y las acciones eficientes son,
sin duda, un signo de racionalidad, y a los sujetos capaces de lenguaje y de acción que, en la medida de lo posible, no se equivocan sobre los hechos ni sobre las relaciones fin/medio los llamamos, desde luego, racionales. Pero es evidente que existen otros
tipos de emisiones y manifestaciones que, aunque no vayan vinculadas a pretensiones de verdad o de eficiencia, no por ello dejan
de contar con el respaldo de buenas razones. En los contextos de
comunicación no solamente llamamos racional a quien hace una
afirmación y es capaz de defenderla frente a un crítico, aduciendo las evidencias pertinentes, sino que también llamamos racional a aquel que sigue una norma vigente y es capaz de justificar
su acción frente a un crítico interpretando una situación dada a
la luz de expectativas legítimas de comportamiento. E incluso
llamamos racional a aquel que expresa verazmente un deseo, un
25
POLLNER elige ejemplos empíricos del ámbito de los juicios sobre
infracciones de tráfico (1974), 49 ss.

33

sentimiento, un estado de ánimo, que revela un secreto, que
confiesa un hecho, etc., y que después convence a un crítico de
la autenticidad de la vivencia así develada sacando las consecuencias prácticas y comportándose de forma consistente con lo dicho.
Al igual que los actos de habla constatativos, también las
acciones reguladas por normas y las autopresentaeiones expresivas tienen el carácter de manifestaciones provistas de sentido,
inteligibles en su contexto, que van vinculadas a una pretensión
de validez susceptible de crítica. En lugar de hacer referencia
a los hechos, hacen referencia a normas y vivencias. El agente
plantea la pretensión de que su comportamiento es correcto en
relación con un contexto normativo reconocido como legítimo o
de que su manifestación expresiva de una vivencia a la que él
tiene un acceso privilegiado es veraz. Al igual que en los actos
de habla constatativos, también estas emisiones pueden resultar
fallidas. También para su racionalidad resulta esencial la posibilidad de un reconocimiento intersubjetivo de una pretensión
de validez susceptible de crítica. Sin embargo, el saber encarnado
en las acciones reguladas por normas o en las manifestaciones
expresivas no remite a la existencia de estados de cosas, sino a
la validez de normas o la mostración de vivencias subjetivas. Con
ellas, el hablante no puede referirse a algo en el mundo objetivo,
sino sólo a algo en el mundo social común o a algo en el mundo
subjetivo que es en cada caso el propio de cada uno. Voy a
contentarme en este lugar con esta indicación provisional de que
existen actos comunicativos que se caracterizan por otras referencias al mundo y que van vinculados a unas pretensiones de
validez que no son las mismas que las de las emisiones o manifestaciones constatativas.
Las emisiones o manifestaciones que llevan asociadas pretensiones de rectitud normativa o de veracidad subjetiva, de forma
similar a como otros actos llevan asociada una pretensión de
verdad proposicional o de eficiencia, satisfacen el requisito esencial para la racionalidad: son susceptibles de fundamentación y
de crítica. Esto vale incluso para un tipo de manifestaciones que
no estén provistas de una pretensión de validez claramente delimitada, es decir, para las manifestaciones o emisiones evaluativas, las cuales ni son simplemente expresivas, ni se limitan a
expresar un sentimiento o una necesidad meramente privados, ni
tampoco apelan a una vinculación de tipo normativo, esto es,
tampoco han de conformarse a una expectativa generalizada de
34

