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BASARAB NICOLESCU

Multiversidad Mundo Real Edgar Morin, A.C.

Edición: 7 Saberes
Traducción: Mercedes Vallejo Gómez
Diseño y diagramación: Diana Egurrola
No. Edición: 1
© Basarab Nicolescu, 1996
© Multiversidad Mundo Real Edgar Morin, A.C.
Primera edición: Jean-Paul Bertrand (Editor) Collection
"Transdisciplinarieté", 1996
Todos los derechos reservados. Esta publicación no
puede ser reproducida, ni en todo, ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por
ningún medio sea mecánico, fotoquímico, electrónico,
magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier
otro sin permiso previo por escrito de Multiversidad
Mundo Real Edgar Morin, A.C.
Impreso en México.
Multiversidad Mundo Real Edgar Morin, A.C.
Poder Legislativo #111, Fracc. Misión del Real
C.P. 83145, Hermosillo, Sonora, México
www.multiversidadreal.org
ISBN: 978-607-7715-00-9

LA TRANSDISCIPLINARIEDAD
Manifiesto

Contenido
Para evitar confusiones

11

Mañana será demasiado tarde

13

Grandeza y decadencia del cientificismo

16

Física cuántica y niveles de Realidad

20

Un palo siempre tiene dos extremos

25

El surgimiento de la pluralidad compleja

31

Una nueva visión del mundo: la transdisciplinariedad

35

Transdisciplinariedad y unidad: abierta del mundo

41

Muerte y resurrección de la Naturaleza

46

Homo sui transcendentalis

53

Tecno-Naturaleza y ciberespacio

58

Feminización social y dimensión poética de la existencia

64

Del culto a la personalidad

69

Ciencia y cultura: más allá de las dos culturas

72

Lo transcultural y el espejo del Otro

76

La transdisciplinariedad: desviación y estravíos

81

Rigor, apertura y tolerancia

87

Actitud transreligiosa y presencia de lo sagrado

90

Evolución transdisciplinaria de la educación

93

Hacia un nuevo humanismo: el transhumanismo

99

Anexo
Carta de la Transdisciplinariedad
(Charter of Transdisciplinarity)

102

9

Manifiesto

PARA EVITAR CONFUSIONES

Una palabra de una belleza virginal, que aún no ha sufrido el paso del tiempo, se expande
actualmente por el mundo entero como una explosión de vida y de sentido.
Difícilmente pronunciable -transdisciplinariedad-, esta palabra que se conoce sólo hace
algunos años ha sido y sigue siendo confundida con otras dos relativamente recientes: pluridisciplinariedad e interdisciplinariedad.
El término, que apareció hace tres décadas de manera casi simultánea en los trabajos de investigadores tan diversos como Jean Piaget, Edgar Morin, Eric Jantsch y muchos otros, se inventó en
aquel momento para traducir la necesidad de una transgresión jubilosa de las fronteras entre las
disciplinas, sobre todo en el campo de la docencia, para superar la pluri y la interdisciplinariedad.
Hoy en día, el enfoque transdisciplinario se redescubre, se devela y se utiliza con una velocidad fulminante, como consecuencia de un acuerdo necesario y con los desafíos sin precedente de nuestro convulsionado mundo.
No hace mucho, se proclamaba la muerte del hombre y el fin de la Historia. El enfoque
transdisciplinario nos hace descubrir la resurrección del sujeto y el principio de una nueva etapa
de nuestra historia. Los investigadores transdisciplinarios aparecen cada vez más como resurgidores de la esperanza.
Este desarrollo acelerado del enfoque transdisciplinario se acompaña naturalmente, como cualquier nuevo movimiento de ideas, del peligro de múltiples extravíos* (el extravío comercial, el extravío
de la búsqueda de nuevos medios de dominación del otro) o si no, simplemente, del intento de verter
la nada en el vacío, por medio de la adopción de un eslogan “bon ton” vaciado de todo contenido.

*En francés en el original -deriver- literalmente deriva, en el sentido de ir a la deriva, perder el rumbo (Nota de la
presente edición)

11

La Transdisciplinariedad

Dado que yo mismo he contribuido al desarrollo actual de la trandisciplinariedad, por
medio de la reflexión y la acción, con mis propias competencias de físico cuántico apasionado
por el rol de la ciencia en la cultura de hoy, siento una necesidad urgente de dar testimonio.
Si escogí -siguiendo el consejo de muchos amigos de Francia y otros países- la forma de un
manifiesto, no fue por ceder a la tentación irrisoria de la elaboración de una nueva “tabla de
mandamientos” o del anuncio del descubrimiento de un remedio milagroso para todos los
males del mundo. La forma axiomática de un manifiesto a través de la extraordinaria diversidad cultural, histórica, religiosa y política de los diferentes pueblos de esta Tierra permite la
comprensión intuitiva de lo que podría ser incomprensible o inaccesible en mil tratados eruditos sobre el mismo tema. Los dos o tres manifiestos que tuvieron un impacto planetario lograron resistir la prueba del tiempo gracias, justamente, a este carácter axiomático. La transdisciplinariedad, con su propio carácter planetario por naturaleza, requiere, a su vez, la existencia
de un manifiesto.
Es necesaria, entonces, una última precisión. Es cierto que yo contribuí plenamente con
muchas empresas transdisciplinarias colectivas, como la fundación del Centro Internacional de
Investigaciones y Estudios Transdisciplinarios (CIRET, París) o la elaboración de la Carta de la
Transdisciplinariedad, adoptada en el Primer Congreso Mundial de la Transdisciplinariedad
(Convento da Arrábida, Portugal, noviembre de 1994); sin embargo, escribo el presente manifiesto a nombre propio y no compromete más que a mi propia conciencia.
Dedico este manifiesto a todos los hombres y a todas las mujeres que aún creen, a pesar
de todo y contra todo, más allá de cualquier dogma e ideología, en un proyecto de futuro.

12

Manifiesto

MAÑANA SERÁ DEMASIADO TARDE

Dos verdaderas revoluciones han atravesado este siglo: la revolución cuántica y la revolución informática.
La revolución cuántica podría cambiar de manera radical y definitiva nuestra visión del
mundo. Sin embargo, nada ha ocurrido desde principios del siglo XX: las masacres de los humanos por los humanos aumentan sin cesar y la visión tradicional sigue siendo el amo de este
mundo. ¿De dónde proviene esta ceguera? ¿De dónde proviene ese eterno deseo de hacer algo
nuevo con lo viejo? La novedad irreductible de la visión cuántica sigue siendo dominio de una
pequeña élite de científicos de punta. La dificultad de transmisión de un nuevo lenguaje hermético -el lenguaje matemático- es, desde luego, un obstáculo considerable; pero no es infranqueable. ¿De dónde proviene ese pretendido desprecio, sin ningún argumento formal, por la naturaleza discreta e impotente en cuanto al sentido de la vida?
La revolución informática, que se muestra ante nuestros ojos maravillados e inquietos, podría
llevarnos a una gran liberación del tiempo consagrado a nuestra vida y no, como lo cree la mayoría de los seres de esta tierra, a nuestra supervivencia. Podría llevarnos a compartir conocimientos entre todos los humanos como preludio de una riqueza planetaria compartida. Pero aquí,
tampoco ocurre nada. Los comerciantes se apresuran por colonizar el ciberespacio y profetas
desconocidos nos hablan sólo de peligros inminentes. ¿Por qué somos tan ingeniosos, en cualquier situación, para develar todos los peligros posibles e imaginables, pero tan pobres cuando
se trata de proponer, de construir, de edificar, de hacer surgir lo nuevo y lo positivo, no para un
futuro lejano, sino para el presente, aquí y ahora?
El crecimiento contemporáneo de los saberes no tiene precedente en la historia humana.
Hemos explorado escalas inimaginables en otra época: de lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande, de lo infinitamente breve a lo infinitamente largo. La suma de los conocimientos en el Universo y los sistemas naturales, acumulados durante el siglo XX excede, de lejos,
todo lo que se ha podido conocer en todos los demás siglos reunidos. ¿Cómo es posible que
cuanto más conocemos de qué estamos hechos, menos comprendemos quiénes somos? ¿Cómo

13

La Transdisciplinariedad

es posible que la proliferación acelerada de las disciplinas vuelva cada vez más ilusoria la unidad del conocimiento? ¿Cómo es posible que cuanto más conocemos el universo exterior, más
insignificante -incluso absurdo- se vuelve el sentido de nuestra vida y de nuestra muerte? ¿Será
que la atrofia del ser interior es el precio que tenemos que pagar por el conocimiento científico? La felicidad individual y social que el cientificismo nos prometía se aleja indefinidamente
como un espejismo.
Tal vez se nos dice que la humanidad siempre ha estado en crisis y que siempre ha encontrado la manera de salir adelante. Esta afirmación era cierta en otro tiempo, y hoy sólo equivale a una mentira, porque, por primera vez en su historia, la humanidad tiene la posibilidad de
autodestruirse, por completo, y sin ninguna posibilidad de regreso.
Dicha autodestrucción potencial de nuestra especie tiene una triple dimensión: material,
biológica y espiritual.
En la era de la razón triunfante, lo irracional actúa más que nunca.
Las armas nucleares acumuladas en la superficie de nuestro planeta pueden destruirlo por
completo varias veces, como si una sola vez no fuera suficiente. La guerra blanda remplaza la
guerra fría. Ayer, algunas potencias guardaban celosamente sus armas; hoy, se pasean de un
lugar a otro del planeta con sus piezas separadas bajo el brazo y mañana, las mismas estarán
a disposición de cualquier tirano. ¿Por medio de qué milagro de la dialéctica se piensa siempre
en la guerra hablando de la paz? ¿De dónde proviene esa locura homicida del ser humano? ¿De
dónde proviene esa misteriosa e inmensa capacidad de olvido? Millones de muertes, sin sentido, aparecen hoy ante nuestros ojos hastiados, a nombre de ideologías pasajeras y de conflictos sin nombre, cuya motivación profunda se desconoce.
Por primera vez en su historia, el ser humano puede modificar el patrimonio genético de su
especie. En ausencia de una nueva visión de mundo esta huída hacia adelante equivale, ante
todo, a una autodestrucción biológica potencial. No hemos avanzado ni un ápice en las grandes preguntas metafísicas, pero nos hemos permitido intervenir los trasfondos de nuestra era
biológica. ¿A nombre de quién?
Sentados en nuestra silla, podemos viajar a la velocidad límite permitida por la Naturaleza
–la velocidad de la luz-. El tamaño de la Tierra se reduce poco a poco hasta un punto, el centro
de nuestra conciencia. Por medio de una unión insólita entre nuestro propio cuerpo y la máquina informática, podemos modificar nuestra voluntad y nuestras sensaciones hasta crear una
realidad virtual, aparentemente más verdadera que la realidad de los órganos de los sentidos.

14

Manifiesto

De manera imperceptible, nace un instrumento de manipulación de las conciencias a escala
planetaria. Entre manos inmundas, este instrumento puede conducir a la autodestrucción espiritual de nuestra especie.
Esta triple autodestrucción potencial –material, biológica y espiritual- es, por supuesto, el
producto de una tecnociencia ciega, pero triunfante que sólo obedece a la implacable lógica de
la eficacia por la eficacia. Pero, ¿cómo pedirle a un ciego que vea?
Paradójicamente, todo está dado para nuestra autodestrucción, pero también está dado para
una mutación positiva comparable con los grandes virajes de la historia. El desafío de la autodestrucción tiene su contrapartida de esperanza y de autonacimiento. El desafío planetario de la
muerte tiene su contrapartida en una conciencia visionaria, transpersonal y planetaria, que se alimenta del crecimiento fabuloso del saber. No sabemos de qué lado se va a inclinar la balanza. Por
esta razón, es necesario actuar con premura, ahora. Porque mañana puede ser demasiado tarde.

15

La Transdisciplinariedad

GRANDEZA Y DECADENCIA DEL CIENTIFICISMO

El espíritu humano ha estado obsesionado, desde La Noche de los Tiempos, con la idea de
leyes y de orden, para dar un sentido al Universo donde vivimos y a nuestra propia vida. Los
antiguos inventaron la noción metafísica, mitológica y metafórica de cosmos. Se acomodaban
muy bien a una Realidad Multidimensional, poblada de entidades diferentes: de los hombres a
los dioses, pasando eventualmente por una serie de intermediarios. Dichas entidades vivían en
su propio mundo, regido por sus propias leyes, pero ligadas a leyes cósmicas comunes que
engendraban un orden cósmico común. Los dioses podían, así, intervenir en los asuntos de los
hombres y los hombres, a veces, estaban hechos a la imagen de los dioses, y todo tenía un sentido, más o menos oculto, pero al fin y al cabo, un sentido.
La ciencia moderna nació de una ruptura brutal con la antigua visión de mundo. Se fundó
sobre la idea sorprendente y revolucionaria, para la época, de una separación total entre el sujeto que conoce y la Realidad, que se supone completamente independiente del sujeto que la
observa. Pero, al mismo tiempo, la ciencia moderna proporcionaba tres postulados fundamentales, que prolongaban, en grado supremo sobre el plano de la razón, la búsqueda de leyes y
de orden:
1. La existencia de las leyes universales, de carácter matemático.
2. El descubrimiento de estas leyes por medio de la experiencia científica.
3. La reproductividad perfecta de los datos experimentales.
Un lenguaje artificial, diferente del lenguaje de la tribu -las matemáticas-, era elevado, por
Galileo, al rango de lenguaje común entre Dios y los hombres.
Los éxitos extraordinarios de la física clásica, desde Galileo, Kepler y Newton hasta Einstein,
confirmaron la precisión de estos tres postulados y, al mismo tiempo, contribuyeron a la instauración de un paradigma de la simplicidad que se volvió predominante en los umbrales del
siglo XIX. La física clásica llegó a edificar, en el transcurso de dos siglos, una visión de mundo
tranquilizadora y optimista lista para acoger, en el plano de lo individual y lo social, el surgimiento de la idea de progreso.

