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mexicobarbaro .pdf



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Autor: Tonalli

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México Bárbaro!
John Kenneth Turner
Presentación de Chantal López y Omar Cortés.
Prefacio de John Kenneth Turner.
Presentación
El ensayo México bárbaro, del periodista norteamericano John Kenneth Turner fue, en su
momento, una auténtica bomba que terminó desnudando, ante el mundo entero, pero
principalmente ante la población norteamericana, al régimen de Porfirio Díaz.
Publicada en un inicio en la revista The American Magazine, por entregas, la serie de
reportajes y comentarios que dan forma a este libro, de inmediato causó un enorme furor
entre sus lectores norteamericanos que tenían otra imagen del régimen porfirista.
Por supuesto que ese impacto no tardó en preocupar seriamente tanto a industriales como a
autoridades norteamericanas directamente relacionadas con el cúmulo de denuncias
realizadas por Turner.
A contraparte, en el México de Porfirio Díaz, los porfiristas y sus simpatizantes, de
inmediato reaccionaron tratando de contrarrestar las verdades manifiestas en los reportajes
de Turner, financiando a pseudoescritores y pseudoreporteros para que escribieran y
describieran un México de fantasía acorde con la hipocresía y la mentira pregonada por el
porfirismo, que buscaba aparentar modernidad y civilismo.
Para que el periodista John Kenneth Turner se decidiera a visitar México y escribir sus
reportajes, fue decisiva la información que le proporcionaron los integrantes de la Junta
Organizadora del Partido Liberal Mexicano, quienes en el momento de las entrevistas que
les hizo, se encontraban presos en una penitenciaria norteamericana.
Fue precisamente esa información brindada por los magonistas, relativa a las condiciones
de esclavitud en que se encontraban decenas de miles de mexicanos, lo que incitará a John
Kenneth Turner para venir a México a investigar la situación personalmente.
La publicación, primero de los reportajes sueltos, y posteriormente de su recopilación bajo
el más que sugerente título de México bárbaro, colocan a John Kenneth Turner como un
elemento claramente inserto en la etapa precursora del amplio proceso conocido bajo el
nombre de Revolución Mexicana.
La lectura de México bárbaro, resulta imprescindible para todo aquel que busque
comprender el movimiento revolucionario que afanosamente trató de transformar

radicalmente a México, ya que cada uno de los capítulos que conforman esta obra,
introduce al lector en las causas que generaron la explosión revolucionaria de principios del
siglo XX.
Prefacio
Desde la primera edición de este libro -hace menos de cuatro meses que fue impreso-, las
dos profecías que contiene se han cumplido: Decía que México está a punto de iniciar una
revolución en favor de la democracia y que los Estados Unidos intervendrán con fuerzas
armadas, si es necesario, para sostener a Díaz o a un sucesor dispuesto, a continuar su
asociación especial con el capital norteamericano.
En el momento de escribir estas líneas hay cerca de treinta mil soldados norteamericanos
que patrullan la frontera mexicana, y barcos de guerra de los Estados Unidos navegan en la
proximidad de puertos mexicanos. Aunque ni un solo soldado llegue a cruzar la línea, ni los
barcos disparen un solo tiro, se trata de una intervención efectiva. El propósito declarado es
el de aplastar la Revolución mediante el cierre de sus fuentes de aprovisionamiento; e
impedir que los patriotas mexicanos residentes en los Estados Unidos vayan a luchar por la
libertad de su país.
La acción de movilizar las tropas fue tomada por el presidente Taft sin tener en cuenta los
deseos del pueblo norteamericano y sin ofrecer a éste las explicaciones debidas. La
incautación por las tropas de los abastecimientos para la Revolución y el arresto de reclutas
revolucionarios son contrarios no solamente a todas las tradiciones de libertad política
sobre las que se supone que está basado este país, sino que son ilegales, criminales y
punibles, con multa y prisión según las leyes de los Estados Unidos. No constituye
violación de ninguna ley estatal o federal el enviar a México alimentos, ni aun armas y
municiones, con la clara intención de venderlos a los revolucionarios. Sin la proclamación
formal de la ley marcial, las autoridades militares no tienen el derecho de transgredir las
leyes civiles, y si lo hacen están sujetas a multa y prisión por detención ilegal.
En la frontera no se ha proclamado la ley marcial; las autoridades militares a diario violan
allí las leyes; pero las autoridades civiles están acobardadas, el pueblo está también
acobardado y parece que las víctimas, mexicanas o norteamericanas, no obtienen
compensación alguna. Por capricho del Ejecutivo se han subvertido la ley y la autoridad
civil y, respecto a la situación mexicana, los Estados Unidos se han convertido en una
dictadura militar tan siniestra e irresponsable como la del propio Díaz.
¿Y para qué se hizo todo esto? Para mantener una esclavitud más cruel que la que existió en
nuestros Estados del Sur; para apoyar a una tiranía política cien veces más injusta que
aquella contra la que lucharon nuestros hombres del 76. Si se permite que de este modo
continúe la política de la administración de Taft, tales propósitos serán alcanzados. Hasta
ahora la Revolución se ha retardado tanto que, aunque al fin gane, tendrán que morir