comportamiento. Y, sin embargo, para tales manifesíaciones o
emisiones evaluativas pueden existir buenas razones. Su deseo
de irse de vacaciones, su preferencia por un paisaje otoñal, su
rechazo del servicio militar, la envidia que le producen los colegas, puede el agente justificarlas ante un crítico recurriendo a
juicios de valor. Los estándares de valor ni tienen la universalidad de normas intersubjetivamente reconocidas ni tampoco son
absolutamente privados. En cualquier caso, distinguimos entre
un uso racional y un uso irracional de esos estándares con que
los miembros de una comunidad de cultura y de una comunidad
de lenguaje interpretan sus necesidades. Es lo que explica R.
Norman con el siguiente ejemplo: «Desear simplemente una
taza de lodo es irracional porque es menester alguna razón más
para desearla. Desear una taza de lodo porque uno desea aspirar
su rico olor a río es racional. No se necesita ninguna razón más
para desear gozar de su rico olor a río, ya que caracterizar lo
que se desea como "gozar de su rico olor a río" significa dar
una razón aceptable para desearlo, y, por tanto, ese deseo es
racional» 26.
Los actores se comportan racionalmente mientras utilicen predicados tales como sabroso, atractivo, chocante, repugnante, etc.,
de modo que los otros miembros de su mundo de la vida puedan
reconocer bajo esas descripciones sus propias reacciones ante situaciones parecidas. Cuando, por el contrario, utilizan estándares
de valor de forma tan caprichosa que ya no pueden contar con
la comprensión dimanante de la comunidad de cultura, se están
comportando idiosincráticamente. Entre esas evaluaciones privadas puede haber algunas que tengan un carácter innovador.
Mas éstas se distinguen por su autenticidad expresiva, por ejemplo, por la claridad de forma, por la forma estética, de una obra
de arte. Las manifestaciones idiosincráticas siguen, por el contrario, patrones rígidos. Su contenido semántico no nos resulta
accesible a través de la fuerza del discurso poético o de la configuración creadora, y tiene solamente un carácter privatista. El
espectro de tales manifestaciones abarca desde tics sin importancia, como la preferencia por el olor de las manzanas podridas,
hasta síntomas de interés clínicos, como, por ejemplo, las reaccio26
R. NORMAN, Reasons for Actions, Nueva York, 1971, 63 ss.; NORMAN
discute (65 ss.) el status de las expresiones evaluativas que, por su significado en parte descriptivo y en parte evaluativo, han sido llamadas por
autores como Hare y Nowell-Smith «Januswords».

35

nés de terror ante los espacios abiertos. Quien trate de dar razón
de sus reacciones libidinosas ante las manzanas podridas refiriéndose a su olor «seductor», «abisal», «embriagador»; quien
trate de explicar sus reacciones de pánico ante los espacios abiertos refiriéndose a su «vacío paralizante, plúmbeo, vertiginoso»,
apenas si podrá ser entendido en los contextos cotidianos de la
mayoría de las culturas. Para estas reacciones percibidas como
aberrantes no basta la fuerza justificatoria de los valores culturales aducidos. Estos casos límite no hacen más que confirmar
que también las tomas de partido y las modalidades de deseos
y sentimientos que pueden expresarse en juicios de valor guardan
una relación interna con razones y argumentos. Quien en sus actitudes y valoraciones se comporta en términos tan privatistas
que no puede explicar sus reacciones ni hacerlas plausibles apelando a estándares de valor, no se está comportando racionalmente.
Podemos decir, en resumen, que las acciones reguladas por
normas, las autopresentaciones expresivas y las manifestaciones
o emisiones evaluativas vienen a completar los actos de habla
constatativos para configurar una práctica comunicativa que sobre el trasfondo de un mundo de la vida tiende a la consecución, mantenimiento y renovación de un consenso que descansa
sobre el reconocimiento intersubjetivo de pretensiones de validez
susceptibles de crítica. La racionalidad inmanente a esta práctica
se pone de manifiesto en que el acuerdo alcanzado comunicativamente ha de apoyarse en última instancia en razones Y la racionalidad de aquellos que participan en esta práctica comunicativa
se mide por su capacidad de fundamentar sus manifestaciones o
emisiones en las circunstancias apropiadas La racionalidad inmanente a la práctica comunicativa cotidiana remite, pues, a la
práctica de la argumentación como instancia de apelación que
permite proseguir la acción comunicativa con otros medios cuando se produce un desacuerdo que ya no puede ser absorbido por
las rutinas cotidianas y que, sin embargo, tampoco puede ser decidido por el empleo directo, o por el uso estratégico, del poder.
Por eso pienso que el concepto de racionalidad comunicativa,
que hace referencia a una conexión sistemática, hasta hoy todavía no aclarada, de pretensiones universales de validez, tiene que
ser adecuadamente desarrollado por medio de una teoría de la
argumentación.
36