16

Manifiesto

La física clásica se fundamenta en la idea de continuidad, de acuerdo con la evidencia proporcionada por los órganos de los sentidos: no se puede pasar de un punto a otro del espacio,
ni del tiempo, sin pasar por todos los puntos intermedios. Además, los físicos ya tenían a su
disposición un aparato matemático fundado sobre la continuidad: el cálculo infinitesimal de
Leibniz y Newton.
La idea de continuidad está íntimamente ligada a un concepto clave de la física clásica: la
causalidad local. Cualquier fenómeno físico se podía comprender por medio de un encadenamiento continuo de causas y efectos: a cada causa en un punto dado corresponde un efecto en
un punto infinitamente próximo, y a cada efecto en un punto dado corresponde una causa en
un punto infinitamente próximo. Así, dos puntos separados por una distancia infinita, en el
espacio y el tiempo, están ligados, sin embargo, por medio de un encadenamiento continuo de
causas y efectos: no es necesaria una acción directa a distancia. La causalidad más rica de los
antiguos, como la de Aristóteles, se reducía a uno solo de estos aspectos: la causalidad local.
Una causalidad formal o una causalidad final ya no tenían lugar en la física clásica. Las consecuencias culturales y sociales de dicha amputación, justificada por el éxito de la física clásica
son incalculables. Hoy en día, incluso, muchos de los que no tienen conocimientos agudos de
filosofía consideran como una evidencia indiscutible la equivalencia entre “la causalidad” y “la
causalidad local”, hasta el punto de omitir, en la mayoría de los casos, el adjetivo “local”.
De esta manera, el concepto de determinismo podía hacer su entrada triunfal en la historia de
las ideas. Las ecuaciones de la física clásica son tales que si se conocen las posiciones y las velocidades de los objetos físicos, en un momento dado, se pueden predecir sus posiciones y sus velocidades en cualquier otro momento del tiempo. Las leyes de la física clásica son leyes deterministas.
Considerando que los estados físicos son funciones de posiciones y de velocidades, resulta que si
se precisan las condiciones iniciales (con el estado físico en un momento del tiempo dado), se puede
predecir completamente el estado físico en cualquier otro momento del tiempo dado.
Es claro que tanto la simpleza como la belleza estética de estos conceptos -continuidad, causalidad local, determinismo-, tan operativos en la Naturaleza, hayan fascinado a los más grandes espíritus de los últimos cuatro siglos, incluyendo el nuestro.
Sólo quedaba un paso por superar, que no era de naturaleza científica, sino filosófica e ideológica: proclamar la física como la reina de las ciencias. Más precisamente, con todo reducido a la
física, lo biológico y lo síquico no aparecen más que como etapas evolutivas de un único y mismo
fundamento. Este paso lo facilitaron los avances indiscutibles de la física. Así nació la ideología del
cientificismo, que apareció como una ideología de vanguardia y que alcanzó un extraordinario desarrollo en el siglo XIX. En efecto, se abrían perspectivas inauditas ante el espíritu humano.

17

La Transdisciplinariedad

Si el Universo no fuera más que una máquina perfectamente arreglada y previsible, Dios
podría relegarse al estatus de simple hipótesis, innecesaria para explicar el funcionamiento del
Universo, el cual se desacralizaría de súbito y la trascendencia del mismo se llevaría hacia las
tinieblas de lo irracional y de la superstición. La Naturaleza se ofrecería como una amante al
hombre, para ser penetrada en sus subsuelos, dominada y conquistada. Sin caer en la tentación
de un sicoanálisis del cientificismo, es preciso constatar que los escritos de los cientificistas del
siglo XIX sobre la naturaleza abundan en alusiones sexuales de las más desenfrenadas. ¿Habría
que sorprenderse de que la feminidad del mundo se hubiera ignorado, ridiculizado y olvidado
en una civilización fundada sobre la conquista, la dominación y la eficacia a toda costa? Como
un efecto perverso, pero inevitable, la mujer, de manera general, está condenada a jugar un
papel menor en la organización social.
En la euforia del cientificismo de la época, era natural, como lo hicieron Marx y Engels, postular el isomorfismo entre las leyes económicas, sociales, históricas y las leyes de la Naturaleza.
Al fin y al cabo, todas las ideas marxistas se fundamentan en los conceptos provenientes de la
física clásica: continuidad, causalidad local, determinismo, objetividad.
Si la Historia se somete, así como la Naturaleza, a leyes objetivas y deterministas, se
puede hacer tabula rasa del pasado, por medio de una revolución social o por cualquier otro
medio. De hecho, lo que cuenta es el presente, como condición inicial mecánica. Al imponer
algunas condiciones iniciales sociales bien determinadas, se puede predecir, de manera infalible, el futuro de la humanidad; basta con que las condiciones iniciales se impongan a nombre del bien y de la verdad -por ejemplo, a nombre de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad- para construir la sociedad ideal. La experiencia se ha hecho a escala planetaria, con
los resultados que conocemos. ¿Cuántos millones de muertos por algunos dogmas? ¿Cuánto
sufrimiento a nombre del bien y de la verdad? ¿Cómo es posible que ideas tan generosas en
un principio se hubieran transformado en todo lo contrario?
En el plano de lo espiritual, las consecuencias del cientificismo también han sido considerables. Un conocimiento digno de este nombre sólo puede ser científico, objetivo. La única
Realidad digna de este nombre es, claro está, la Realidad objetiva regida por leyes objetivas.
Todo conocimiento diferente del científico se lanza al infierno de la subjetividad, tolerada, a lo
sumo, como ornamento o rechazada con desprecio como fantasma, ilusión, regresión, producto de la imaginación. La palabra misma de “espiritualidad” se vuelve sospechosa y su uso prácticamente abandonado.
La objetividad, erigida como criterio supremo de verdad, tuvo una consecuencia inevitable: la transformación del sujeto en objeto. La muerte del hombre, que anuncia tantas otras muertes, es el precio que se tiene

18

Manifiesto

que pagar por un conocimiento objetivo. El ser humano se vuelve objeto -objeto de la explotación del hombre por el hombre, objeto de experiencias de ideologías que se proclaman científicas, objeto de estudios científicos para ser disecados, formalizados y manipulados-. El hombre-Dios es un hombre-objeto cuya única salida es la autodestrucción. Las dos masacres mundiales del siglo pasado, sin contar las múltiples guerras locales que también han producido numerosos cadáveres, no son más que el preludio de una autodestrucción a
escala planetaria o, tal vez, de un autonacimiento.
En el fondo, más allá de la inmensa esperanza que ha provocado, el cientificismo nos ha
legado una idea persistente y tenaz: la de la existencia de un único nivel de Realidad, donde la
única verticalidad concebible es la de la estación sostenida sobre una tierra regida por la ley de
la gravitación universal.

19

La Transdisciplinariedad

FÍSICA CUÁNTICA Y NIVELES DE REALIDAD

Por una de esas extrañas coincidencias, de las que la historia guarda los secretos, la mecánica cuántica, la primera guerra mundial y la revolución rusa surgieron prácticamente al mismo tiempo.
Violencia y masacres sobre el plano de lo visible, y revolución cuántica sobre el plano de lo invisible.
Como si los espasmos visibles del mundo antiguo estuvieran acompañados de la aparición discreta,
apenas perceptible, de los primeros signos del nuevo mundo. Los dogmas y las ideologías que arrasaron el siglo XX provenían del pensamiento clásico, fundado en los conceptos de la física clásica. Una
nueva visión de mundo iba a arruinar los fundamentos de un pensamiento que no acaba de terminar.
Justo en los umbrales del siglo XX, Max Planck se enfrentó a un problema de física, de apariencia inocente, como todos los problemas de física. Pero, para resolverlo, llegó a un descubrimiento que le provocó, según su propio testimonio, un verdadero drama interior, puesto que se
había convertido en el testigo del ingreso de la discontinuidad en el campo de la física. Según
el descubrimiento de Planck, la energía tiene una estructura discreta, discontinua. El “quántum”
de Planck, que dio su nombre a la mecánica cuántica, iba a revolucionar toda la física y a cambiar, de manera profunda, nuestra visión de mundo.
¿Cómo comprender la verdadera discontinuidad, es decir, cómo imaginar que no haya nada
entre dos puntos: ni objetos, ni átomos, ni moléculas, ni partículas, absolutamente nada? Allí
donde nuestra imaginación acostumbra experimentar un inmenso vértigo, el lenguaje matemático, fundado en otro tipo de imaginario, no experimenta dificultad alguna. Galileo tenía razón –el
lenguaje matemático es de una naturaleza diferente a la del lenguaje humano de todos los días.
Cuestionar la continuidad corresponde a cuestionar la causalidad local y abrir, así, una temible caja de Pandora. Los fundadores de la mecánica cuántica, Planck, Bohr, Einstein, Pauli,
Heisenberg, Dirac, Schrödinger, Born, de Broglie y otros, que también tenían una sólida cultura filosófica, estaban totalmente conscientes del alcance cultural y social de sus propios descubrimientos; de hecho, eso los hacía avanzar con gran prudencia, a costa de las encarnizadas
polémicas. Pero, como científicos, debieron inclinarse, cualesquiera que fueran sus convicciones religiosas o filosóficas, ante las evidencias experimentales y la autoconsistencia teórica.

20

Manifiesto

Así comenzó un extraordinario Mahabharata moderno, que iba a atravesar el siglo XX hasta
nuestros días.
Para aclarar la metodología de la transdisciplinariedad, el autor está obligado a tener en cuenta, durante dos o tres capítulos, los resultados un poco abstractos de la física cuántica; el lector,
por su parte, está invitado a considerar algunas teorías antes de abordar lo importante del tema.
El formalismo de la mecánica cuántica y, luego, el de la física cuántica (que logra su desarrollo después de la Segunda Guerra Mundial con la construcción de los grandes aceleradores de partículas) intentaron proteger la causalidad local, tal como la conocemos a escala macrofísica.
Aunque es claro que, desde los inicios de la mecánica cuántica, un nuevo tipo de causalidad debía
estar presente a escala cuántica: la escala de lo infinitamente pequeño y de lo infinitamente breve.
Una cantidad física tiene, según la mecánica cuántica, varios valores posibles, afectados por probabilidades muy determinadas. Pero, en realidad, en una medida experimental, se obtiene un
solo resultado para la cantidad física en cuestión. Esta brusca abolición de la pluralidad de los valores posibles de una “observable” física, por medio del acto de medida, tenía una naturaleza oscura, pero indicaba claramente la existencia de un nuevo tipo de causalidad.
Siete décadas después del nacimiento de la mecánica cuántica, se aclaró la naturaleza de
este nuevo tipo de causalidad gracias a un resultado teórico riguroso –el teorema de Bell- y a
experiencias de una gran precisión. Un nuevo concepto aparecía, entonces, en la física: la noseparabilidad. En nuestro mundo cotidiano, macrofísico, si dos objetos interactúan en un
momento dado y luego se alejan, éstos interactúan, por supuesto, cada vez menos. Pensemos
en dos amantes obligados a separarse, el uno en una galaxia y el otro en otra. Lo normal es que
su amor se marchite y termine por desaparecer.
En el mundo cuántico, las cosas suceden de otra manera. Las entidades cuánticas continúan
interactuando en cualquier distancia. Esto parece contrario a nuestras leyes macrofísicas. La interacción presupone un lazo, una señal y dicha señal tiene, según la teoría de la relatividad de
Einstein, una velocidad limitada: la velocidad de la luz. ¿Las interacciones cuánticas atraviesan
este muro de la luz? Sí, si se insiste en mantener, a toda costa, la causalidad local a cambio de
abolir la teoría de la relatividad; no, si se acepta la existencia de un nuevo tipo de causalidad –una
causalidad global que concierne al sistema de todas las entidades físicas, en su conjunto. Después
de todo, este concepto no es tan sorprendente en la vida diaria. Una colectividad -familia, empresa, nación- siempre es más que la simple suma de sus partes. Un misterioso factor de interacción,
no reducible a las propiedades de los diferentes individuos, siempre está presente en las colectividades humanas, pero lo lanzamos al infierno de la subjetividad. Es necesario reconocer que
estamos lejos, muy lejos de la no-separabilidad humana en nuestra pequeña tierra.