muchos, hombres buenos y valientes que de otra manera podrían vivir. El objeto de este
libro ha sido informar al pueblo norteamericano acerca de los hechos ocurridos en México
con el fin de que pueda prepararse para impedir la intervención norteamericana contra una
revolución cuya justicia es indiscutible.
Hasta ahora México bárbaro ha fracasado en su propósito. Pero, ¿fracasará al final? ¿Está el
pueblo norteamericano tan esclavizado en espíritu como fisicamente lo están los
mexicanos? En México, la protesta armada es la única protesta posible. En los Estados
Unidos todavía existe cierto grado de libertad de prensa y de palabra. Aunque con
incontables trucos y engaños los gobernantes norteamericanos consigan sustraerse a la
voluntad de la mayoría, ésta todavía puede protestar; y si la protesta es suficientemente
ruidosa y sostenida, aún es capaz de hacer temblar a esos gobernantes. ¡Protesten, pues,
contra el crimen de la intervención! Y si fuera necesario, para que los gobernantes
escuchen, lleven esa protesta hasta la amenaza de una revolución aquí; la causa lo merece.
John Kenneth Turner
Los Angeles, Cal., 8 de abril de 1911.

Tabla de Contenido.

Capítulo I Los esclavos de Yucatán.
Capítulo II El exterminio de los Yaquis.
Capítulo III En la ruta del exilio.
Capítulo IV Los esclavos contratados de Valle Nacional.
Capítulo V En el valle de la muerte.
Capítulo VI Los peones del campo y los pobres de la ciudad.
Capítulo VII El sistema de Díaz.
Capítulo VIII Elementos represivos del régimen de Díaz.
Capítulo IX La destrucción de los partidos de oposición.
Capítulo X La octava elección de Díaz por unanimidad.
Capítulo XI Cuatro huelgas mexicanas.
Capítulo XII Críticas y comprobaciones.
Capítulo XIII El contubernio de Díaz con las prensa norteamericana.
Capítulo XIV Los socios norteamericanos de Díaz.
Capítulo XV La persecución norteamericana de los enemigos de Díaz.
Capítulo XVI La personalidad de Porfirio Díaz.
Capítulo XVII El pueblo mexicano.

Capítulo I
Los esclavos de Yucatán
¿Qué es México? Los norteamericanos comúnmente llaman a México nuestra República
hermana. La mayoría de nosotros la describimos vagamente como una República muy
parecida a la nuestra, habitada por gente un poco diferente en temperamento, un poco más
pobre y un poco menos adelantada, pero que disfruta de la protección de leyes
republicanas: un pueblo libre en el sentido en que nosotros somos libres.
Algunos que hemos visto el país a través de la ventanilla del tren, o que lo hemos
observado un poco en las minas o haciendas, describimos esta tierra al sur del río Bravo
como regida por un paternalismo benevolente, en el que un hombre grande y bueno todo lo
ordena bien para su tonto pero adorado pueblo.
Yo encontré que México no era ninguna de esas cosas. Descubrí que el verdadero México
es un país con una Constitución y leyes escritas tan justas en general y democráticas como
las nuestras; pero donde ni la Constitución ni las leyes se cumplen. México es un país sin
libertad política, sin libertad de palabra, sin prensa libre, sin elecciones libres, sin sistema
judicial, sin partidos políticos, sin ninguna de nuestras queridas garantías individuales, sin
libertad para conseguir la felicidad. Es una tierra donde durante más de una generación no
ha habido lucha electoral para ocupar la Presidencia; donde el Poder Ejecutivo lo gobierna
todo por medio de un ejército permanente; donde los puestos políticos se venden a precio
fijo. Encontré que México es una tierra donde la gente es pobre porque no tiene derechos;
donde el peonaje es común para las grandes masas y donde existe esclavitud efectiva para
cientos de miles de hombres. Finalmente, encontré que el pueblo no adora a su presidente;
que la marea de la oposición, hasta ahora contenida y mantenida a raya por el ejército y la
policía secreta, llegará pronto a rebasar este muro de contención. Los mexicanos de todas
clases y filiaciones se hallan acordes en que su país está a punto de iniciar una revolución
en favor de la democracia; si no una revolución en tiempo de Díaz, puesto que éste ya es
anciano y se espera que muera pronto, sí una revolución después de Díaz. Mi interés
especial en el México político se despertó por primera vez a principios de 1908, cuando
establecí contacto con cuatro revolucionarios mexicanos que entonces se hallaban
encerrados en la cárcel municipal de Los Angeles, Cal. Eran cuatro mexicanos educados,
inteligentes, universitarios todos ellos, que estaban detenidos por las autoridades de los
Estados Unidos bajo la acusación de planear la invasión de una nación amiga, México, con
una fuerza armada desde territorio norteamericano.
¿Por qué unos hombres cultos querían tomar las armas contra una República? ¿Por qué
necesitaron venir a los Estados Unidos a preparar sus maniobras militares? Hablé con esos
detenidos mexicanos. Me aseguraron que durante algún tiempo habían agitado