Llamo argumentación al tipo de habla en que los participantes tematizan las pretensiones de validez que se han vuelto dudosas y tratan de desempeñarlas o de recusarlas por medio de
argumentos. Una argumentación contiene razones que están conectadas de forma sistemática con la pretensión de validez de
la manifestación o emisión problematizadas. La fuerza de una
argumentación se mide en un contexto dado por la pertinencia
de las razones. Esta se pone de manifiesto, entre otras cosas, en
si la argumentación es capaz de convencer a los participantes en
un discurso, esto es, en si es capaz de motivarlos a la aceptación
de la pretensión de validez en litigio. Sobre este trasfondo podemos juzgar también de la racionalidad de un sujeto capaz de
lenguaje y de acción según sea su comportamiento, llegado el
caso, como participante en una argumentación: «Cualquiera que
participe en una argumentación demuestra su racionalidad o su
falta de ella por la forma en que actúa y responde a las razones
que se le ofrecen en pro o en contra de lo que está en litigio. Si
se muestra abierto a los argumentos, o bien reconocerá la fuerza
de esas razones, o tratará de replicarlas, y en ambos casos se
está enfrentando a ellas de forma racional. Pero si se muestra
sordo a los argumentos, o ignorará las razones en contra, o las
replicará con aserciones dogmáticas. Y ni en uno ni en otro
caso estará enfrentándose racionalmente a las cuestiones» 27. A la
susceptibilidad de fundamentación de las emisiones o manifestaciones racionales responde, por parte de las personas que se
comportan racionalmente, la disponibilidad a exponerse a la crítica y, en caso necesario, a participar formalmente en argumentaciones.
En virtud de esa susceptibilidad de crítica, las manifestaciones o emisiones racionales son también susceptibles de corrección. Podemos corregir las tentativas fallidas si logramos identificar los errores que hemos cometido. El concepto de fundamentación va íntimamente unido al de aprendizaje. También en los
procesos de aprendizaje juega la argumentación un papel importante. Llamamos, ciertamente, racional a una persona que en el
ámbito de lo cognitivo-instrumental expresa opiniones fundadas
y actúa con eficiencia; sólo que esa racionalidad permanece contingente si no va a su vez conectada a la capacidad de aprender
27

St. TOULMIN, R. RIECKE, A. )ANIK, An Introduction to Reasoning,

Nueví* York, 1979, 13.

37

de los desaciertos, de la refutación de hipótesis y del fracaso de
las intervenciones en el mundo
El medio en que estas experiencias negativas pueden elaborarse productivamente es el discurso teórico, es decir, la forma
de argumentación en que se convierten en tema las pretensiones
de verdad que se han vuelto problemáticas. En el ámbito práctico-moral ocurre algo parejo. Llamamos racional a una persona
que puede justificar sus acciones recurriendo a las ordenaciones
normativas vigentes. Pero sobre todo llamamos racional a aquél
que en un conflicto normativo actúa con lucidez, es decir, no
dejándose llevar por sus pasiones ni entregándose a sus intereses
inmediatos, sino esforzándose por juzgar imparcialmente la cuestión desde un punto de vista moral y por resolverla consensualmente. El medio en que puede examinarse hipotéticamente si una
norma de acción, esté o no reconocida de hecho, puede justificarse imparcialmente, es el discurso práctico, es decir, la forma
de argumentación en que se convierten en tema las pretensiones
de rectitud normativa
En Etica filosófica no puede darse en modo alguno por sentado que las pretensiones de validez asociadas a las normas de
acción, pretensiones en que se basan los preceptos y normas de
acción, puedan desempeñarse de forma discursiva, análogamente
a como puede hacerse con las pretensiones de verdad. Pero en
ia vida cotidiana nadie se pondría a argumentar moralmente si
no partiera intuitivamente del supuesto, bien fuerte por cierto,
de que en el círculo de los afectados puede llegarse en principio
a un consenso fundado Y a mi entender, esto es algo que se
sigue de forma conceptualmente necesaria del sentido de las pretensiones de validez normativas Las normas de acción se presentan en su ámbito de validez con la pretensión de expresar, en
relación con la materia necesitada de regulación, un interés común a todos los afectados y de merecer por ello un reconocimiento general; de ahí que las normas válidas, en condiciones
que neutralicen cualquier otro motivo que no sea el de la búsqueda cooperativa de la verdad, tienen en principio que poder
encontrar también el asentimiento racionalmente motivado de
todos los afectados28 En este saber intuitivo nos estamos apoyando siempre que argumentamos moralmente. En estas presupo28

Cfr. A. R. WHITE, Truth, Nueva York, 1970, 57 ss.; G. PATZIG,
Tatsachen, Normen, Sätze, Stuttgart, 1981.