21

La Transdisciplinariedad

De todas maneras, la no-separabilidad cuántica no pone en duda la causalidad misma, sino
una de sus formas: la causalidad local. No pone en duda la objetividad científica, sino una de sus
formas: la objetividad clásica fundada sobre la creencia de la ausencia de toda conexión no-local.
La existencia de correlaciones no-locales amplía el campo de la verdad, de la Realidad. La no-separabilidad cuántica nos dice que, en este mundo, por lo menos a cierta escala, existe una coherencia, una unidad, leyes que aseguran la evolución del conjunto de los sistemas naturales.
Otro pilar del pensamiento clásico -el determinismo- también se iba a derrumbar a su turno.
Las entidades cuánticas -los quanta- son muy diferentes de los objetos de la física clásica -los
corpúsculos y las ondas-. Si a cualquier precio queremos religarlos a los objetos clásicos, es necesario concluir que los quanta son tanto corpúsculos como ondas o, más precisamente, que no son
ni partículas ni ondas. Si hay una onda, se trata más bien de una onda de probabilidad que nos
permite calcular la probabilidad de realización de un estado final a partir de cierto estado inicial.
Los quanta se caracterizan por cierta extensión de sus atributos físicos, como sus posiciones y sus velocidades. Las célebres relaciones de Heisenberg muestran, sin ninguna ambigüedad, que es imposible localizar un quántum en un punto preciso del espacio o en un punto preciso del tiempo. Dicho de otra manera, es imposible asignar una trayectoria bien determinada
a una partícula cuántica. El indeterminismo que reina a escala cuántica es un indeterminismo
constitutivo, fundamental, irreductible que no significa, de ningún modo, azar o imprecisión.
El aleatorio cuántico no es azar.
La palabra “azar” viene del árabe az-zahr, que quiere decir “juego de dados”. Desde luego, es
imposible localizar una partícula cuántica o decir cuál es el átomo que se desintegra en un
momento preciso. Pero esto no significa, de ninguna manera, que el acontecimiento cuántico sea
fortuito, debido a un juego de dados (¿jugado por quién?): simplemente, las preguntas formuladas
no tienen sentido en el mundo cuántico. No tienen sentido porque presuponen que debe haber
una trayectoria localizable, la continuidad, la causalidad local. En el fondo, tanto el concepto de
“azar” como el de “necesidad” son conceptos clásicos. La aleatoria cuántica es, a la vez, azar y necesidad o, mejor, ni azar ni necesidad. El aleatorio cuántico es un aleatorio constructivo que tiene un
sentido -el de la construcción de nuestro propio mundo macrofísico-. Una materia más delgada
penetra una materia más gruesa. Las dos coexisten, cooperan en una unidad que va de la partícula cuántica al cosmos.
El indeterminismo no quiere decir, en absoluto, “imprecisión”, si la noción de “precisión” no
está implícitamente ligada, de manera tal vez inconsciente, a las nociones de trayectorias locali-

22

Manifiesto

zabes, continuidad y causalidad local. Hasta el presente, las predicciones de la mecánica cuántica
siempre han sido verificadas con gran precisión por numerosas experiencias. Pero esta precisión
comprende los atributos propios a las entidades cuánticas, y no los de los objetos clásicos. De
hecho, hasta en el mundo clásico, la noción de precisión acaba de ser fuertemente cuestionada por
la teoría del “caos”. Una pequeña imprecisión de las condiciones iniciales conduce a trayectorias
clásicas extremamente divergentes a través del tiempo. El caos se instala en el seno mismo del
determinismo. ¿Los planificadores de toda clase, los constructores de sistemas ideológicos, económicos, entre otros, aún pueden encontrarse en un mundo que es a la vez indeterminista y caótico?
El mayor impacto cultural de la revolución cuántica es, en realidad, el cuestionamiento del
dogma filosófico contemporáneo de la existencia de un solo nivel de Realidad.
Demos a la palabra “realidad” su sentido pragmático y ontológico.
Entiendo por Realidad, en primer lugar, lo que resiste a nuestras experiencias, representaciones, descripciones, imágenes o formalizaciones matemáticas. La física cuántica nos ha permitido descubrir que la abstracción no es sólo un intermediario entre nosotros y la Naturaleza,
una herramienta para describir la realidad, sino una de las partes constitutivas de la Naturaleza.
En la física cuántica, el formalismo matemático es inseparable de la experiencia. Resiste, a su
manera, tanto por su preocupación de autoconsistencia interna como por su necesidad de integrar los datos experimentales sin destruir dicha autoconsistencia. Por otra parte, en la realidad
llamada “virtual” o en las imágenes de síntesis, las ecuaciones matemáticas resisten: la misma
ecuación matemática hace surgir infinitas imágenes. Las imágenes germinan en las ecuaciones
o en las series de números. Así, la abstracción hace parte integral de la Realidad.
Es necesario dar una dimensión ontológica a la noción de Realidad, en la medida en que la
Naturaleza participa del ser del mundo. La naturaleza es una inmensa e inagotable fuente de misterio que justifica la existencia misma de la ciencia. La Realidad no sólo es una construcción social, el
consenso de una colectividad, un acuerdo intersubjetivo, también tiene una dimensión trans-subjetiva, en la medida en que un simple hecho experimental puede arruinar la más bella teoría científica. Lástima que, en el mundo de los seres humanos, una teoría sociológica, económica o política
siga existiendo a pesar de los múltiples hechos que la contradicen.
Hay que entender por nivel de Realidad un conjunto de sistemas invariantes a la acción de un
número de leyes generales: por ejemplo, las entidades cuánticas sometidas a las leyes cuánticas
están en ruptura radical con las leyes del mundo macrofísico. Esto quiere decir que dos niveles de
Realidad son diferentes si al pasar de uno a otro, hay una ruptura de las leyes y ruptura de los conceptos fundamentales (por ejemplo, la causalidad). Nadie ha logrado encontrar un formalismo

23

La Transdisciplinariedad

matemático que permita el paso riguroso de un mundo al otro. Los deslizamientos semánticos,
las definiciones tautológicas o las aproximaciones no pueden remplazar un formalismo matemático riguroso. Existen, incluso, fuertes indicaciones matemáticas para que el paso del mundo
cuántico al mundo macrofísico nunca sea posible. Claro que allí no hay nada catastrófico. La discontinuidad que se ha manifestado en el mundo cuántico se manifiesta en la estructura de niveles de Realidad, lo cual no impide que coexistan los dos mundos. La prueba: nuestra propia existencia. Nuestros cuerpos tienen una estructura macrofísica y una estructura cuántica.
Los niveles de Realidad son radicalmente diferentes de los niveles de organización, tal
como están definidos en los enfoques sistémicos. Los niveles de organización no presuponen
una ruptura de los conceptos fundamentales: varios niveles de organización pertenecen a un
único y mismo nivel de Realidad. Los niveles de organización corresponden a estructuras diferentes de las mismas leyes fundamentales. Por ejemplo, la economía marxista y la física clásica pertenecen a un único y mismo nivel de Realidad.
El surgimiento de, al menos, dos niveles de Realidad diferentes en el estudio de los sistemas
naturales es un acontecimiento capital en la historia del conocimiento. Puede llevarnos a repensar nuestra vida individual y social, a dar una nueva lectura a los conocimientos antiguos, a
explorar de otra manera el conocimiento de nosotros mismos aquí y ahora.
La existencia de los niveles de Realidad diferentes ha sido afirmada por diversas tradiciones y civilizaciones, pero esta afirmación estaba fundada sobre dogmas religiosos o sobre la
exploración del universo interior.
En nuestro siglo, Husserl y otros investigadores, en un esfuerzo por interrogarse sobre los
fundamentos de la ciencia, descubrieron la existencia de los diferentes niveles de percepción
de la Realidad por el sujeto-observador. Pero fueron marginados por los filósofos académicos e
incomprendidos por los físicos, encerrados en su propia especialidad. De hecho, ellos fueron
los pioneros de la exploración de una realidad multidimensional y multireferencial donde el ser
humano puede encontrar su lugar y su verticalidad.

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Manifiesto

UN PALO SIEMPRE TIENE DOS EXTREMOS

El desarrollo de la física cuántica y la coexistencia entre el mundo cuántico y el mundo macrofísico han conducido, en el plano de la teoría y de la experiencia científica, al surgimiento de pares
de contradictorios mutuamente excluyentes (A y no-A): onda y corpúsculo, continuidad y discontinuidad, separabilidad y no-separabilidad, causalidad local y causalidad global, simetría y rompimiento de simetría, reversibilidad e irreversibilidad del tiempo, etc.
Por ejemplo, las ecuaciones de la física cuántica se someten a un grupo de simetrías, pero sus soluciones rompen dichas simetrías. Así, se supone que un grupo de simetría describe la unificación de
todas las interacciones físicas conocidas, pero dicha simetría se debe romper para poder describir la
diferencia entre las interacciones fuerte, débil, electromagnética y gravitacional.
El problema de la flecha del tiempo siempre ha fascinado las mentes. Nuestro nivel macrofísico se caracteriza por la irreversibilidad (la flecha) del tiempo. Vamos del nacimiento a la muerte, de la juventud a la vejez. Lo contrario es imposible. La flecha del tiempo se asocia a la entropía, al incremento del desorden. En cambio, el nivel microfísico se caracteriza por la invariancia
temporal (reversibilidad del tiempo). Todo sucede como si, en la mayoría de los casos, una película que pasa en sentido contrario, produjera exactamente las mismas imágenes que durante su
proyección en sentido directo. En el mundo microfísico, existen algunos procesos que violan esta
invariancia temporal. Las excepciones están íntimamente ligadas al nacimiento del universo, más
precisamente, al predomino de la materia sobre la antimateria. El universo está hecho de materia y no de antimateria, gracias a esta pequeña violación de la invariancia temporal.
Para introducir también una flecha del tiempo al nivel microfísico, se han emprendido esfuerzos importantes, pero, por el momento, estos esfuerzos no han sido exitosos. La mecánica cuántica no se ha podido reemplazar por una teoría más predictiva. Debemos acostumbrarnos a la coexistencia paradójica de la reversibilidad y de la irreversibilidad del tiempo, uno de los aspectos de
la existencia de diferentes niveles de Realidad. El tiempo está en el centro de nuestra vida terrenal.
Cabe anotar que el tiempo de los físicos es ya una aproximación burda del tiempo de los
filósofos. Ningún filósofo ha podido definir verdaderamente el momento presente. San Agustín

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La Transdisciplinariedad

decía: “En cuanto al tiempo presente, si siempre estuviera presente, y que no transcurriera, ya
no sería un tiempo, sería la eternidad. Si el tiempo sólo es tiempo porque transcurre, ¿cómo se
puede decir que es, cuando sólo es porque está sobre el punto de ya no ser?. Entonces, no es
cierto decir que es un tiempo sólo porque tiende a no-ser”. El tiempo presente de los filósofos
es un tiempo vivo; contiene en sí mismo el pasado y el futuro, en tanto que no es ni pasado ni
futuro. El pensamiento es impotente para aprehender toda la riqueza del tiempo presente.
Los físicos anulan la diferencia esencial entre el presente por un lado, y el pasado y el futuro, por el otro, reemplazando el tiempo con una banal línea del tiempo donde los puntos representan sucesiva e indefinidamente los momentos pasados, presentes y futuros. El tiempo se
vuelve, así, un simple parámetro (al igual que una posición en el espacio), que puede ser perfectamente comprendido por el pensamiento y perfectamente descrito en el plano matemático. En el nivel macrofísico, esta línea del tiempo está provista de una flecha que indica el transcurso del pasado hacia el futuro. La línea del tiempo, provista de una flecha es, a la vez, una
representación matemática simple y una representación antropomórfica. El gran asombro es
constatar que incluso una representación matemática rigurosa del tiempo, en relación con la
información que nos proporcionan nuestros órganos de los sentidos, se pone en duda por el
surgimiento del nivel cuántico, en tanto que nivel de Realidad diferente al nivel macrofísico.
¿Acaso el tiempo de los físicos, a pesar de todo, guarda una memoria del tiempo vivo de los
filósofos, gracias a la intervención siempre inesperada de la Naturaleza? Al fin y al cabo, esta
coexistencia paradójica no es tan sorprendente cuando nos referimos a nuestra experiencia de
vida. Todos sentimos que nuestro tiempo de vida no es la vida de nuestro tiempo. La vida, nuestra vida, es algo diferente a un objeto observable en el espacio y en el tiempo. Pero el asombro
consiste en constatar que una huella de este tiempo vivo se encuentra en la Naturaleza. ¿La
Naturaleza sería, acaso, no un libro muerto, que está a nuestra disposición para ser descifrado,
sino un libro vivo, que se está escribiendo?
El escándalo intelectual provocado por la mecánica cuántica consiste en el hecho de que los
pares contradictorios que ha demostrado son, en efecto, mutuamente contradictorios cuando
se analizan a través de los parámetros de lectura de la lógica clásica. Dicha lógica se fundamenta en tres axiomas:
El axioma de identidad: A es A
El axioma de no-contradicción: A no es no-A
El axioma del tercero excluido: no existe un tercer término T (T de “tercero excluido”)
que es a la vez A y no-A.
En la hipótesis de la existencia de un único nivel de Realidad, el segundo y el tercer axioma
son sin duda equivalentes. El dogma de un único nivel de Realidad, arbitrario como todo dogma,

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Manifiesto

está tan establecido en nuestras conciencias que, incluso, los lógicos de profesión olvidan decir
que estos dos axiomas son distintos, independientes el uno del otro.
Sin embargo, si se acepta esta lógica que, finalmente, ha reinado durante dos milenios y que
sigue dominando el pensamiento de hoy, sobretodo en el campo político, social y económico, se
llega de inmediato a la conclusión de que los pares de contradictorios evidenciados por la física
cuántica son mutuamente exclusivos, ya que no se puede afirmar la validez de una cosa y al
mismo tiempo su contrario: A y no-A. La perplejidad engendrada por esta situación es muy comprensible; ¿se podría afirmar, si se es sano de espíritu, que la noche es el día, lo negro es lo blanco, el hombre es la mujer, la vida es la muerte?
El problema puede parecer del orden de la pura abstracción, que interesa a algunos lógicos,
físicos o filósofos. ¿En qué medida la lógica abstracta sería importante para nuestra vida diaria?
La lógica es la ciencia que tiene como objeto de estudio las normas de la verdad (o de la “validez”, por si la palabra “verdad” es muy fuerte en nuestro tiempo). Sin norma, no hay orden. Sin
norma, no hay lectura del mundo y, entonces, no hay aprendizaje, ni supervivencia, ni vida. Es
claro que, de manera a menudo inconsciente, cierta lógica e incluso cierta visión del mundo se
esconden detrás de cada acción, cualquiera que sea -la acción de un individuo, de una colectividad, de una nación, de un estado. Cierta lógica determina, en particular, la regulación social.
Desde la constitución definitiva de la mecánica cuántica, hacia los años treinta, los fundadores de la nueva ciencia se cuestionaron con agudeza sobre el problema de una nueva lógica,
llamada “cuántica”. Desde los trabajos de Birkhoff y Von Neumann, no tardó en manifestarse
toda una florescencia de lógicas cuánticas. La ambición de estas nuevas lógicas era resolver las
paradojas engendradas por la mecánica cuántica y tratar, en la medida de lo posible, de lograr
una potencia predictiva más fuerte que con la lógica clásica.
Por una feliz coincidencia, esta florescencia de lógicas cuánticas fue contemporánea de las
nuevas lógicas formales, rigurosas sobre el plano matemático, que trataban de ampliar el
campo de validez de la lógica clásica. Este fenómeno era relativamente nuevo porque, durante
dos milenios, el ser humano creyó que la lógica era única, inmutable, dada de una vez por
todas, inherente a su propio cerebro.
Sin embargo, existe una relación directa entre la lógica y el entorno -entorno físico, químico, biológico, síquico, macro o micro-sociológico-. El entorno tanto como el saber y la comprensión cambian con el tiempo. Entonces, la lógica no puede tener más que un fundamento empírico. La noción de historia de la lógica es muy reciente –aparece sólo a mediados del siglo XIX.