pacíficamente en su propio país para derrocar sin violencia y dentro del marco
constitucional a las personas que controlaban el gobierno.
Pero por esto mismo -declararon- habían sido encarcelados y sus bienes destruidos. La
policía secreta había seguido sus pasos, sus vidas fueron amenazadas y se había empleado
toda clase de métodos para impedirles continuar su trabajo. Por último, perseguidos como
delincuentes más allá de los límites nacionales, privados de los derechos de libertad de
palabra, de prensa y de reunión, privados del derecho de organizarse pacíficamente para
promover cambios políticos, habían recurrido a la única alternativa: las armas.
¿Por qué deseaban derrocar a su gobierno? Porque éste había dejado a un lado la
Constitución; porque había abolido los derechos cívicos que, según consenso de todos los
hombres ilustrados, son necesarios para el desarrollo de una nación; porque había
desposeído al pueblo de sus tierras; porque había convertido a los trabajadores libres en
siervos, peones y algunos de ellos hasta en verdaderos esclavos.
- ¿Esclavitud? ¿Quieren hacerme creer que todavía hay verdadera esclavitud en el
hemisferio occidental? -respondí burlonamente- ¡Bah! Ustedes hablan como cualquier
socialista norteamericano. Quieren decir esclavitud del asalariado, o esclavitud de
condiciones de vida miserables. No querrán significar esclavitud humana.
Pero aquellos cuatro mexicanos desterrados insistieron:
- Sí, esclavitud -dijeron-, verdadera esclavitud humana. Hombres y niños comprados y
vendidos como mulas, exactamente como mulas, y como tales pertenecen a sus amos: son
esclavos.
- ¿Seres humanos comprados y vendidos como mulas en América? ¡En el siglo XX! Bueno
-me dije-, si esto es verdad, tengo que verlo.
Así fue como, a principios de septiembre de 1908, crucé el río Bravo en mi primer viaje,
atravesando las garitas del México Viejo.
En este mi primer viaje fui acompañado por L. Gutiérrez de Lara, mexicano de familia
distinguida, a quien también conocí en Los Angeles. De Lara se oponía al gobierno
existente en México, hecho que mis críticos han señalado como prueba de parcialidad en
mis investigaciones. Por el contrario, yo no dependí de De Lara ni de ninguna otra fuente
interesada para obtener información, sino que tomé todas las precauciones para conocer la
verdad exacta, por medio de todos los caminos posibles. Cada uno de los hechos
fundamentales apuntados respecto a la esclavitud en México lo vi con mis propios ojos o lo
escuché con mis propios oídos, y casi siempre de labios de personas quizás inclinadas a
empequeñecer sus propias crueldades: los mismos capataces de los esclavos.

Sin embargo, en favor del señor De Lara debo decir que me prestó ayuda muy importante
para recoger materiales. Por su conocimiento del país y de la gente, por su simpática
sociabilidad y, sobre todo, por sus relaciones personales con valiosas fuente de información
en todo el país -con personas bien enteradas-, estuve en condiciones de observar y oír cosas
que son casi inaccesibles para el investigador ordinario.
¿Esclavitud en México? Sí, yo la encontré. La encontré primero en Yucatán. La península
de Yucatán es un recodo de la América Central que sobresale en dirección nordeste, en
dirección a la Florida. Pertenece a México, y su área de unos 120 mil km2 está dividida casi
por igual entre los Estados de Yucatán y Campeche y el territorio de Quintana Roo.
La costa de Yucatán, que comprende la parte central norte de la península, se halla casi a
1,500 km directamente al sur de Nueva Orleans. La superficie del Estado es casi toda roca
sólida, tan dura que, en general, es imposible plantar un árbol sin que primero se haga un
hoyo, volando la roca, de modo que puedan desarrollarse las raíces.
El secreto de estas condiciones peculiares reside en que el suelo y el clima del norte de
Yucatán se adaptan perfectamente al cultivo de esas resistentes especies de plantas
centenarias que producen el henequén o fibra de sisal. Allí se halla Mérida, bella ciudad
moderna con una población de 60 mil habitantes, rodeada y sostenida por vastas
plantaciones de henequén, en las que las hileras de gigantescos agaves verdes se extienden
por muchos kilómetros. Las haciendas son tan grandes que en cada una de ellas hay una
pequeña ciudad propia, de 500 a 2,500 habitantes según el tamaño de la finca, y los dueños
de estas grandes extensiones son los principales propietarios de los esclavos, ya que los
habitantes de esos poblados son todos ellos esclavos. La exportación anual de henequén se
aproxima a 113,250 tons. La población del Estado es de alrededor de 300 mil habitantes,
250 de los cuales forman el grupo de esclavistas; pero la mayor extensión y la mayoría de
los esclavos se concentra en las manos de 50 reyes del henequén. Los esclavos son más de
100 mil.
Con el propósito de conocer la verdad por boca de los esclavistas mismos, me mezclé con
ellos ocultando mis intenciones. Mucho antes de pisar las blancas arenas de Progreso, el
puerto de Yucatán, ya sabía cómo eran comprados o engañados los investigadores
visitantes; y si éstos, no podían ser sobornados, se les invitaba a beber y a comer hasta
hartarse, y una vez así halagados les llenaban la cabeza de falsedades y los conducían por
una ruta previamente preparada. En suma: se les engañaba tan completamente que salían de
Yucatán con la creencia, a medias, de que los esclavos no eran tales; que los 100 mil
hambrientos, fatigados y degradados peones eran perfectamente felices y vivían tan
contentos con su suerte que sería una verdadera vergüenza otorgarles la libertad y la
seguridad que corresponden, en justicia, a todo ser humano.