38

siciones tienen sus raíces el moral point of view 29. Mas esto no
significa aún que esa intuición de los legos también pueda en
efecto justificarse reconstructivamente; con todo, yo me inclino
por mi parte, en esta cuestión básica de teoría ética, a una posición cognitivista, según la cual las cuestiones prácticas pueden
en principio decidirse argumentativamente 30 . Ciertamente que
esta posición sólo podrá ser defendida con alguna perspectiva
de éxito si no asimilamos precipitadamente los discursos prácticos, que se caracterizan por su referencia a las necesidades interpretadas de los afectados en cada caso, a los discursos teóricos, que se refieren a las experiencias interpretadas de un observador.
Ahora bien, no solamente existe un medio reflexivo para el
ámbito cognitivo-instrumental y para el práctico-moral, sino también para las manifestaciones de valor aprendidas en su cultusivas.
Llamamos racional a una persona que interpreta sus necesidades a la luz de los estándares de valor aprendidos en su cultura; pero sobre todo, cuando es capaz de adoptar una actitud
reflexiva frente a los estándares de valor con que interpreta sus
necesidades. Los valores culturales, a diferencia de las normas
de acción, no se presentan con una pretensión de universalidad.
Los valores son a lo sumo candidatos a interpretaciones bajo las
29

K. BAIER, The Moral Point of View, Ithaca, 1964.
Cfr. J. RAWLS, A Theory of Justice, Oxford, 1973; sobre Rawls:
O. HOFFE (ed.), Ãœber J. Rawls Theorie der Gerechtigkeit, Francfort, 1977;
J. RAWLS, «The Kantian Constructivism in Moral Teory», /. Phil., 11, 1980,
515 ss.; sobre el planteamiento constructivista, cfr. O. SCHWEMMER, Philosophie der Praxis, Francfort, 1971; F. KAMBARTEL (ed.), Praktische Philosophie und Konstruktive Wissenschaftstheorie, Francfort, 1975; sobre el
enfoque en términos de hermenéutica trascendental, cfr. K. O. APEL, «Das
Apriori der Kommunikationsgemeinschaft und die Grundlagen der Ethik»,
en ID., La transformación de la Filosofía, II, Madrid, 1985, 341-413; ID.,
«Sprechakttheorie und transzendentale Sprachpragmatik, zur Frage ethischer Normen», en ID. (ed.), Sprachpragmatik und Philosophie, Francfort,
1976 a, 10 ss.; sobre el enfoque en términos de teoría del discurso, cfr. }.
HABERMAS, «Wahrheitstheorien», en H. FAHRENBACH (ed.), Wirklichkeit und
Reflexion, Pfulligen, 1973, 211 ss.; R. ALEXY, Theorie juristischer Argumentation, Francfort, 1978; ID., «Eine Theorie des praktischen Diskurses»,
en W. OELMÜLLER (ed.), Normenbegründung, Normendurchsetzung, Paderborn, 1978, 22 s.; W. M. SULLIVAN, «Communication and the Recovery
of Meaning», Intern. Philos. Quart., 18, 1978, 69 ss. Para una vision de
conjunto, cfr. R. WIMMER, Universalisierung in der Ethik, Francfort, 1980.
R. HEGSELMAMN, Normativität und Rationalität, Francfort, 1979.
30