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La Transdisciplinariedad

Poco tiempo después aparece otra noción importante: la de la Historia del Universo. Antes, el
universo, como la lógica, era considerado como eterno e inmutable.
La mayoría de las lógicas cuánticas han modificado el segundo axioma de la lógica clásica
-el axioma de no-contradicción- al introducir la no-contradicción en varios valores de verdad en
lugar del de par binario (A, no-A). Estas lógicas multivalentes, cuyo estatus es aún controversial
en cuanto a su poder predictivo, no han tenido en cuenta otra posibilidad: la modificación del
tercer axioma -el axioma del tercero excluido.
El mérito histórico de Lupasco fue haber mostrado que la lógica del tercero incluido es una verdadera lógica, formalizable y formalizada, multivalente (de tres valores: A, no-A y T) y no-contractoria. Lupasco, como Husserl, era de la casta de los pioneros; su filosofía, que toma como punto
de partida la física cuántica, ha sido marginalizada por los físicos y los filósofos. En cambio, tuvo
curiosamente un poderoso impacto, aunque oculto, entre los sicólogos, los sociólogos, los artistas
o los historiadores de las religiones. Lupasco había tenido razón demasiado temprano. La ausencia de la noción de “niveles de Realidad” en su filosofía oscurecía, tal vez, el contenido. Muchos
creyeron que la lógica de Lupasco violaba el principio de no-contradicción -de allí, el nombre un
poco desafortunado de “lógica de la contradicción”- y que conllevaba el riesgo de deslizamientos
semánticos sin fin. Además, el miedo visceral de introducir la noción de “tercero incluido”, con
sus resonancias mágicas, sólo logró aumentar la desconfianza con respecto a esta lógica.
La comprensión del axioma del tercero incluido -existe un tercer término T que es a la vez A
y –no A- se aclara por completo cuando se introduce la noción de “niveles de Realidad”.
Para obtener una imagen clara del sentido del tercero incluido, representemos los tres términos de la nueva lógica -A, no-A y T- y sus dinamismos asociados por un triángulo del que uno de
sus vértices se sitúa a un nivel de Realidad y los otros dos vértices en otro nivel de Realidad. Si uno
se queda en un solo nivel de Realidad, cualquier manifestación aparece como una lucha entre dos
elementos contradictorios (ejemplo: onda A y corpúsculo no-A). El tercer dinamismo, el del estado
T, se ejerce en otro nivel de Realidad, donde lo que aparece como desunido (onda o corpúsculo) en
realidad está unido (quanton), y lo que aparece contradictorio se percibe como no-contradictorio.
La proyección de T sobre un único y mismo nivel de Realidad produce la apariencia de los
pares antagónicos, mutuamente excluyentes (A y no-A). Un único y mismo nivel de Realidad sólo
puede engendrar oposiciones antagónicas. Por su propia naturaleza, es auto-destructor si se separa del todo de los demás niveles de Realidad. Un tercer término, digamos T’, que está situado
sobre el mismo nivel de Realidad que los opuestos A y no-A, no puede conciliarse. La “síntesis”
entre A y no-A es más bien una explosión de inmensa energía, como la producida por el encuen-

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Manifiesto

tro entre la materia y la antimateria. Entre las manos de marxistas-leninistas, la síntesis hegeliana aparecía como el resultado radiante de una sucesión sobre el plano histórico: sociedad primitiva (tesis) - sociedad capitalista (antítesis) - sociedad comunista (síntesis). Desgraciadamente el
resultado se metamorfoseó en su contrario. La caída inesperada del imperio soviético estaba inscrita inexorablemente en la propia lógica del sistema. Una lógica nunca es inocente, puede incluso provocar millones de muertes.
Cualquier diferencia entre una tríada del tercero incluido y una tríada hegeliana se aclara
teniendo en cuenta el papel del tiempo. En una tríada del tercero incluido los tres términos coexisten en el mismo momento del tiempo. En cambio, los tres términos de la tríada hegeliana
se suceden en el tiempo. Por esta razón, la tríada hegeliana es incapaz de conciliar los opuestos, mientras que la tríada del tercero incluido es capaz de hacerlo. En la lógica del tercero
incluido, los opuestos son más bien contradictorios: la tensión entre los contradictorios construye una unidad más grande que los incluye.
Así, se perciben los grandes peligros de malentendidos engendrados por la confusión bastante común entre el axioma de tercero incluido y el axioma de no-contradicción. La lógica del tercero incluido es no-contradictoria, en el sentido de que el axioma de no-contradicción se respeta
en absoluto, con tal de que se amplíen las nociones de “verdad” y de “falsedad” de manera que
las reglas de implicación lógica conciernan no dos términos (A y no-A) sino tres (A, no-A y T), y
coexistan en el mismo momento del tiempo. Es una lógica formal, al mismo nivel que cualquier
otra lógica formal: sus reglas se traducen por un formalismo matemático relativamente simple.
Es evidente la razón por la cual la lógica del tercero incluido no es tan solo una metáfora
para un ornamento arbitrario de la lógica clásica, que permite algunas incursiones aventureras
y pasajeras en el campo de la complejidad. La lógica del tercero incluido es una lógica de la
complejidad que puede llegar a ser su lógica privilegiada en la medida en que permite atravesar, de una manera coherente, los diferentes campos del conocimiento.
La lógica del tercero incluido no anula la lógica del tercero excluido: sólo restringe su campo de
validez. Sin duda, la lógica del tercero excluido se valida con situaciones relativamente simples, como
la circulación de carros en una autopista: nadie pensaría introducir, en una autopista, un tercer sentido con relación al sentido permitido y al sentido prohibido. En cambio, la lógica del tercero excluido
es nociva en los casos complejos como los campos social o político, en los cuales actúa como una verdadera lógica de exclusión: el bien o el mal, la derecha o la izquierda, las mujeres o los hombres, los
ricos o los pobres, los blancos o los negros. Sería muy revelador emprender un análisis sobre la xenofobia, el racismo, el antisemitismo o el nacionalismo a la luz de la lógica del tercero excluido. También
sería muy instructivo pasar los discursos de los políticos por el tamiz de la misma lógica.

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La Transdisciplinariedad

La sabiduría popular expresa algo muy profundo cuando dice que un palo siempre tiene dos
extremos. Imaginemos, como en la escena de Le bout du bout de Raymond Devos (que ha entendido mejor que muchos eruditos el sentido del tercero incluido), que un hombre quiera, a toda
costa, separar los dos extremos de un palo: corta su palo y se da cuenta que no tiene dos extremos sino dos palos; sigue cortando cada vez de manera más ansiosa su palo, pero a medida
que los palos se multiplican sin cesar, ¡es imposible separar los dos extremos!
¿Estaríamos, en nuestra civilización actual, en la situación del hombre que quería absolutamente separar los dos extremos del palo? A la barbarie de la exclusión del tercero responde la
inteligencia de la inclusión. Porque un palo siempre tiene dos extremos.

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Manifiesto

EL SURGIMIENTO DE LA PLURALIDAD COMPLEJA

Al mismo tiempo que el surgimiento de los diferentes niveles de Realidad y de las nuevas
lógicas (entre las cuales se cuenta la lógica del tercero incluido) en el estudio de los sistemas
naturales, un tercer factor se agrega para dar el golpe de gracia a la visión clásica del mundo:
la complejidad.
En el transcurso del siglo XX, la complejidad se instala por doquier: espantosa, horrorosa,
obscena, fascinante, invasora, como un desafío para nuestra propia existencia y para el sentido de nuestra existencia. El sentido parece fagocitado por la complejidad en todos los campos
del conocimiento.
La complejidad se nutre de la explosión de la investigación disciplinaria y, a su vez, la complejidad determina la aceleración de la multiplicación de las disciplinas.
La lógica binaria clásica confiere sus letras de nobleza a una disciplina científica o no-científica. Gracias a sus normas de verdad, una disciplina puede pretender agotar por completo el
campo que le es propio. Si esta disciplina se considera como fundamental, como la piedra de
toque de todas las demás disciplinas, el campo se amplía de manera implícita hacia todo el
conocimiento humano. En la visión clásica del mundo, la articulación de las disciplinas se consideraba como piramidal, la base de la pirámide representada por la física. La complejidad aniquila literalmente esta pirámide, provocando un verdadero big bang disciplinario.
El universo parcelario disciplinario está en plena expansión en nuestros días. De manera
inevitable, el campo de cada disciplina se vuelve cada vez más agudo, lo cual vuelve la comunicación entre las disciplinas cada vez más difícil y hasta imposible. Una realidad multi-esquizofrénica compleja parece reemplazar la realidad unidimensional simple del pensamiento clásico. El sujeto es aniquilado, a su vez, para ser reemplazado por un número cada vez más grande de piezas separadas, estudiadas por las diferentes disciplinas. Es el costo que el sujeto debe
pagar por un conocimiento de cierto tipo, que él mismo instaura.

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La Transdisciplinariedad

Las causas del big bang disciplinario son múltiples y podrían ser objeto de varios tratados
eruditos, pero la causa fundamental puede ser fácilmente revelada: el big bang disciplinario responde a las necesidades de una tecnociencia sin frenos, sin valores, sin otra finalidad que la eficacia por la eficacia.
Este big bang disciplinario tiene enormes consecuencias positivas porque conduce a la profundización sin precedentes de los conocimientos del universo exterior y contribuye, así, volens
nolens a la instauración de una nueva visión del mundo. Pues, un palo siempre tiene dos extremos. Cuando el balancín va muy lejos en un sentido, su regreso es inexorable.
De manera paradójica, la complejidad se ha instalado en el centro mismo de la fortaleza de
la simplicidad: la física fundamental. En las obras de divulgación, se dice que la física contemporánea es una física donde reina una maravillosa simplicidad estética de unión de todas las
interacciones físicas por medio de algunos “ladrillos” fundamentales -quarks, leptones o mensajeros-. Cada descubrimiento de un nuevo ladrillo, predicho por esta teoría, se saluda con la
atribución de un Premio Nobel y se presenta como un triunfo de la simplicidad que reina en el
mundo cuántico. Pero para un físico que practica desde el interior esta ciencia, la situación se
presenta como infinitamente más compleja.
Los fundadores de la física cuántica esperaban que algunas partículas pudieran describir, en
tanto que ladrillos fundamentales, toda la complejidad física. Pero este sueño se derriba hacia
1960, cuando se descubrieron centenas de partículas gracias a los aceleradores de partículas. Se
propuso entonces una nueva simplificación al presentar el principio del bootstrap en las interacciones fuertes: existe cierta “democracia” nuclear, todas las partículas son tan fundamentales las
unas como las otras y una partícula es lo que es porque todas las otras partículas existen a la vez.
Esta visión de auto-consistencia de las partículas y de sus leyes de interacción, fascinante sobre el
plano filosófico, se iba a derrumbar por la complejidad inaudita de las ecuaciones que traducían
esta autoconsistencia y la imposibilidad práctica de encontrar sus soluciones. La presentación de
subconstituyentes de los hadrones (partículas de interacciones fuertes) -los quarks- iba a reemplazar la proposición del boostrap y a introducir así una nueva simplificación en el mundo cuántico.
Esta simplificación condujo a una simplificación aún más grande, que domina la física de las partículas de hoy: la búsqueda de grandes teorías de unificación y de superunificación de las interacciones físicas. Pero, allí también, la complejidad no tardó en mostrar toda su potencia.
Por ejemplo, según la teoría de supercuerdas en la física de las partículas, las interacciones
físicas aparecen como muy simples, unificadas y se someten a algunos principios generales si
se describen en un espacio-tiempo multidimensional y en una energía fabulosa, que corresponde a la masa llamada de Planck. La complejidad surge en el momento del paso a nuestro