El papel de la farsa que desempeñé en Yucatán fue el de un inversionista con mucho dinero
que quiere colocarlo en propiedades henequeneras. Como tal, los reyes del henequén me
recibieron calurosamente. En verdad fui afortunado al llegar al Estado en esa época, pues
antes del pánico de 1907 era política bien entendida y unánimemente aprobada por la
Cámara Agrícola, organismo de los agricultores, que no debía permitirse a los extranjeros
conocer el negocio del henequén. Esta actitud se debía a que las utilidades eran enormes y
los ricos yucatecos querían cortar el bacalao para ellos solos; pero, especialmente, por el
temor de que por mediación de los extranjeros fueran conocidas en el mundo todas sus
fechorías.
El pánico de 1907 arruinó el mercado del henequén por algún tiempo. Los henequeneros
eran un grupo de pequeños Rockefeller, pero necesitaban dinero en efectivo y estaban
dispuestos a aceptarlo del primero que llegase. Por esto mi imaginario capital era el ábrete
sésamo para entrar en su grupo y en sus fincas. No sólo discutí con los reyes mismos cada
una de las fases de la producción del henequén, sino que mientras quedaba libre de su
vigilancia observé las condiciones normales de la vida de millares de esclavos.
El principal entre los reyes del henequén de Yucatán es Olegario Molina, ex gobernador del
Estado y secretario de Fomento de México. Sus propiedades, tanto en Yucatán como en
Quintana Roo, abarcan más de 6 millones de hectáreas: un pequeño reino.
Los 50 reyes del henequén viven en ricos palacios en Mérida y muchos de ellos tienen
casas en el extranjero. Viajan mucho, hablan varios idiomas y con sus familias constituyen
una clase social muy cultivada. Toda Mérida y todo Yucatán, y aun toda la península,
dependen de estos 50 reyes del henequén. Naturalmente, dominan la política de su Estado y
lo hacen en su propio beneficio. Los esclavos son: 8 mil indios yaquis, importados de
Sonora; 3 mil chinos (coreanos) y entre 100 Y 125 mil indígenas mayas, que antes poseían
las tierras que ahora dominan los amos henequeneros.
Seguramente el pueblo maya representa casi el 50% de la población yucateca, y aun la
mayoría de los 50 reyes del henequén son mestizos de maya y español. Los mayas son
indígenas aunque no indios en el sentido norteamericano común de esta palabra. No son
como los de los Estados Unidos y se les llama así tan sólo porque habitaban en el
hemisferio occidental cuando llegaron los europeos. Los mayas tenían una civilización
propia cuando los españoles los descubrieron, y se sabe que su civilización era tan
avanzada como la de los aztecas del centro de México o la de los incas del Perú.
Los mayas son un pueblo singular. No se parecen a ningún otro pueblo del mundo; ni a los
demás mexicanos; ni a los norteamericanos; ni a los chinos; ni a los hindúes; ni a los turcos.
Pero puede uno imaginarse que la fusión de estos cinco pueblos tan diferentes podría
formar un pueblo como el maya. No son altos de estatura; pero sus facciones son finas y sus
cuerpos dan una fuerte impresión de gracia y elegancia: piel aceitunada, frente alta, rostro