39

que un círculo de afectados puede, llegado el caso, describir
un interés común y normarlo. El halo de reconocimiento intersubjetivo que se forma en torno a los valores culturales no implica todavía en modo alguno una pretensión de aceptabilidad
culturalmente general o incluso universal. De ahí que las argumentaciones que sirven a la justificación de estándares de valor
no cumplan las condiciones del discurso. En el caso prototípico
tienen la forma de crítica estética.
Esta representa una variación de una forma de argumentación
en que se convierte en tema la adecuación o propiedad de los
estándares de valor y, en general, de las expresiones de nuestro
lenguaje evaluativo. Con todo, en las discusiones en el seno de
la crítica literaria, de la crítica de arte y de la crítica musical,
esto acaece por vía indirecta. Las razones tienen en este contexto
la peculiar función de poner una obra o una producción tan
ante los ojos, que pueda ser percibida como una expresión auténtica de una vivencia ejemplar, y en general, como encarnación
de una pretensión de autenticidad 31 . La obra así validada por
una percepción estética fundada puede por su parte sustituir después a la argumentación y contribuir a la propagación del estándar de valor en virtud del cual fue considerada como auténtica.
Y así como el cometido de las razones en el discurso práctico es
mostrar que la norma cuya aceptación se recomienda representa
31
R. BITTNER, «Ein Abschnitt sprachanalytischer Ästhetik», en R. BITTNER, P. PFAFF, Das ästhetische Urteil, Colonia, 1977, 291: «...lo que importa es la percepción que uno tiene del objeto, y los juicios estéticos tratan
de introducirla, de guiarla, de darle indicaciones y de abrirle perspectivas.
Hampshire lo formula de la siguiente forma: se trata de hacer que alguien
perciba las peculiares propiedades de este especial objeto. E Isenberg lo
formula negativamente de este modo: sin la presencia o el recuerdo directo
de lo comentado, los juicios estéticos serían superfluos y carecerían de
sentido. Naturalmente, ambas determinaciones no se contradicen entre sí.
En la terminología de los actos de habla la situación podría describirse en
los siguientes términos: el acto ilocucionario que normalmente se ejecuta
en emisiones tales como «El dibujo X es especialmente equilibrado» pertenece a la especie de los enunciados, mientras que el acto perlocucionario
que normalmente se ejecuta con tales emisiones es una introducción a la
percepción que uno hace de las propiedades estéticas del objeto. Hago
un enunciado y dirijo con ello a alguien en su percepción estética, exactamente lo mismo que se puede hacer un enunciado para poner en conocimiento a alguien del correspondiente hecho, o como se hace una pregunta para recordar a alguien alguna cosa.» Bittner adopta con esto una
línea de argumentación que viene caracterizada por los trabajos de M. McDonald, A. Isenberg y St. Hampshire; cfr. la bibliografía, ibid., 281 ss.

40

un interés generalizable, así también en la crítica estética las
razones sirven para llevar a la percepción de una obra y hacer
tan evidente su autenticidad, que esa experiencia pueda convertirse en un motivo racional para la aceptación de los correspondientes estándares de valor Esta consideración nos permite ver
por qué consideramos los argumentos estéticos menos constrictivos que los argumentos que empleamos en los discursos prácticos
y sobre todo en los discursos teóricos
Algo parecido puede decirse de los argumentos de un psicoterapeuta, cuya especialidad consiste en ejercitar a su paciente
en una actitud reflexiva frente a sus propias manifestaciones expresivas. Pues también calificamos de racional, e incluso con
cierto énfasis, el comportamiento de una persona que está dispuesta a, y es capaz de, liberarse de sus ilusiones, ilusiones que
no descansan tanto en un error (sobre hechos) como en un autoengaño (sobre las propias vivencias). Esta atañe a la manifestación de los propios deseos e inclinaciones, de los propios sentimientos y estados de ánimo, que se presentan con la pretensión
de veracidad. En muchas situaciones un actor puede tener muy
buenas razones para ocultar sus vivencias a los otros o para despistarlos acerca de sus verdaderas vivencias. Pero entonces no
está planteando ninguna pretensión de veracidad, sino que, a lo
sumo, la está simulando y comportándose, por tanto, estratégicamente. A las manifestaciones de este tipo no se las puede juzgar
objetivamente por su falta de veracidad, sino que hay más bien
que enjuiciarlas según su buen o mal suceso en la consecución
de lo que pretenden. Las manifestaciones expresivas sólo pueden
enjuiciarse por su veracidad, en el contexto de una comunicación
enderezada al entendimiento.
Quien sistemáticamente se engaña sobre sí mismo se está
comportando irracionalmente, pero quien es capaz de dejarse ilustrar sobre su irracionalidad, no solamente dispone de la racionalidad de un agente capaz de juzgar y de actuar racionalmente
con arreglo a fines, de la racionalidad de un sujeto moralmente
lúcido y digno de confianza en asuntos práctico-morales, de la
racionalidad de un sujeto sensible en sus valoraciones y estéticamente capaz, sino también de la fuerza de comportarse reflexivamente frente a su propia subjetividad y penetrar las coacciones irracionales a que pueden estar sistemáticamente sometidas
sus manifestaciones cognitivas, sus manifestaciones prácticomorales y sus manifestaciones práctico-estéticas. También en este
41