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Manifiesto

mundo caracterizado fatalmente por cuatro dimensiones y por energías accesibles mucho más
pequeñas. Las teorías unificadas son muy poderosas en el nivel de los principios generales, pero
son bastante pobres en la descripción de la complejidad de nuestro propio nivel. Algunos resultados matemáticos rigurosos indican incluso que este paso de una única y misma interacción
unificada a las cuatro interacciones físicas conocidas es extremadamente difícil o imposible.
Así, se quedan sin respuesta una cantidad de preguntas matemáticas y experimentales de
extraordinaria complejidad. En la física contemporánea, la complejidad matemática y la complejidad experimental son inseparables.
Es interesante anotar, de paso, que la teoría de supercuerdas surgió gracias a la teoría de
cuerdas que, a su vez, hizo su aparición gracias al enfoque del bootstrap. En la teoría de cuerdas, los hadrones se representan con cuerdas vibrantes que llevan en sus extremos quarks y
antiquarks. Por ejemplo, un mesón se representa con una cuerda que tiene, como un palo, dos
extremos: un quark y un antiquark. Es imposible separar los dos extremos de una cuerda: cuando se corta una cuerda, se obtiene no un quark y un antiquark sino varias cuerdas que siempre tienen dos extremos. Si alguien se obsesiona con la separación de los dos extremos de una
cuerda, se enfrenta a una imposibilidad teórica que lleva el nombre erudito de “confinamiento”: los quarks y los antiquarks quedan atrapados para siempre al interior de los hadrones. Se
necesitaría una energía infinita para alejar y separar completamente un quark y un antiquark.
Esta propiedad paradójica y, sin embargo, simple oculta una infinita complejidad en la interacción entre las partículas cuánticas. Los físicos aún no han encontrado una demostración matemática rigurosa sobre el confinamiento de los quarks.
La complejidad se muestra por todas partes, en todas las ciencias exactas o humanas, duras
o blandas. En biología y en neurociencias, por ejemplo, que tienen actualmente un rápido desarrollo, se conoce, cada día, más complejidad y así seguimos de asombro en asombro.
El desarrollo de la complejidad es particularmente impactante en las artes. Por una coincidencia interesante, el arte abstracto aparece al mismo tiempo que la mecánica cuántica. Luego,
un desarrollo cada vez más caótico parece presidir unas investigaciones cada vez más formales. Con algunas excepciones notables, el sentido se desvanece en beneficio de la forma. El rostro humano, tan bello en el arte del Renacimiento, se descompone cada vez más hasta su desaparición total en el absurdo y la fealdad. Un arte nuevo -el arte electrónico- surge para reemplazar de manera gradual la obra estética por el acto estético. En el arte, como en cualquier otra
parte, un palo siempre tiene dos extremos.
La complejidad social señala, hasta el paroxismo, la complejidad que invade todos los campos del conocimiento. El ideal de la simplicidad de una sociedad justa, fundada sobre una ideo-

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La Transdisciplinariedad

logía científica y la creación del “hombre nuevo” se derrumbó bajo el peso de una complejidad
multidimensional. Lo que queda, fundado sobre la lógica de la eficacia por la eficacia, no es
capaz de proponernos otra cosa sino el “fin de la Historia”. Todo sucede como si ya no hubiera futuro. Y si ya no hay futuro, la sana lógica nos dice que ya no hay presente. El conflicto entre
la vida individual y la vida social se agudiza a un ritmo acelerado y, ¿cómo podríamos soñar
con una armonía social fundada en el aniquilamiento del ser interior?
Edgar Morin tiene razón cuando señala sin cesar que el conocimiento de lo complejo condiciona una política de civilización.
Para que el conocimiento de lo complejo sea reconocido en tanto que conocimiento, es necesario pasar por una pregunta: ¿Si la complejidad de la que hablamos es una complejidad sin
orden, su conocimiento no tendría sentido, o acaso oculta un nuevo orden y una simplicidad de
una nueva naturaleza que sería justamente el objeto del nuevo conocimiento? Es necesario,
entonces, escoger entre una vía de perdición y una vía de esperanza.
¿La complejidad está creada por nuestra cabeza o se encuentra en la naturaleza misma de las
cosas y de los seres? El estudio de los sistemas naturales nos da una respuesta parcial a esta pregunta: ambas. La complejidad en la ciencia es ante todo la complejidad de las ecuaciones y de los
modelos. Entonces, es el producto de nuestra cabeza, que es compleja por su propia naturaleza.
Pero esta complejidad es la imagen en el espejo de la complejidad de los datos experimentales, que
se acumulan sin cesar. También está en la naturaleza de las cosas.
Por otra parte, la física y la cosmología cuánticas nos muestran que la complejidad del
Universo no es la complejidad de un basurero sin ningún orden. Una coherencia asombrosa
reina en la relación entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande. Un único término está ausente en esta coherencia: el deseo de lo finito -el nuestro-. El sujeto se queda extrañamente mudo ante la comprensión de la complejidad. Y con toda razón, porque se ha proclamado muerto. Entre los dos extremos del palo -simplicidad y complejidad- falta el tercer incluido: el sujeto mismo.

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Manifiesto

UNA NUEVA VISIÓN DEL MUNDO: LA TRANSDISCIPLINARIEDAD

El proceso de decadencia de las civilizaciones es de gran complejidad y hunde sus raíces en
la más absoluta oscuridad. Claro que, después de todo, se pueden encontrar múltiples explicaciones y racionalizaciones, sin lograr disipar el sentimiento de un irracional que actúa en el centro mismo de dicho proceso. Desde las grandes masas hasta los grandes decisores, los actores
de una civilización bien determinada y más o menos consciente del proceso de decadencia
parecen impotentes ante la caída de su civilización. Sin embargo, hay algo cierto: una gran diferencia entre la mentalidad de los actores y las necesidades internas de desarrollo de una sociedad acompaña siempre la caída de una civilización. Todo sucede como si los conocimientos y
los saberes que una civilización acumula no pudieran integrarse al ser interior de quienes componen esta civilización. Después de todo, el ser humano se encuentra o debería encontrarse en
el centro de toda civilización digna de tal nombre.
El crecimiento sin precedente de los saberes, en nuestra época, legitima la cuestión de adaptación de las mentalidades a estos saberes. El asunto es de talla mayor, puesto que la extensión
continua de la civilización de tipo occidental a escala planetaria haría que su caída fuera el equivalente a un incendio planetario ni siquiera comparable con las dos guerras mundiales.
Para el pensamiento clásico sólo hay dos soluciones para salir de una situación de decadencia: la revolución social o el retorno a una supuesta “edad de oro”.
La revolución social ya se ha experimentado durante el siglo que termina, y sus resultados fueron catastróficos. El hombre nuevo no era más que un hombre vacío y triste. Cualquiera que fueran los acondicionamientos cosméticos que el concepto de “revolución social” sufriera en el futuro, no podrían borrar de nuestra memoria colectiva lo que, en efecto, ha sido experimentado.
El retorno a la edad de oro aún no se ha dado, por la simple razón de que la edad de oro
no se ha encontrado. Incluso suponiendo que esta edad de oro ha existido en tiempos inmemorables, dicho retorno debería necesariamente acompañarse de una revolución interior dogmática, imagen en el espejo de la revolución social. Los diferentes integrismos religiosos que

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La Transdisciplinariedad

cubren la superficie de la tierra de su manto negro son un mal presagio de la violencia y de la
sangre que podrían brotar de esta caricaturesca “revolución interior”.
Desde luego, siempre hay una tercera solución, y ésta es el objeto del presente manifiesto. La
armonía entre las mentalidades y los saberes presupone que estos saberes sean inteligibles y
comprensibles. Pero, ¿puede aún existir una comprensión en la era del big bang disciplinario y
de la especialización a ultranza?
Un Pic de la Mirandola en nuestra época sería inconcebible. Dos especialistas de la misma
disciplina tienen dificultades, hoy en día, para comprender sus propios resultados recíprocos.
Esto no tiene nada de monstruoso en la medida en que es la inteligencia colectiva de la comunidad, atada a esta disciplina, la que la hace progresar, y no un solo cerebro el que debería
conocer todos los resultados de todos estos colegas-cerebros, lo cual es, además, imposible, porque hoy existen cientos de disciplinas. ¿Cómo podrían dialogar, por ejemplo, un físico teórico
de las partículas con un neurofisiólogo, un matemático con un poeta, un biólogo con un economista, un político con un especialista en informática, más allá de generalidades más o menos
banales? Pero, un verdadero decisor debería poder dialogar con todos a la vez. El lenguaje disciplinario es una barrera aparentemente infranqueable para un neófito. Y todos somos los neófitos de los demás. ¿La Torre de Babel sería inevitable?
Sin embargo, un Pic de la Mirandola en nuestra época es concebible en la forma de un supercomputador en el cual se podrían inyectar todos los conocimientos de todas las disciplinas. Este
supercomputador podría saberlo todo, pero no comprender nada. Su usuario no estaría en mejor
situación que el supercomputador mismo; de inmediato tendría acceso a cualquier resultado de
cualquier disciplina, pero sería incapaz de comprender sus significados y menos aún de hacer vínculos entre los resultados de las diferentes disciplinas.
Este proceso de babelización no puede continuar sin arriesgar la propia existencia, puesto
que significa que un decisor, a pesar de sí mismo, se vuelve cada vez más incompetente. Los
desafíos mayores de nuestra época, como por ejemplo los de orden ético, reclaman cada vez
más competencias. En realidad, la suma de los mejores especialistas en sus campos no puede
engendrar más que una incompetencia generalizada, puesto que la suma de las competencias
no es la competencia: en el plano técnico, la intersección entre los diferentes campos del saber
es un conjunto vacio. Ahora bien, ¿qué es un decisor, individual o colectivo, sino aquél que es
capaz de tener en cuenta todos los datos del problema que examina?
La necesidad indispensable de vínculos entre las diferentes disciplinas se traduce por medio del
surgimiento, hacia mediados del siglo XX, de la pluridisciplinariedad y de la interdisciplinariedad.

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Manifiesto

La pluridisciplinariedad comprende el estudio de un objeto de una sola y única disciplina por
varias disciplinas a la vez. Por ejemplo, un cuadro de Giotto puede estudiarse a través de la mirada de la historia del arte cruzada con la de la física, la química, la historia de las religiones, la
historia de Europa y la geometría. O bien, la filosofía marxista puede estudiarse a través de una
mirada cruzada de la filosofía con la física, la economía, el sicoanálisis o la literatura. El objeto
sale enriquecido con el cruce de varias disciplinas. El conocimiento del objeto en su propia disciplina se profundiza por medio de un aporte pluridisciplinario fecundo. La investigación pluridisciplinaria aporte un plus a la disciplina en cuestión (la historia del arte o la filosofía, en nuestros ejemplos); pero este “plus” está al servicio exclusivo de esta misma disciplina. Dicho de
otra manera, el proceso pluridisciplinario desborda las disciplinas pero su finalidad sigue inscrita en el marco de la investigación disciplinaria.
La interdisciplinariedad tiene una pretensión diferente a la de la pluridisciplinariedad, pues
se refiere a la transferencia de los métodos de una disciplina a otra. Se pueden distinguir tres grados de interdisciplinariedad: a) un grado de aplicación; por ejemplo, los métodos de la física
nuclear transferidos a la medicina conducen a la aparición de nuevos tratamientos del cáncer;
b) un grado epistemológico; por ejemplo, la transferencia de los métodos de la lógica formal en
el campo del derecho genera análisis interesantes en la epistemología del derecho; c) un grado
de generación de nuevas disciplinas; por ejemplo, la transferencia de los métodos de la matemática al campo de la física ha generado la física matemática, de la física de las partículas a la
astrofísica ha generado la cosmología cuántica, de la matemática a los fenómenos meteorológicos o los de la bolsa ha generado la teoría del caos, de la informática al arte, el arte informático. Al igual que la pluridisciplinariedad, la interdisciplinariedad desborda las disciplinas, pero
su finalidad también sigue inscrita en la investigación disciplinaria. Por medio de su tercer grado,
la interdisciplinariedad contribuye incluso al big bang disciplinario.
La transdisciplinariedad comprende, como el prefijo “trans” lo indica, lo que está, a la vez, entre
las disciplinas, a través de las diferentes disciplinas y más allá de toda disciplina. Su finalidad es la
comprensión del mundo presente, y uno de sus imperativos es la unidad del conocimiento.
¿Existe algo entre y a través de las disciplinas y más allá de toda disciplina? Desde el punto
de vista del pensamiento clásico, no existe nada, absolutamente nada. El espacio en cuestión
está vacío, completamente vacío, como el vacío de la física clásica. Aunque renuncie a la visión
piramidal del conocimiento, el pensamiento clásico considera que cada fragmento de la pirámide, generado por el big bang disciplinario, es una pirámide entera: cada disciplina clama porque
el campo de su pertinencia sea inagotable. Para el pensamiento clásico, la transdisciplinariedad
es un absurdo porque no tiene objeto. En cambio, para la transdisciplinariedad, el pensamiento
clásico no es absurdo, pero su campo de aplicación se reconoce como restringido.