ligeramente aquilino. En Mérida, las mujeres de todas clases usan blancos vestidos amplios
y sin cintura, bordados en el borde inferior de la falda y alrededor del escote con colores
brillantes: verde, azul. Durante las noches, siempre tibias, una banda militar ejecuta piezas
de música, y cientos de graciosas mujeres y niñas, vestidas de ese modo tan atrayente, se
mezclan entre las fragantes flores, las estatuas artísticas y el verdor tropical de la plaza
principal.
Los hacendados no llaman esclavos a sus trabajadores; se refieren a ellos como gente u
obreros, especialmente cuando hablan con forasteros; pero cuando lo hicieron
confidencialmente conmigo dijeron: Sí, son esclavos. Sin embargo, yo no acepté ese
calificativo a pesar de que la palabra esclavitud fue pronunciada por los propios dueños de
los esclavos. La prueba de cualquier hecho hay que buscarla no en las palabras, sino en las
condiciones reales. Esclavitud quiere decir propiedad sobre el cuerpo de un hombre, tan
absoluta que éste puede ser transferido a otro; propiedad que da al poseedor el derecho de
aprovechar lo que produzca ese cuerpo, matarlo de hambre, castigarlo a voluntad,
asesinarlo impunemente. Tal es la esclavitud llevada al extremo; tal es la esclavitud que
encontré en Yucatán.
Los hacendados yucatecos no llaman esclavitud a su sistema; lo llaman servicio forzoso por
deudas. No nos consideramos dueños de nuestros obreros; consideramos que ellos están en
deuda con nosotros. Y no consideramos que los compramos o los vendemos, sino que
transferimos la deuda y al hombre junto con ella. Esta es la forma en que don Enrique
Cámara Zavala, presidente de la Cámara Agrícola de Yucatán, explicó la actitud de los
reyes del henequén en este asunto. La esclavitud está contra la ley; no llamamos a esto
esclavitud, me aseguraron una y otra vez varios hacendados.
Pero el hecho de que no se trata de servicio por deudas se hace evidente por la costumbre
de traspasarse los esclavos de uno a otro año, no sobre la base de que los esclavos deben
dinero, sino sobre el precio que en esta clase de mercado tiene un hombre. Al calcular la
compra de una hacienda, siempre se tiene en cuenta el pago en efectivo por los esclavos,
exactamente lo mismo que por la tierra, la maquinaria y el ganado. El precio corriente de
cada hombre era de $400 y esta cantidad me pedían los hacendados. Muchas veces dijeron:
Si compra usted ahora, es una buena oportunidad. La crisis ha hecho bajar el precio. Hace
un año era de mil pesos por cada hombre.
Los yaquis son transferidos en idénticas condiciones que los mayas -al precio de mercado
de un esclavo- aunque todos los yucatecos saben que los hacendados pagan solamente $65
al gobierno por cada yaqui. A mí me ofrecieron yaquis a $400, aunque no tenían más de un
mes en la región y, por lo tanto, aún no acumulaban una deuda que justificase la diferencia
en el precio. Además, uno de los hacendados me dijo: No permitimos a los yaquis que se
endeuden con nosotros.

Sería absurdo suponer que la uniformidad del precio era debida a que todos los esclavos
tenían la misma deuda. Esto lo comprobé al investigar los detalles de la operación de venta.
Uno me dijo: A usted le dan, con el hombre, la fotografia y los papeles de identificación y
la cuenta del adeudo. No llevamos rigurosa cuenta del adeudo -me dijo un tercero- porque
no tiene importancia una vez que usted toma posesión del individuo. Un cuarto señaló: El
hombre y los papeles de identificación bastan; si el hombre se escapa, lo único que piden
las autoridades son los papeles para que usted lo recupere. Una quinta persona aseguró:
Cualquiera que sea la deuda, es necesario cubrir el precio de mercado para ponerlo libre.
Aunque algunas de estas respuestas son contradictorias, todas tienden a mostrar lo
siguiente: la deuda no se tiene en cuenta una vez que el deudor pasa a poder del hacendado
comprador. Cualquiera que la deuda sea, es necesario que el deudor cubra su precio de
mercado para liberarse.
Aun así -pensé-, no sería tan malo si el siervo tuviera la oportunidad de pagar con su trabajo
el precio de su libertad. Antes de la Guerra de Secesión, en los Estados Unidos, aun algunos
de los esclavos negros, cuando sus amos eran excepcionalmente indulgentes, estaban en
posibilidad de hacerlo así.
Pero encontré que no era ésa la costumbre. Al comprar esta hacienda -me dijo uno de los
amos- no tiene usted por qué temer que los trabajadores puedan comprar su libertad y
abandonarlo. Ellos nunca pueden hacer eso.
El único hombre del país de quien oí que había permitido a un esclavo comprar su libertad,
fue un arquitecto de Mérida: Compré un trabajador en mil pesos -me explicó-. Era un buen
hombre y me ayudó mucho en mi oficina. Cuando consideré que me convenía, le fijé
determinado sueldo a la semana y después de ocho años quedaron saldados los mil pesos y
lo dejé ir.
Pero nunca hacen esto en las haciendas ..., nunca.
De este modo supe que el hecho de que sea por deudas el servicio forzoso, no alivia las
penalidades del esclavo, ni le facilita la manera de manumitirse, ni tampoco afecta las
condiciones de su venta o la sujeción absoluta al amo. Por otra parte, observé que la única
ocasión en que la deuda juega algún papel efectivo en el destino de los infortunados
yucatecos, opera contra éstos en vez de actuar en su favor; por medio de las deudas, los
hacendados de Yucatán esclavizan a los obreros libres de sus feudos para reemplazar a los
esclavos agotados, desnutridos, maltratados y agonizantes en sus fincas.
¿Cómo se recluta a los esclavos? Don Joaquín Peón me informó que los esclavos mayas,
mueren con más rapidez que nacen, y don Enrique Cámara Zavala me dijo que dos tercios
de los yaquis mueren durante el primer año de su residencia en la región. De aquí que el
problema del reclutamiento me pareciera muy grave. Desde luego, los yaquis llegaban a