proceso de autorreflexión juegan su papel las razones; el correspondiente tipo de argumentación lo estudió Freud para el caso
del diálogo terapéutico entre el médico y el paciente32. En el
diálogo psicoanalítico los papeles están distribuidos asimétricamente. Médico y paciente no se comportan como proponente y
oponente. Los presupuestos del discurso sólo pueden cumplirse
una vez que la terapia ha concluido con éxito. Por eso, a la forma de argumentación que sirve para disipar autoengaños sistemáticos voy a llamarla crítica terapéutica.
En un nivel distinto pero también reflexivo tenemos, por último, la forma de comportamiento de un intérprete que ante
dificultades de comprensión tenaces, se ve movido, para ponerles
remedio, a convertir en objeto de comunicación los medios mismos de entenderse. Llamamos racional a una persona que se
muestra dispuesta al entendimiento y que ante las perturbaciones
de la comunicación reacciona reflexionando sobre las reglas lingüísticas. Por un lado, se trata de ver si las manifestaciones
simbólicas son inteligibles o están bien formadas, es decir, si las
expresiones simbólicas son correctas, esto es, si han sido producidas de conformidad con el correspondiente sistema de reglas
generativas. Aquí puede servirnos de modelo la investigación
lingüística. Por otro lado, se trata de explicar el significado de
las manifestaciones o emisiones —una tarea hermenéutica, de la
que la práctica de la traducción representa un modelo adecuado.
Se comporta irracionalmente quien hace un uso dogmático de
sus propios medios simbólicos de expresión. Por el contrario, el
discurso explicativo es una forma de argumentación en que ya no
se supone o se niega ingenuamente que las expresiones simbólicas sean inteligibles, estén bien formadas o sean correctas, sino
que el asunto se convierte en tema como una «pretensión de validez» controvertida33.
Nuestras consideraciones pueden resumirse diciendo que la
racionalidad puede entenderse como una disposición de los sujetos capaces de lenguaje y de acción. Se manifiesta en formas
de comportamiento para las que existen en cada caso buenas ra32
J. HABERMAS, Conocimiento e interés, Madrid, 1982, cap. 10 y s., y
P. RICOEUR, De l'Interprétation. Essai sur Freud, París, 1965, libro III;
sobre este tema: W. A. SCHELUNG, Sprache, Bedeutung, Wunsch, Berlín,
1978.
33
Sobre el discurso explicativo, cfr. SCHNXDELBACH, Reflexion und Diskurs, Francfort, 1977, 277 ss.

42

zones. Esto significa que las emisiones o manifestaciones racionales son accesibles a un enjuiciamiento objetivo. Lo cual es válido
para todas las manifestaciones simbólicas que, a lo menos implícitamente, vayan vinculadas a pretensiones de validez (o a pretensiones que guarden una relación interna con una pretensión
de validez susceptible de crítica). Todo examen explícito de pretensiones de validez controvertidas requiere una forma más exigente de comunicación, que satisfaga los presupuestos propios
de la argumentación
Las argumentaciones hacen posible un comportamiento que
puede considerarse racional en un sentido especial, a saber: el
aprender de los errores una vez que se los ha identificado. Mientras que la susceptibilidad de crítica y de fundamentación de las
manifestaciones se limita a remitir a la posibilidad de la argumentación, los procesos de aprendizaje por los que adquirimos
conocimientos teóricos y visión moral, ampliamos y renovamos
nuestro lenguaje evaluativo y superamos autoengaños y dificultades de comprensión, precisan de la argumentación.

[31

Excurso sobre teoría de la argumentación

El concepto de racionalidad que hasta ahora hemos introducido de una forma más bien intuitiva, se refiere a un sistema de
pretensiones de validez que, como muestra la figura 2, sería menester aclarar con ayuda de una teoría de la argumentación.
Pero esta teoría, pese a una venerable tradición filosófica que se
remonta a Aristóteles, está todavía en sus comienzos. La lógica
de la argumentación no se refiere, como la formal, a relaciones
de inferencia entre unidades semánticas (oraciones), sino a relaciones internas, también de tipo no deductivo, entre las unidades
pragmáticas (actos de habla) de que se componen los argumentos. Ocasionalmente se presenta también bajo la denominación
de «lógica informal» M. Para el primer simposio internacional sobre cuestiones de lógica informal sus organizadores daban restrospectivamente las siguientes razones y motivos:
— «Serias dudas acerca de que los planteamientos de la lógica deductiva y de la lógica inductiva estándar sean suficientes
34

Acerca de las publicaciones en alemán, cfr. la memoria de P. L.
VÖLZING, «Argumentation», en: Z. /. Litwiss. u. Lin., 10, 1980, 204 ss.