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La Transdisciplinariedad

Ante la presencia de varios niveles de Realidad, el espacio entre las disciplinas y más allá
de las disciplinas está lleno, tan lleno como lo está el vacío cuántico de todas las potencialidades: de la partícula cuántica a las galaxias, del quark a los elementos pesados que condicionan
la aparición de la vida en el Universo.
La estructura discontinua de los niveles de Realidad determina la estructura discontinua del espacio transdisciplinario que, a su vez, explica por qué la investigación transdisciplinaria es radicalmente diferente de la investigación disciplinaria, siendo a su vez complementarias. La investigación disciplinaria concierne, a lo sumo, a un solo y mismo nivel de Realidad; de hecho, en la mayoría de los
casos, sólo comprende fragmentos de un único y mismo nivel de Realidad. En cambio, la tansdisciplinariedad se interesa por la dinámica generada por la acción de varios niveles de Realidad a la vez.
El descubrimiento de esta dinámica tiene que pasar por el conocimiento disciplinar. La transdisciplinariedad, sin ser una nueva disciplina o una nueva hiperdisciplina, se nutre de la investigación disciplinaria que, a su vez, se explica de una manera nueva y fecunda por medio del conocimiento
transdisciplinar. En este sentido, los investigadores disciplinarios y transdisciplinarios no son antagónicos sino complementarios.
Los tres pilares de la transdisciplinariedad: los niveles de Realidad, la lógica del tercero incluido y la complejidad determinan la metodología de la investigación transdisciplinaria.
Existe un paralelo sorprendente entre los tres pilares de la transdisciplinariedad y los tres
postulados de la ciencia moderna.
Los tres postulados metodológicos de la ciencia moderna permanecieron estables desde
Galileo hasta nuestros días, a pesar de la infinita diversidad de los métodos, teorías y modelos
que han atravesado la historia de las diferentes disciplinas científicas. Pero una sola ciencia satisface entera e integralmente los tres postulados: La física. Las otras disciplinas científicas sólo
satisfacen, de manera parcial, los tres postulados metodológicos de la ciencia moderna. Sin
embargo, la ausencia de una formalización matemática rigurosa de la sicología, de la historia de
las religiones y de otras múltiples disciplinas no conduce a la eliminación de estas disciplinas del
campo de la ciencia; incluso las ciencias de punta, como la biología molecular, no pueden pretender, por lo menos por el momento, una formalización matemática tan rigurosa como la de la
física. En otras palabras, hay grados de disciplinariedad en función de que se asuman, de manera más o menos completa, los tres postulados metodológicos de la ciencia moderna.
Si se tienen, más o menos, en cuenta los tres pilares metodológicos de la investigación transdisciplinaria se generan diferentes grados de transdisciplinariedad. La investigación transdisciplinaria que corresponde a cierto grado de transdisciplinariedad se acercará más bien a la multidiscipli-

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Manifiesto

nariedad (como en el caso de la ética): la de otro grado –a la interdisciplinariedad (como en el caso
de la epistemología); y la de otro grado más – a la disciplinariedad.
La disciplinariedad, la pluridisciplinariedad, la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad
son las cuatro flechas de un único y mismo arco: el del conocimiento.
Como en el caso de la disciplinariedad, la investigación transdisciplinaria no es antagónica
sino complementaria a la investigación pluri e interdisciplinaria. Sin embargo, la transdisciplinariedad es radicalmente distinta a la pluridisciplinariedad y a la interdisciplinariedad, en virtud de su finalidad -la comprensión del mundo actual- que es imposible inscribir en la investigación disciplinaria. La finalidad de la pluri y de la interdisciplinariedad siempre es la investigación disciplinaria. Si la transdisciplinariedad se confunde a menudo con la interdisciplinariedad y la pluridisciplinariedad (así como la interdisciplinariedad se confunde con frecuencia con
la pluridisciplinariedad) eso se explica, en mayor parte, por el hecho de que las tres desbordan
las disciplinas. Esta confusión es muy nociva en la medida en que oculta la finalidad diferente
de estos tres nuevos enfoques.
Aunque se reconociera el carácter radicalmente distinto de la transdiscipinariedad con relación a la disciplinariedad, la pluridisciplinariedad y la intedisciplinariedad, sería extremamente
peligroso absolutizar esta distinción, en cuyo caso la transdisciplinariedad estaría vacía de todo
su contenido y su eficacidad en la acción reducida a la nada.
El carácter complementario de los enfoques disciplinario, pluridisciplinario, interdisciplinario
y transdisciplinario se evidencia de una manera sorprendente, por ejemplo, en el acompañamiento a los moribundos. Este proceso relativamente nuevo de nuestra civilización es de extrema
importancia, porque, al reconocer el rol de la muerte en nuestra vida, descubrimos dimensiones
insospechadas de la vida misma. El acompañamiento a los moribundos no puede ahorrarse una
investigación transdisciplinaria en la medida en que la comprensión del mundo actual pasa por
la comprensión del sentido de la vida y de la muerte en este mundo que es el nuestro.

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La Transdisciplinariedad

TRANSDISCIPLINARIEDAD Y UNIDAD: ABIERTA DEL MUNDO

La visión transdisciplinar nos propone considerar una Realidad multidimensional, estructurada
en múltiples niveles, que remplaza la Realidad unidimensional de un solo nivel en el pensamiento
clásico. Esta constatación por sí misma no basta para justificar una nueva visión del mundo.
Primero, debemos responder, de la manera más rigurosa posible, a múltiples preguntas. ¿Cuál es la
naturaleza de la teoría que puede describir el paso de un nivel de Realidad a otro? ¿Existe una coherencia, o una unidad de conjunto de los niveles de Realidad? ¿Cuál es el papel del sujeto-observador
en la existencia de una eventual unidad de todos los niveles de Realidad? ¿Existe un nivel de Realidad
privilegiado con relación a todos los demás niveles? ¿Si existe la unidad de conocimiento, ésta es de
naturaleza objetiva o subjetiva? ¿Cuál es el papel de la razón en la existencia de una eventual unidad
del conocimiento? ¿Cuál es el poder predictivo del nuevo modelo de Realidad en el campo de la reflexión y de la acción? ¿Será que, a fin de cuenta, es posible la comprensión del mundo actual?
La Realidad comprende, según nuestro modelo, cierto número de niveles. Las consideraciones que se dan a continuación no dependen de que ese número sea finito o infinito. Para una
mayor claridad terminológica de la exposición, vamos a suponer que ese número es infinito.
Los Dos niveles adyacentes están unidos por medio de la lógica del tercero incluido, en el
sentido de que el estado T presente, en cierto nivel, está ligado a un par de contradictorios (A,
no-A) del nivel del vecino inmediato. El estado T opera la unificación de los contradictorios A y
no-A, pero esta unificación se opera a un nivel diferente de aquél donde están situados A y noA. El axioma de no-contradicción se respeta en este proceso. ¿Significa este hecho, sin embargo, que vamos a obtener así una teoría completa, que podrá dar cuenta de todos los resultados
conocidos y futuros? La respuesta a esta pregunta sólo tiene un interés teórico; después de todo,
cualquier ideología o fanatismo que pretenda cambiar la cara del mundo, se fundamenta en la
creencia de la completud de su enfoque. Las ideologías o los fanatismos en cuestión están seguros de poseer la verdad, toda la verdad.
En realidad, hay una coherencia entre los diferentes niveles de Realidad, por lo menos, en
el mundo natural. De hecho, una vasta autoconsistencia parece regir la evolución del universo,

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Manifiesto

desde lo infinitamente pequeño hasta lo infinitamente grande y desde lo infinitamente breve
hasta lo infinitamente extenso. Por ejemplo, una muy pequeña variación de la constante de
acoplamiento de las interacciones fuertes entre las partículas cuánticas conduciría nuestro universo, en el nivel de lo infinitamente grande, a la conversión de todo el hidrógeno en helio o a
la inexistencia de los átomos complejos como el carbono. O bien, una pequeña variación de la
constante de acoplamiento gravitacional conduciría a la existencia de planetas efímeros, o a la
imposibilidad de su formación. Además, según las teorías cosmológicas actuales, el Universo
parece ser capaz de autocrearse sin ninguna intervención externa. Un flujo de información se
transmite de una manera coherente de un nivel de Realidad a otro nivel de Realidad de nuestro universo físico.
La lógica del tercero incluido es capaz de describir la coherencia entre los niveles de
Realidad por medio del proceso interactivo que incluye las siguientes etapas: 1. Un par de contradictorios (A, no-A), situado a cierto nivel de realidad, se unifica con un estado T situado a un
nivel de Realidad inmediatamente vecino; 2. Este estado T está ligado, a su vez, a un par de
contradictorios (A’, no-A’), situado a su propio nivel; 3. El par de contradictorios (A’, no-A’) está,
a su vez, unificado con un estado T’ situado a un nivel diferente de Realidad, inmediatamente
vecino de aquél donde se encuentra el ternario (A’, no-A’, T). El proceso reiterativo continúa sin
límites hasta el agotamiento de todos los niveles de Realidad, conocidos o concebibles.
En otras palabras, la acción de la lógica del tercero incluido sobre los diferentes niveles de
Realidad induce una estructura abierta, godeliana, del conjunto de los niveles de Realidad. Esta
estructura tiene un alcance considerable sobre la teoría del conocimiento, ya que implica la
imposibilidad de una teoría completa, encerrada en sí misma.
En efecto, el estado T realiza, de acuerdo con el axioma de no-contradicción, la unificación
del par de los contradictorios (A, no-A) pero, está asociado, al mismo tiempo, a otro par de contradictorios (A’, no-A’). Esto significa que, a partir de cierto número de pares mutuamente excluyentes, se puede construir una teoría nueva que elimine las contradicciones en cierto nivel de
Realidad, pero que es sólo temporal, pues conduce inevitablemente, bajo la presión conjunta
de la teoría y de la experiencia, al descubrimiento de nuevos pares de contradictorios, situados
al nuevo nivel de Realidad. De la misma manera, esta teoría será reemplazada por teorías aún
más unificadas, a medida que nuevos niveles de Realidad se descubran. El proceso continúa
hasta el infinito, sin lograr nunca desembocar en una teoría completamente unificada; y el axioma de no-contradicción sale cada vez más reforzado de dicho proceso. En este sentido, podemos hablar de una evolución del conocimiento, sin lograr jamás desembocar en una no-contradicción absoluta, implicando todos los niveles de Realidad: el conocimiento está siempre abierto. En el mundo de los niveles de Realidad per se, lo que está arriba es como lo que está abajo,

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La Transdisciplinariedad

pero lo que está abajo no es como lo que está arriba. La materia más delgada penetra la materia más gruesa, como la materia cuántica penetra la materia macrofísica, pero la afirmación
recíproca no es cierta. Los grados de materialidad inducen una flecha de orientación de la transmisión de la información de un nivel a otro. Así, “lo que está abajo no es como lo que está arriba”; las palabras “arriba” y “abajo” no tienen aquí más significado (espacial o moral) que el
topológico, asociado a la flecha de la transmisión de la información. Esta flecha está asociada,
a su vez, al descubrimiento de las leyes cada vez más generales, que unifican y abarcan.
La estructura abierta del conjunto de los niveles de Realidad está en relación con uno de los
resultados científicos más importantes del siglo XX: el teorema de Gödel, sobre la aritmética.
Este teorema nos dice que un sistema de axiomas suficientemente rico conduce, de manera
inevitable, a resultados indecibles o contradictorios.
El alcance del teorema de Gödel tiene una importancia considerable para toda teoría moderna del conocimiento. En primer lugar, sólo comprende el campo de la aritmética, pero también
cualquier matemática que incluya aritmética. Ahora bien, la matemática que es un instrumento básico de la física teórica contiene, claramente, la aritmética. Esto significa que cualquier
investigación de una teoría física completa es ilusoria. Si esta afirmación es verdadera para los
campos más rigurosos del estudio de los sistemas naturales, ¿cómo podríamos soñar con una
teoría completa en un campo infinitamente más complejo: el de las ciencias humanas?
En realidad, la investigación de un axiomático que conduce a una teoría completa (sin resultados indecibles o contradictorios) marca tanto el apogeo como el punto de partida del declive
del pensamiento clásico. El sueño axiomático se desplomó por el veredicto del santo de los santos del pensamiento clásico: el rigor matemático.
El teorema, que Gödel demostró en 1931, tuvo un eco muy débil, y sólo en un círculo muy
restringido de especialistas. La dificultad y la extrema sutilidad de su demostración explican por
qué este teorema se tomó cierto tiempo para ser comprendido entre la comunidad de los matemáticos. Hoy en día, apenas comienza a penetrar el mundo de los físicos (Wolfgang Pauli, uno
de los fundadores de la mecánica cuántica, fue uno de los primeros físicos que comprendió la
extrema importancia del teorema de Gödel para la construcción de las teorías físicas). ¿Habría
sido necesario reprochar a Stalin por no haber conocido el teorema de Gödel y no haber podido evitar la caída -póstuma- de su imperio?
La estructura godeliana del conjunto de los niveles de Realidad, asociada a la lógica del tercero incluido, implica la imposibilidad de construir una teoría completa para describir el paso
de una nivel a otro y a fortiori para describir el conjunto de los niveles de Realidad.

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Manifiesto

Si existe la unidad que une todos los niveles de Realidad, ésta tiene que ser una unidad
abierta.
Desde luego, hay coherencia entre el conjunto de los niveles de Realidad, pero es una coherencia orientada: una flecha está asociada a cualquier transmisión de la información de un nivel
al otro. En consecuencia, la coherencia, si está limitada a los únicos niveles de Realidad, se
detiene tanto en el nivel más “alto” como en el nivel más “bajo”. Para que la coherencia continúe más allá de estos dos niveles límites, para que haya una unidad abierta, el conjunto de los
niveles de Realidad se tendría que prolongar, por medio de una zona de no-resistencia, hasta
nuestras experiencias, representaciones, descripciones, imágenes o formalizaciones matemáticas. La zona de no-resistencia corresponde, en nuestro modelo de Realidad, al “velo” de lo que
Bernard de Espagnat llama “lo real velado”. El nivel más “alto” y el nivel más “bajo” del conjunto de los niveles de Realidad se unen a través de una zona de transparencia absoluta. Pero
dado que estos dos niveles son diferentes, la transparencia absoluta aparece como un velo,
desde el punto de vista de nuestras experiencias, representaciones, descripciones, imágenes o
formalizaciones matemáticas. En efecto, la unidad abierta del mundo implica que lo que está
“abajo” es como lo que está “arriba”. El isomorfismo entre lo de “arriba” y lo de “abajo” se restablece por medio de la zona de no-resistencia.
La no-resistencia de esta zona de transparencia absoluta se debe, simplemente, a las limitaciones de nuestro cuerpo y de nuestros órganos de los sentidos, cualquiera sean los instrumentos de medida que prolonguen estos órganos de los sentidos. La afirmación de un conocimiento humano infinito (que excluye toda zona de no-resistencia), al afirmar la limitación de
nuestro cuerpo y de nuestros órganos de los sentidos nos parece una mala broma lingüística.
La zona de no-resistencia corresponde a lo sagrado, es decir, a lo que no se somete a ninguna
racionalización. La proclamación de la existencia de un solo nivel de Realidad elimina lo sagrado a costa de la autodestrucción de este mismo nivel.
El conjunto de los niveles de Realidad y su zona complementaria de no-resistencia constituye el Objeto transdisciplinario.
En la visión transdisciplinaria, la pluralidad compleja y la unidad abierta son dos facetas de
una única y misma Realidad.
Un nuevo Principio de Relatividad emerge de la coexistencia entre la pluralidad compleja y
la unidad abierta: ningún nivel de Realidad constituye un lazo privilegiado de donde se puedan comprender todos los otros niveles de Realidad. Un nivel de Realidad es lo que es porque todos los
demás niveles existen a la vez. Este Principio de Relatividad es fundador de una nueva mirada