razón de 500 por mes; pero yo no creía que esa inmigración fuera suficiente para
compensar las pérdidas de vidas. Tenía razón al pensar así, me lo confirmaron; pero
también me dijeron que a pesar de todo, el problema del reclutamiento no eran tan dificil
como a mí me lo parecía.
- Es muy sencillo -me dijo un hacendado-. Todo lo que se necesita es lograr que algún
obrero libre se endeude con usted, y ahí lo tiene. Nosotros siempre conseguimos nuevos
trabajadores en esa forma.
No importa el monto del adeudo; lo principal es que éste exista, y la pequeña operación se
realiza por medio de personas que combinan las funciones de prestamistas y negreros.
Algunos de ellos tienen oficinas en Mérida y logran que los trabajadores libres, los
empleados y las clases más pobres de la población contraigan deudas con ellos, del mismo
modo que los tiburones agiotistas de los Estados Unidos convierten en deudores suyos a
dependientes, mecánicos y oficinistas, aprovechándose de sus necesidades, y haciéndoles
caer en la tentación de pedir prestado. Si estos dependientes, mecánicos y oficinistas
norteamericanos residieran en Yucatán, en vez de verse tan sólo perseguidos por uno de
esos tiburones, serían vendidos como esclavos por tiempo indefinido, ellos y sus hijos, y los
hijos de sus hijos, hasta la tercera o cuarta generación, o más allá, hasta que llegara el
tiempo en que algún cambio político pusiera fin a todas las condiciones de esclavitud
existentes en México.
Estos prestamistas y corredores, de esclavos de Mérida no colocan letreros en sus oficinas,
ni anuncian a todo el mundo que tienen esclavos en venta. Llevan a cabo su negocio en
silencio, como gente que se encuentra más o menos segura en su ocupación, pero que no
desea poner en peligro su negocio con demasiada publicidad -como sucedería en las casas
de juego protegidas por la policía en alguna ciudad norteamericana. Los propios reyes del
henequén me indicaron, casi siempre con mucha reserva, la existencia de estos tiburones
negreros; pero otros viejos residentes de Yucatán me explicaron los métodos en detalle.
Tuve la intención de visitar a uno de estos intermediarios y hablar con él acerca de la
compra de un lote de esclavos; pero me aconsejaron que no lo hiciera, pues él no hablaría
con un extranjero mientras éste no se hubiera establecido en la ciudad y probado en
diversas formas su buena fe.
Estos hombres compran y venden esclavos, lo mismo que los hacendados. Unos y otros me
ofrecieron esclavos en lotes de más de uno, diciendo que podía comprar hombres o
mujeres, muchachos o muchachas o un millar, de cualquier especie, para hacer con ellos lo
que quisiera; y que la policía me protegería y me apoyaría para mantener la posesión de
ésos mis semejantes. A los esclavos no sólo se les emplea en las plantaciones de henequén,
sino también en la ciudad, como sirvientes personales, como obreros, como criados en el
hogar o como prostitutas. No sé cuántas personas en esta condición hay en la ciudad de