43

^v.

Objeto de la
^^argumentación

Manifestaciones
o emisiones
problemáticas

Pretensiones
de validez
controvertidas

Discurso teórico

Cognitivoinstrumentales

Verdad de las
proposiciones;
eficacia de las
acciones teleológicas

Discurso práctico

Práctico-morales

Rectitud de las
normas de acción

Crítica estética

Evaluativas

Adecuación de los
estándares de valor

Expresivas

Veracidad de las
manifestaciones
o emisiones
expresivas

Formas de
\ ^
argumentación
^v.

Crítica terapéutica

Discurso explicativo

—

Inteligibilidad o
corrección constructiva de los productos
simbólicos

Fig. 2. TIPOS DE ARGUMENTACIÓN

para modelar todas, o siquiera las principales, formas de argumentación legítima.
— La convicción de que existen estándares, normas o reglas
para la evaluación de argumentos que son decididamente lógicos
—no simplemente retóricos o específicos de un determinado ámbito— y que al mismo tiempo no son captados por las categorías
de validez deductiva y fuerza inductiva.
— El deseo de proporcionar una teoría completa del razonamiento que vaya más allá de la lógica formal deductiva e inductiva.
— La convicción de que la clarificación teórica del razonamiento y de la crítica lógica en términos no formales tiene im44

plicaciones directas para otras ramas de la filosofía tales como la
epistemología, la Etica y la filosofía del lenguaje.
— El interés por todos los tipos de persuasión discursiva unido al interés por trazar los límites entre los distintos tipos y señalar los solapamientos que se producen entre ellos» 35.
Estas convicciones caracterizan una posición que St. Toulmin
desarrolló en una investigación pionera, titulada The Uses of Argument 3Ó, y de la que ha partido en su estudio sobre historia
de la ciencia, Human Understanding37.
Por un lado, Toulmin critica las soluciones absolutistas que
reducen los conocimientos teóricos, las ideas práctico-morales y
las evaluaciones estéticas a argumentos deductivamente concluyentes o a evidencias empíricamente constrictivas. En la medida
en que los argumentos son concluyentes en el sentido de ilación
lógica, no producen nada sustancialmente nuevo, y en la medida
en que tienen un contenido sustancial, se apoyan en evidencias
y necesidades que pueden ser interpretadas de forma diversa con
ayuda de distintos sistemas de descripción y a la luz de teorías
cambiantes, y que no ofrecen, por tanto, ningún fundamento definitivo. Mas por otro lado, Toulmin critica igualmente las concepciones relativistas, que no pueden explicar la peculiar coacción sin coacciones que ejerce el mejor argumento, ni dar cuenta
de las connotaciones universalistas de pretensiones de validez tales como la verdad de las proposiciones o la rectitud de las normas: «Toulmin sostiene que ninguna de esas dos posiciones es
reflexiva; es decir, que ninguna de ellas puede dar cuenta de su
racionalidad dentro de su propio marco de referencia. El absolutista no puede apelar a otro primer principio para justificar su
primer principio inicial y para asegurar el status de la doctrina
de los primeros principios. Por su parte, el relativista se encuentra en la peculiar posición (por lo demás autocontradictoria) de
pretender que su doctrina está de algún modo por encima de la
relatividad de que adolecen los juicios en todos los demás ámbitos» 38.
35
J. A. BLAIR, R. H. JOHNSON (eds.), Informal Logic, Ivemess (Cal.),
1980, X.
36
St. TOULMIN, The Uses of Argument, Cambridge, 1958.
37
St. TOULMIN, Human Understanding, Princeton, 1972.
38
B. R. BURLESON, «On the Foundations of Rationality», en Journ.
Am. Forensic Assoc, 16, 1979, 113.