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La Transdisciplinariedad

sobre la religión, la política, el arte, la educación, la vida social. Y cuando nuestra mirada sobre
el mundo cambia, el mundo cambia. En la visión transdisciplinaria, la Realidad no es sólo multidimensional sino también multireferencial.
Los diferentes niveles de Realidad son accesibles al conocimiento humano gracias a la existencia de diferentes niveles de percepción, que se encuentran en correspondencia biunívoca con
los niveles de Realidad. Estos niveles de percepción permiten una visión cada vez más general,
unificadora y que abarca la Realidad, sin lograr nunca agotarla por completo.
La coherencia de niveles de percepción presupone, como en el caso de los niveles de
Realidad, una zona de no-resistencia a la percepción.
El conjunto de los niveles de percepción y su zona complementaria de no-resistencia constituyen el Sujeto transdisciplinario.
Las dos zonas de no-resistencia del Objeto y del Sujeto transdisciplinarios deben ser idénticas
para que el Sujeto transdisciplinario pueda comunicarse con el Objeto transdisciplinario. A los flujos de información que atraviesan, de una manera coherente, los diferentes niveles de Realidad corresponde un flujo de conciencia que atraviesa, de una manera coherente, los diferentes niveles de percepción. Los dos flujos se encuentran en una relación de isomorfismo gracias a la existencia de una
única y misma zona de no-resistencia. El conocimiento no es exterior ni interior: es, a la vez, exterior e interior. El estudio del Universo y el estudio del ser humano se sostienen entre sí. La zona
de no-resistencia juega el papel del tercer secretamente incluido que permite la unificación, en su
diferencia, del Sujeto transdisciplinario y del Objeto transdisciplinario.
El papel del tercer explícitamente o secretamente incluido en el nuevo modelo transdisciplinario de Realidad no es, después de todo, tan sorprendente. Las palabras tres y trans tienen
la misma raíz etimológica: el “tres” significa “la transgresión del dos, lo que va más allá del dos”.
La transdisciplinariedad es la transgresión de la dualidad que opone los pares binarios: sujetoobjeto, subjetividad-objetividad, materia-consciencia, natural-divino, simplicidad-complejidad,
reduccionismo-holismo, diversidad-unidad. Esta dualidad es transgredida por la unidad abierta
que abarca el Universo y el ser humano.
El modelo transdisciplinario de Realidad tiene en particular consecuencias importantes en el
estudio de la complejidad. Sin su polo contradictorio de la simplicidad, la complejidad aparece
como la distancia cada vez más creciente entre el ser humano y la Realidad, introduciendo una
alienación autodestructiva del ser humano, inmerso en el absurdo de su destino. A la complejidad infinita del Objeto transdisciplinario responde la simplicidad infinita del Sujeto transdiscipli-

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Manifiesto

nario, así como la complejidad aterradora de un único nivel de Realidad puede significar la simplicidad armoniosa de otro nivel de Realidad.
La unidad abierta entre el Objeto transdisciplinario y el Sujeto transdisciplinario se traduce
por la orientación coherente del flujo de información que atraviesa los niveles de Realidad y del
flujo de conciencia que atraviesa los niveles de percepción. Esta orientación coherente otorga
un nuevo sentido a la verticalidad del ser humano en el mundo. En el lugar de la verticalidad de
la estación sostenida sobre esta tierra gracias a la ley de gravitación universal, la visión transdisciplinaria propone la verticalidad consciente y cósmica de la travesía de diferentes niveles
de Realidad. Es esta verticalidad la que constituye, en la visión transdisciplinaria, el fundamento de todo proyecto social viable.

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La Transdisciplinariedad

MUERTE Y RESURRECCIÓN DE LA NATURALEZA

La modernidad es particularmente mortífera. Ha inventado toda clase de “muertes” y de
“fines”: la muerte de Dios, la muerte del hombre, el fin de las ideologías, el fin de la Historia.
Pero hay una muerte de la que se habla menos, por vergüenza o por ignorancia: la muerte de
la Naturaleza. En mi opinión, esta muerte de la Naturaleza es la fuente de todos los demás conceptos mortíferos que se acaban de evocar. En todo caso, la palabra Naturaleza terminó por
desaparecer del vocabulario científico, aunque el hombre de la calle y hasta el hombre de ciencia (en sus publicaciones) utilizan aún esta palabra, pero con una acepción confusa, sentimental, como de reminiscencia mágica. ¿Cómo pudimos llegar allí?
Desde la noche de los tiempos, el hombre ha modificado su visión sobre la Naturaleza. Los
historiadores de las ciencias están de acuerdo en decir que, a pesar de las apariencias, no hay
una única ni misma Naturaleza a través del tiempo. ¿Qué puede haber de común entre la
Naturaleza del hombre llamado “primitivo”, la Naturaleza de los griegos, la Naturaleza de la
época de Galileo, del Marqués de Sade, de Laplace o de Novalis? Nada, aparte del hombre
mismo. La visión de la Naturaleza, en una época dada, depende del imaginario predominante
de la misma época que, a su vez, depende de múltiples parámetros: el grado de desarrollo de las
ciencias y de las técnicas, la organización social, el arte, la religión, etc. Una vez formada, la imagen de la Naturaleza actúa sobre todos los campos del conocimiento. El paso de una visión a otra
no es progresivo o continuo, sino que se opera por medio de bruscas rupturas, radicales, discontinuas. Pueden coexistir incluso numerosas visiones contradictorias. La extraordinaria diversidad
de las visiones de la Naturaleza explica por qué no se puede hablar de la Naturaleza, sino solamente de cierta naturaleza, de acuerdo con el imaginario de la época considerada.
Es importante señalar que la relación privilegiada, y hasta exclusiva, entre Naturaleza y
ciencia no es más que un prejuicio reciente, fundado en la ideología cientificista del siglo XIX.
La realidad histórica es mucho más compleja. La imagen de la Naturaleza siempre ha tenido
una acción multiforme: ha influenciado no sólo la ciencia sino también el arte, la religión, la
vida social. Este hecho podría explicar algunas extrañas sincronías; doy sólo un ejemplo: la aparición simultánea, a finales de este siglo, de la teoría del fin de la historia y de las teorías de

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Manifiesto

unificación en la física de las partículas. Las teorías de unificación en física pretenden elaborar
un enfoque completo, fundamentado en una interacción única que podría predecirlo todo (de
allí el nombre de “Teoría del Todo”). Es claro que si tal teoría apareciera en el futuro, eso significaría el fin de la física fundamental, porque ya no habría nada que buscar. Cabe resaltar que
las ideas del fin de la Historia y del fin de la física pudieron surgir de manera simultánea de
nuestro imaginario “fin de siglo”. ¿Acaso una simple coincidencia?
A pesar de la abundante y fascinante diversidad de imágenes de la Naturaleza, se pueden
distinguir tres grandes etapas: La Naturaleza mágica, la Naturaleza-máquina y la muerte de la
Naturaleza.
Para el pensamiento mágico, la Naturaleza es un organismo vivo, dotado de inteligencia y
de conciencia. El postulado fundamental del pensamiento mágico es el de la interdependencia
universal: la Naturaleza no se puede concebir por fuera de sus relaciones con el hombre; todo
es signo, huella, firma, símbolo. En la acepción moderna de esta palabra, la ciencia es inútil.
En el otro polo, el pensamiento mecanicista del siglo XVIII y sobretodo del siglo XIX -que
aún predomina- concibe la Naturaleza no como un organismo sino como una máquina que
basta con ser desmontada pieza por pieza para poseerse por completo. El postulado fundamental del pensamiento mecanicista enuncia que la Naturaleza puede conocerse y conquistarse por
medio de la metodología científica, definida de una manera tanto independiente del hombre
como separada de él. La visión triunfalista de “conquista de la Naturaleza” tiene sus raíces en
la temible eficacia tecnológica de dicho postulado.
Algunos científicos, artistas o filósofos han sentido todo el daño mortífero del pensamiento
mecanicista. Así apareció la corriente antagónica de la Naturfilosofía alemana, que se da en
torno a la revista Athenaeum. Se podrían citar algunos nombres importantes como Schelling,
Schlegel, Novalis, Ritter, sin olvidar a Goethe. La obra de Jakob Boehme inspiró la Naturfilosofía.
Vista desde nuestra época, la Naturfilosofía puede manifestarse como una deformación grotesca y una manipulación ordinaria de la ciencia; como una vía sin salida en el intento irrisorio del
retorno al pensamiento mágico y a una Naturaleza viva. Pero ¿cómo ocultar el hecho de que
esta Filosofía de la Naturaleza haya generado al menos dos descubrimientos científicos mayores: la teoría celular y en especial el electromagnetismo (Oersted, 1820)? Creo que la gran culpa
de la Naturfilosofía fue la de haber surgido demasiado temprano, hace dos siglos, pues le faltaba la triple mutación cuántica, tecnológica e informática.
El desenlace lógico de la visión mecanicista es la muerte de la Naturaleza, la desaparición
del concepto de Naturaleza del campo científico. La Naturaleza-máquina, con o sin un Dios relo-

47

La Transdisciplinariedad

jero, se descompone en un conjunto de piezas separadas, desde el inicio de la visión mecanicista; y desde entonces, ya no es necesario un Todo coherente, ni un organismo vivo, ni siquiera una máquina con indicios finalistas. La naturaleza está muerta. Queda la complejidad. Una
complejidad inaudita que invade todos los campos del conocimiento, de lo infinitamente
pequeño a lo infinitamente grande. Pero esta complejidad se percibe como accidental, puesto
que el hombre mismo se considera como un accidente de la complejidad. Visión reconfortante que nos conduce a nuestro propio mundo tal como lo vivimos hoy en día.
La muerte de la Naturaleza es incompatible con la interpretación coherente de los resultados
de la ciencia contemporánea, a pesar de la persistencia de la actitud neoreduccionista que otorga
una importancia exclusiva a los ladrillos fundamentales de la materia y a las cuatro interacciones
físicas conocidas. Según la actitud neoreduccionista, cualquier apelación a la Naturaleza es superflua y carente de sentido. Sin embargo, a pesar de la resistencia de algunas actitudes retrógradas,
ha llegado el momento de la resurrección de la Naturaleza. En realidad, la Naturaleza sólo muere
a causa de cierta visión del mundo: la visión clásica.
La objetividad estricta del pensamiento clásico ya no es válida en el mundo cuántico. Una
separación total entre el observador y una Realidad que se supone completamente independiente a dicho observador genera paradojas insuperables. Una noción más sutil de objetividad
caracteriza el mundo cuántico. La “objetividad” depende del nivel de Realidad considerado.
El vacío vacío de la física clásica se reemplaza por el vacío lleno de la física cuántica. La más
pequeña región del espacio se rige por una extraordinaria actividad, signo de un perpetuo
movimiento. Las fluctuaciones cuánticas del vacío determinan la aparición espontánea de pares
de partículas -antipartículas virtuales que se anulan, de manera recíproca, en intervalos de
tiempo demasiado cortos-. Todo sucede como si los quántum de materia se crearan a partir de
la nada. Un metafísico podría decir que el vacío cuántico es una manifestación de una de las
caras de Dios: Dios, la Nada. De todas formas, en el vacío cuántico, todo es vibración, fluctuación entre el ser y el no-ser. El vacío cuántico está lleno, lleno de todas las potencialidades
desde la partícula hasta el universo. Si proporcionamos energía al vacío cuántico, podemos ayudarlo a materializar sus potencialidades. Es exactamente lo que hacemos al construir los aceleradores de partículas. Y es precisamente cuando se alcanzan ciertos umbrales energéticos, que
partículas no virtuales sino reales materializan de súbito; provienen, literalmente, de la nada.
Estas partículas tienen un carácter artificial en el verdadero sentido de la palabra. Nuestro
mundo, el mundo macrofísico, parece estar construido de manera extremadamente económica: el protón, el neutrón y el electrón son suficientes para construir la casi totalidad de nuestro
universo visible. Pero el hombre, al sacarlas de la nada, ha logrado crear cientos de otras partículas: hadrones, leptones, bosones electro-débiles.