Mérida, aunque oí muchos relatos respecto al poder absoluto que se ejerce sobre ellos.
Desde luego, su cantidad alcanza varios millares.
Así, pues, el sistema de deudas en Yucatán no sólo no alivia la situación del esclavo sino
que la hace más dura. Aumenta su rigor, porque además de que no le ayuda a salir del pozo,
sus tentáculos atrapan también al hermano. La parte del pueblo de Yucatán que ha nacido
libre no posee el derecho inalienable de su libertad. Son libres sólo a condición de llegar a
ser prósperos, pero si una familia, no importa lo virtuosa, lo digna o lo cultivada que sea,
cae en el infortunio de que sus padres contraigan una deuda y no puedan pagarla, toda ella
está expuesta a pasar al dominio de un henequenero. Por medio de las deudas, los esclavos
que mueren son reemplazados por los infortunados asalariados de las ciudades.
¿Por qué los reyes del henequén llaman a este su sistema servicio forzoso por deudas, en
vez de llamarlo por su verdadero nombre? Probablemente por dos razones: porque el
sistema es una derivación de otros menos rígidos que era un verdadero servicio por deudas;
y por el prejuicio contra la palabra esclavitud, tanto entre los mexicanos como entre los
extranjeros. El servicio por deudas, en forma más moderna que en Yucatán, existe en todo
México y se llama peonaje. Bajo este sistema, las autoridades policíacas de todas partes
reconocen el derecho de un propietario para apoderarse corporalmente de un trabajador que
esté en deuda con él, y obligarlo a trabajar hasta que salde la deuda. Naturalmente, una vez
que el patrón puede obligar al obrero a trabajar, también puede imponerle las condiciones
del trabajo, lo cual significa que éstas sean tales que nunca permitirán al deudor liberarse de
su deuda.
Tal es el peonaje como existe por todo México. En último análisis, es esclavitud; pero los
patrones controlan la policía, y la pretendida distinción se mantiene de todos modos. La
esclavitud es el peonaje llevado a su último extremo, y la razón de que así exista en
Yucatán reside en que, mientras en algunas otras zonas de México una parte de los intereses
dominantes se opone al peonaje y, en consecuencia, ejerce cierta influencia que en la
práctica lo modifica, en Yucatán todos los interesados que dominan la situación se dedican
a la explotación del henequén, y cuanto más barato es el obrero, mayores son las utilidades
para todos. Así, el peón se convierte en un esclavo.
Los reyes del henequén tratan de disculpar su sistema de esclavitud denominándolo servicio
forzoso por deudas. La esclavitud es contraria a la ley -dicen-. Está contra la Constitución.
Cuando algo es abolido por la Constitución, puede practicarse con menos tropiezos si se le
da otro nombre; pero el hecho es que el servicio por deudas es tan inconstitucional en
México como la esclavitud. La pretensión de los reyes del henequén de mantenerse dentro
de la ley carece de fundamento. La comparación de los siguientes dos artículos de la
Constitución mexicana prueba que los dos sistemas se consideran iguales:

Art. 1, Frac. 1. En la República, todos nacen libres. Los esclavos que entren al territorio
nacional recobran, por ese solo hecho, su libertad, y tienen el derecho a la protección de las
leyes.
Art. V, Frac. 1 (reformado). A nadie se le obligará a prestar trabajos personales sin la justa
remuneración y sin su pleno consentimiento. El Estado no permitirá el cumplimiento de
ningún contrato, convenio o acuerdo que tenga por objeto la merma, pérdida o sacrificio,
irrevocable, de la libertad personal, ya sea por motivos de trabajo, educación o votos
religiosos. No se tolerará ningún pacto en que un individuo convenga en su proscripción o
exilio.
De este modo, el negocio de los esclavos en Yucatán, llámese como se le llame, siempre
resulta inconstitucional. Por otra parte, si se va a tomar como ley la política del actual
gobierno, el negocio de la esclavitud en México es legal. En ese sentido, los reyes del
henequén obedecen la ley. El problema de si son justos o no, queda a juicio de los
moralistas más sutiles. Cualquiera que sea su conclusión, acertada o errónea, no cambiará
ni bien ni mal la lastimosa miseria en que encontré a los peones de las haciendas
henequeneras de Yucatán.
Éstos nunca reciben dinero; se encuentran medio muertos de hambre; trabajan casi hasta
morir; son azotados. Un porcentaje de ellos es encerrado todas las noches en una casa que
parece prisión. Si se enferman, tienen que seguir trabajando, y si la enfermedad les impide
trabajar, rara vez les permiten utilizar los servicios de un médico. Las mujeres son
obligadas a casarse con hombres de la misma finca, y algunas veces, con ciertos individuos
que no son de su agrado. No hay escuelas para los niños. En realidad, toda la vida de esta
gente está sujeta al capricho de un amo, y si éste quiere matarlos, puede hacerlo
impunemente. Oí muchos relatos de esclavos que habían sido muertos a golpes; pero nunca
supe de un caso en que el matador hubiera sido castigado, ni siquiera detenido. La policía,
los agentes del ministerio público y los jueces saben exactamente lo que se espera de ellos,
pues son nombrados en sus puestos por los mismos propietarios. Los jefes políticos que
rigen los distritos equivalentes a los condados norteamericanos -tan zares en sus distritos
como Díaz es el zar en todo México-, son invariablemente hacendados henequeneros o
empleados de éstos.
La primera noticia que tuve del castigo corporal a los esclavos, me la dio uno de los
miembros de la Cámara, una persona grande, majestuosa, con aspecto de cantante de ópera,
y con un diamante que deslumbraba como un sol colgado en la dura pechera de su camisa.
Me contó un relato, y mientras lo contaba, se reía. Yo también reí, pero de distinta manera,
sin dejar de comprender que el relato estaba hecho a la medida para extranjeros:
- ¡Ah!, sí, tenemos que castigarlos -me dijo el gordo rey del henequén-. Hasta nos vemos
obligados a golpear a nuestros sirvientes domésticos en la ciudad. Es así su naturaleza, lo