45

Ahora bien, si la validez de las emisiones o manifestaciones
ni puede ser objeto de una reducción empirista ni tampoco se la
puede fundamentar en términos absolutistas, las cuestiones que
se plantean son precisamente aquellas a que trata de dar respuesta una lógica de la argumentación: ¿cómo pueden las pretensiones de validez, cuando se tornan problemáticas, quedar respaldadas por buenas razones?, ¿cómo pueden a su vez estas
razones ser objeto de crítica?, ¿qué es lo que hace a algunos argumentos, y con ello a las razones que resultan relevantes en
relación con alguna pretensión de validez, más fuertes o más débiles que otros argumentos?
En el habla argumentativa pueden distinguirse tres aspectos.
Considerada como proceso, se trata de una forma de comunicación infrecuente y rara, por tratarse precisamente de una forma
de comunicación que ha de aproximarse suficientemente a condiciones ideales. En este sentido he tratado por mi parte de
explicitar los presupuestos comunicativos generales de la argumentación, entendiéndolos como determinaciones de una situación ideal de habla 39. Esa propuesta puede resultar insatisfactoria en sus detalles; pero me sigue pareciendo correcta la intención de reconstruir las condiciones generales de simetría que
todo hablante competente tiene que dar por suficientemente satisfechas en la medida en que cree entrar genuinamente en una
argumentación. Los participantes en la argumentación tienen todos que presuponer que la estructura de su comunicación, en
virtud de propiedades que pueden describirse de modo puramente formal, excluye toda otra coacción, ya provenga de fuera de
ese proceso de argumentación, ya nazca de ese proceso mismo,
que no sea la del mejor argumento (con lo cual queda neutralizado todo otro motivo que no sea el de la búsqueda cooperativa
de la verdad). Bajo este aspecto la argumentación puede entenderse como una continuación con otros medios, ahora de tipo
reflexivo, de la acción orientada al entendimiento.
Cuando se considera la argumentación como procedimiento
se trata de una forma de interacción sometida a una regulación
especial. Efectivamente, el proceso discursivo de entendimiento
está regulado de tal modo en forma de una división cooperativa
del trabajo entre proponentes y oponentes, que los implicados
3» HABERMAS (1973

c).

46

— tematizan una pretensión de validez que se ha vuelto problemática y,
— exonerados de la presión de la acción y la experiencia,
adoptando una actitud hipotética,
— examinan con razones, y sólo con razones, si procede reconocer o no la pretensión defendida por el proponente.
Finalmente, la argumentación puede ser considerada desde
un tercer punto de vista: tiene por objeto producir argumentos
pertinentes, que convenzan en virtud de sus propiedades intrínsecas, con que desempeñar o rechazar las pretensiones de validez. Los argumentos son los medios con cuya ayuda puede obtenerse un reconocimiento intersubjetivo para la pretensión de
validez que el proponente plantea por de pronto de forma hipotética, y con los que, por tanto, una opinión puede transformarse
en saber.
Los argumentos poseen una estructura general que Toulmin,
como es sabido, caracteriza de la siguiente forma. Un argumento
se compone de una emisión problemática (conclusion) la cual
lleva aneja una pretensión de validez, y de la razón o fundamento (ground) con que ha de decidirse acerca de esa pretensión.
La razón o fundamento obtiene su carácter de tal de una regla,
una regla de inferencia, un principio, una ley, etc. (warrant). La
regla se apoya en evidencias de tipo diverso (backing). Llegado
el caso, habrá que modificar o recortar la pretensión de validez
(modifyer)40. Ciertamente que esta propuesta de Toulmin, especialmente en lo que se refiere a la diferenciación entre los distintos niveles de la argumentación, necesita de precisión y mejora. Pero la descripción, en términos de semántica formal, de las
40

Toulmin ha realizado este análisis en TOULMIN, RIECKE, JANIK

(1979). Lo resume de la siguiente forma: «Tiene que quedar claro qué
clase (kind) de asuntos trata de suscitar el argumento (por ejemplo, estéticos más bien que científicos, o jurídicos más bien que psiquiátricos) y
cuál es su propósito (purpose) subyacente. Las razones (grounds) en que
se basa tienen que ser relevantes en relación con la pretensión (claim)
planteada en el argumento y ser suficientes para apoyarla. La garantía
(warrant) con que uno cuenta para asegurar ese apoyo tiene que ser aplicable al caso que se está discutiendo y tiene que basarse en un sólido
respaldo (backing). La modalidad (modality) o fuerza de la pretensión
resultante tiene que hacerse explícita y han de entenderse bien las posibles
refutaciones (rebuttals) o excepciones» (106).

47


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