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Manifiesto

El mismo espacio-tiempo ya no es un concepto inmutable. Nuestro espacio-tiempo continuo de cuatro dimensiones no es el único espacio-tiempo concebible. En ciertas teorías físicas,
aparece más como una aproximación o como una “sección” de un espacio-tiempo mucho más
rico en tanto que generador de fenómenos posibles. Las dimensiones suplementarias no son el
resultado de una simple especulación intelectual. Por una parte, estas dimensiones son necesarias para asegurar la autoconsistencia de la teoría y la eliminación de ciertos aspectos indeseables; por otra, no tienen un carácter puramente formal; tienen consecuencias a nuestra propia
escala. Por ejemplo, según ciertas teorías cosmológicas, si el Universo estuviera asociado, desde
el “principio” del big bang, a un espacio-tiempo multidimensional, las dimensiones suplementarias permanecerían, por siempre, escondidas e inobservables; pero sus vestigios serían precisamente las interacciones físicas conocidas. Si se generaliza el ejemplo dado por la física de las
partículas, es concebible que ciertos niveles de Realidad correspondan a un espacio-tiempo
diferente del que caracteriza nuestro propio nivel. Así, la misma complejidad va a depender de
la naturaleza del espacio-tiempo.
Según las concepciones científicas actuales, la materia está lejos de identificarse con la sustancia. Asistimos, en el mundo cuántico, a una perpetua transformación energía-sustancia-información, pues el concepto de energía surge como el concepto unificador: la información es una energía codificada, mientras que la sustancia es una energía concretizada. En la física contemporánea,
el espacio-tiempo no irrumpe como un receptáculo donde se sumergen los objetos materiales: es
una consecuencia de la presencia de la materia. La materia está asociada a un complejo sustanciaenergía-información-espacio-tiempo. Desde luego, el grado de materialidad cuántica es diferente
del grado de materialidad considerada por la física clásica.
La complejidad cambia de naturaleza. Ya no es una complejidad reducible directamente a
la simplicidad. Los diferentes grados de materialidad corresponden a diferentes grados de complejidad: la complejidad extrema de un nivel de Realidad puede concebirse en tanto que simplicidad con relación a otro nivel de Realidad, pero la exploración de este segundo nivel revela, a su vez, que es de una extrema complejidad con relación a sus propias leyes. Esta estructura en grados de complejidad está íntimamente ligada a la estructura gödeliana de la
Naturaleza y del conocimiento, inducida por la existencia de los diferentes niveles de Realidad.
La misma noción de leyes de la Naturaleza cambia por completo su contenido con relación
a la visión clásica. La situación se resume en las tres tesis formuladas por el físico Walter
Thirring:
1. Las leyes de todo nivel inferior no están completamente determinadas por las leyes del nivel
superior. Se deben examinar de nuevo nociones bien afianzadas en el pensamiento clásico

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La Transdisciplinariedad

como “fundamental” y “accidental”. Lo que se considera como fundamental a cierto nivel puede
aparecer como accidental a un nivel superior, y lo que se considera como accidental o incomprensible a cierto nivel puede aparecer como fundamental a un nivel superior.
2. Las leyes de un nivel inferior dependen más de las circunstancias de su surgimiento que de
las leyes del nivel superior. Las leyes de cierto nivel dependen esencialmente de la configuración
local a la cual se refieren estas leyes. Entonces, se da cierta autonomía local del nivel de
Realidad respectivo; pero algunas ambigüedades internas que comprenden las leyes del nivel
inferior se resuelven por medio de la consideración de las leyes del nivel superior. La autoconsistencia de las leyes reduce la ambigüedad de las leyes.
3. La jerarquía de las leyes ha evolucionado al mismo tiempo que el Universo mismo. En otras
palabras, asistimos al nacimiento de las leyes a medida que el Universo evoluciona. Estas leyes
preexisten al “principio” del Universo en tanto que potencialidades. La evolución del Universo
actualiza estas leyes y su jerarquía.
Un modelo transdisciplinario de la Naturaleza debe integrar todas estas características nuevas del universo físico.
De acuerdo con el modelo transdisciplinario de la Realidad, podemos distinguir tres aspectos mayores de la Naturaleza:
1) La Naturaleza objetiva, ligada a las propiedades naturales del Objeto transdisciplinario. La
Naturaleza objetiva está sometida a una objetividad subjetiva. Esta objetividad es subjetiva en la
medida en que los niveles de Realidad están ligados a los niveles de percepción. Sin embargo,
el énfasis se hace en la objetividad, en la medida en que la metodología es la de la ciencia.
2) La Naturaleza subjetiva, ligada a las propiedades naturales del Sujeto transdisciplinario. Esta
subjetividad es objetiva en la medida en que los niveles de percepción están ligados a los niveles
de Realidad. Sin embargo, el énfasis se hace en la subjetividad, en la medida en que la metodología es la de la ciencia antigua del ser, que atraviesa todas las tradiciones y religiones del mundo.
3) La trans-Naturaleza, ligada a la comunidad de naturaleza entre el Objeto transdisciplinario y el Sujeto transdisciplinario. La trans-Naturaleza concierne al campo de lo sagrado. No
puede abordarse sin la consideración simultánea de los otros dos aspectos de la Naturaleza.
La Naturaleza transdisciplinaria tiene una estructura ternaria (Naturaleza objetiva,
Naturaleza subjetiva, trans-Naturaleza) que define la Naturaleza viva. Esta naturaleza es viva por-

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Manifiesto

que la vida está allí presente en todos sus grados, y su estudio reclama la integración de una
experiencia viva. Los tres aspectos de la Naturaleza deben considerarse, de manera simultánea,
en su inter-relación y su conjunción en todo fenómeno de la Naturaleza viva. El estudio de la
Naturaleza viva reclama una nueva metodología -la transdisciplinaria- que es diferente de la
metodología de la ciencia moderna y de la metodología de la ciencia antigua del ser. La co-evolución del ser humano y del universo reclama una nueva metodología. La riqueza de la
Naturaleza viva da una medida de lo que podría ser el evento de una ecología tansdisciplinaria,
más o menos a largo plazo.
Una tarea prioritaria de la transdisciplinariedad es la elaboración de una nueva Filosofía de
la Naturaleza, mediadora privilegiada del diálogo entre todos los campos del conocimiento.
La definición de la Naturaleza que propongo no significa un retorno al pensamiento mágico ni al pensamiento mecanicista porque ella reposa sobre la doble afirmación: 1) el ser humano puede estudiar la Naturaleza por medio de la ciencia; 2) la Naturaleza no puede concebirse
por fuera de su relación con el ser humano.
En realidad, “Naturaleza viva” es un pleonasmo, porque la palabra “Naturaleza” está íntimamente ligada a la de “nacimiento”. La palabra latina natura tiene como raíz nasci (nacer) y
designa la acción de hacer nacer los órganos femeninos de la procreación. La Naturaleza viva
es la matriz del autonacimiento del hombre.
Galileo tuvo la visión de la Naturaleza como un texto en lenguaje matemático que bastaba
con descifrar y leer. Esta visión, que ha atravesado los siglos, mostró ser de una eficacia temible; pero hoy en día, sabemos que la situación es mucho más compleja. La Naturaleza se manifiesta más bien como un pre-texto: el libro de la Naturaleza no es, entonces, para ser leído sino para
ser escrito.
El ser humano siempre ha tenido el sueño de reflejar su cara en el espejo de la Naturaleza.
El espejo del pensamiento mágico es, como debe ser, un espejo mágico: todo puede ser
visto, percibido y vivido en ese espejo, por lo menos de manera potencial. La unidad se actualiza y la diversidad se potencializa.
El espejo del pensamiento mecanicista es más bien un espejo quebrado, un scapel. Basta
con extraer un pedazo de tejido de este espejo-scapel para pronunciarse sobre toda la
Naturaleza-máquina. El pedazo de tejido se concibe como una copia conforme de lo universal.
El instrumento privilegiado de la lectura de la imagen proporcionada por este espejo tan parti-

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La Transdisciplinariedad

cular es la teoría, cada vez más formalizada sobre el plano matemático. Etimológicamente,
“teoría” quiere decir acción de observar, fruto de contemplación intelectual, acción de ver un
espectáculo, de asistir a una fiesta. Para el pensamiento mecanicista, la fiesta se transforma en
conquista y el espectáculo se transforma en lectura de un libro escrito con anterioridad, el libro
de la Naturaleza. Poco importa quién o por qué lo escribió, lo importante es que sea accesible,
y que se abran, así, las puertas de un poder ilimitado.
El espejo transdisciplinario se encuentra a la vez entre y más allá de todos los campos del
conocimiento. El mundo clásico es el mundo de la figuración mientras que el mundo transdisciplinario es el de la transfiguración. Al retrato de la Naturaleza lo sucede el ícono.
La palabra “espejo” viene del latín mirare que significa “mirar con asombro”. La acción de
“mirar” presupone dos términos: el que mira y lo que es mirado. ¿De dónde proviene el asombro sino de la inclusión del tercero?
En la Conferencia de los pájaros, Attar, el poeta persa del siglo XII, nos describe el largo viaje
de los pájaros en busca de su verdadero rey, el Simorg. Los pájaros atraviesan siete valles, llenos de peligros y de maravillas. El sexto valle es el del “asombro”. Allí, es de día y es de noche,
se ve y no se ve, se existe y no se existe, las cosas están vacías y a la vez llenas. Al cabo de su
agotador viaje, los pájaros encuentran un espejo donde al fin pueden ser vistos y reconocidos.

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Manifiesto

HOMO SUI TRANSCENDENTALIS

La evolución, a través del tiempo, de las herramientas y los instrumentos de medida ha provocado una manifestación espectacular de la correspondencia entre los niveles de percepción
del ser humano y los niveles de Realidad del universo físico.
Desde su aparición sobre la Tierra, el ser humano ha inventado herramientas con el fin de obtener la comida necesaria para la subsistencia de su cuerpo y para protegerse de un entorno hostil.
Estas herramientas representan una verdadera prolongación de los órganos de los sentidos y, en
un principio, se utilizan sólo en la exploración del entorno inmediato al cuerpo.
Luego, el ser humano descubre que puede trans-portar su propio cuerpo y llevarlo lejos, más
allá de una distancia confinada a la medida de su propio cuerpo. En primer lugar, este transporte es horizontal, conforme a la ley de gravitación que encadena el cuerpo a la tierra. Pero el ser
humano sueña con liberarse de la cadena de la gravitación terrestre. ¿Es un simple azar que Icaro
sea hijo de Dédalo, el inventor del laberinto concebido para encerrar el Minotauro? Hace apenas
un siglo, se realizó este sueño: el transporte se vuelve vertical. El vuelo de los aviones y de los
cohetes interplanetarios anticipa otro viaje vertical: a través de diferentes niveles de Realidad.
Hoy en día, el deseo inexorable del ser humano de transgredir su propio cuerpo desemboca en la trans-formación potencial de su memoria genética, heredada de la aventura inmemorable del planeta Tierra por lograr crear este mismo cuerpo.
Pero es la vista la que sufre la mutación más radical con su prolongación tecnocientífica. La
transgresión del campo de la visión se acelera con la aparición del lente astronómico. Galileo orienta su lente hacia el cielo y descubre, en algunos meses, un nuevo mundo que aparece ante los ojos
maravillados del fundador de la ciencia moderna. Los telescopios gigantes actuales no hacen más
que aumentar esta aceleración de la exploración de la escala de lo infinitamente grande.
En la otra dirección, la de lo infinitamente pequeño, un hecho inesperado parece detener
la transgresión del campo de la visión. Los microscopios se enfrentan al muro cuántico y las

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La Transdisciplinariedad

partículas cuánticas, estrictamente hablando, son invisibles, puesto que son no-localizables.
Pero la capacidad inventiva del hombre es inagotable. Inventa los instrumentos de exploración
de este mundo aparentemente prohibido. Los aceleradores de partículas son para el mundo
cuántico lo que los microscopios y los telescopios para el mundo clásico. Las partículas marcan
su presencia por el número de golpes registrados por contadores electrónicos. Sus propiedades
se reconstruyen electrónicamente y, así, las leyes cuánticas se verifican con una precisión cada
vez más grande. El descubrimiento del nuevo mundo cuántico es un evento comparable al descubrimiento del nuevo mundo celeste, en tiempos de Galileo. Otro cielo se abre hacia lo infinitamente pequeño. La transgresión del campo de la visión desemboca en una trans-visión: un
nuevo nivel de Realidad puede explorarse con los medios de la ciencia. La exploración de antes
del mundo cuántico iba de lo visible hacia lo visible, mientras que ahora va de lo visible hacia
lo invisible, es decir, hacia lo que está más allá de lo visible.
La comprensión de este nuevo nivel de Realidad reposa sobre una doble percepción: una
exterior, desde luego gracias a las partículas cuánticas que se mueven en los aceleradores,
actuando como verdaderas “sondas” del mundo cuántico; pero también una interior, o manifestación de lo que se puede llamar el imaginario cuántico.
Nosotros mismos no podemos ir a explorar el mundo cuántico, porque no somos entidades
cuánticas; sin embargo, podemos percibir este mundo cuántico si hacemos el esfuerzo de integrar, en nosotros mismos, la información paradójica que nos proporcionan la teoría y la experiencia científica. Este esfuerzo pasa primero por un silencio interior: hacer callar el pensamiento tradicional, fundado sobre la percepción de la escala macrofísica. El pensamiento tradicional es muy
conversador: siempre nos dice lo que es verdadero y lo que es falso y fabrica imágenes adaptadas a nuestra escala macrofísica. Pero ¿cómo percibir la unidad de las contradicciones si el pensamiento tradicional nos habla de la verdad absoluta y de la falsedad absoluta? ¿Cómo imaginar
la discontinuidad si las imágenes tradicionales nos dicen que sería como tratar de subir una escalera donde los peldaños no están unidos entre sí? ¿Cómo sentir la no-separabilidad si el pensamiento tradicional nos dice que, en este mundo, todo está separado? Hacer callar el pensamiento tradicional significa también la abolición de la cantidad de imágenes macrofísicas que lo acompañan. En este momento de silencio, desconcertante y sentido por el pensamiento tradicional
como desestabilizador, descubrimos que, en nuestro propio funcionamiento, hay un nivel de percepción natural de la unidad de los contradictorios. Así como el mundo cuántico se desvanece en
el mundo macrofísico, este nuevo grado de percepción se desvanece en nuestra percepción tradicional, macrofísica. Por esta razón, los niños de menor edad consideran como normal lo que se
narra en los cuentos de hadas: la percepción del tercero incluido aún no ha tenido tiempo de ser
recubierta por la información que aumenta sin parar y que es proporcionada por la exploración
de la escala macrofísica, es decir, por nuestra vida diaria. Observaciones científicas recientes

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