piden. Un amigo mío, un hombre muy afable, tenía una sirvienta que siempre estaba con el
deseo de ir a servir a otra persona; por fin, mi amigo vendió a la mujer y algunos meses más
tarde la encontró en la calle y le preguntó si estaba contenta con su nuevo amo. Mucho,
respondió ella, mucho. Es un hombre muy rudo y me pega casi todos los días.
La filosofia del castigo corporal, me la explicó muy claramente don Felipe G Cantón,
secretario de la Cámara. Es necesario pegarles; sí, muy necesario -me dijo con una sonrisa-,
porque no hay otro modo de obligarles a hacer lo que uno quiere. ¿Qué otro medio hay para
imponer la disciplina en las fincas? Si no los golpeáramos, no harían nada.
No pude contestarle. No se me ocurrió ninguna razón que oponer a la lógica de don Felipe;
pues, ¿qué puede hacerse con un esclavo para obligarle a trabajar sino pegarle? El jornalero
tiene el temor a la desocupación o a la reducción del salario, amenaza que es mantenida
sobre su cabeza para tenerlo a raya; pero el esclavo vería con gusto el despido, y reducir su
alimentación no es posible porque se le mataría. Por lo menos tal es el caso en Yucatán.
Una de las primeras escenas que presenciamos en una finca henequenera fue la de un
esclavo a quien azotaban: una paliza formal ante todos los peones reunidos después de
pasar lista en la mañana temprano. El esclavo fue sujetado a las espaldas de un enorme
chino y se le dieron 15 azotes en la espalda desnuda con una reata gruesa y húmeda, con
tanta fuerza que la sangre corría por la piel de la víctima. Este modo de azotar es muy
antiguo en Yucatán y es costumbre en todas las plantaciones aplicarlo a los jóvenes y
también a los adultos, excepto los hombres más corpulentos. A las mujeres se les obliga a
arrodillarse para azotarlas, y lo mismo suele hacerse con hombres de gran peso. Se golpea
tanto a hombres como a mujeres, bien sea en los campos o al pasar lista en las mañanas.
Cada capataz lleva un pesado bastón con el que pica, hostiga y golpea a su antojo a los
esclavos. No recuerdo haber visitado un solo henequenal en que no haya visto esta práctica
de picar, hostigar y golpear continuamente a la gente.
No vi en Yucatán otros castigos peores que los azotes; pero supe de ellos. Me contaron de
hombres a quienes se había colgado de los dedos de las manos o de los pies para azotarlos;
de otros a quienes se les encerraba en antros oscuros como mazmorras, o se hacía que les
cayeran gotas de agua en la palma de la mano hasta que gritaban. El castigo a las mujeres,
en casos extremos, consistía en ofender su pudor. Conocí las oscuras mazmorras y en todas
partes vi las cárceles dormitorios, los guardias armados y los vigilantes nocturnos que
patrullaban los alrededores de la finca mientras los esclavos dormían. También oí que
algunos agricultores tenían especial placer en ver cintarear a sus esclavos. Por ejemplo,
hablando de uno de los más ricos terratenientes de Yucatán, un profesionista me dijo:
- Un pasatiempo favorito de X consistía en montar en su caballo y presenciar, la limpia (el
castigo) de sus esclavos. Encendía su cigarro y cuando expulsaba la primera bocanada de
humo el látigo mojado caía sobre las desnudas espaldas de la víctima. Seguía fumando

tranquilamente, muy contento, al mismo tiempo que los golpes caían uno tras otro. Cuando,
por fin, le aburría la diversión, tiraba el cigarro y el hombre del látigo dejaba de golpear, ya
que el final del cigarro era la señal para que acabasen los azotes.
A las grandes haciendas de Yucatán se llega por vías Decauville de propiedad privada,
construidas y explotadas especialmente en interés de los reyes del henequén. La primera
finca que visitamos es típica. Está situada a 20 km al oeste de Mérida; tiene cerca de 3 mil
hectáreas, 25% de ellas plantadas de henequén y el resto son terrenos pastales abandonados.
En el centro de la hacienda está el casco, que consiste en un patio en el que crece la hierba,
alrededor del cual están los principales edificios: el almacén, la desfibradora, la casa del
administrador, la del mayordomo primero, las de los mayordomos segundos y la pequeña
capilla. Detrás de estos edificios están los corrales, los secaderos de henequén, el establo, la
cárcel dormitorio y, finalmente, rodeando todo ello, las hileras de chozas de una sola pieza,
en pequeños espacios de terreno, en las que viven los esclavos casados y sus familias.
En la hacienda encontramos unos 1,500 peones y cerca de 30 jefes de diversos trabajos; 30
de los esclavos eran coreanos, unos 200 yaquis y el resto mayas. Estos últimos, a mi modo
de ver, se distinguían de los mayas libres que yo había visto en la ciudad, principalmente
por sus vestidos y por su apariencia general de descuido y fatiga. Indudablemente eran de la
misma pasta; sus vestidos eran pobres y estaban rotos; pero generalmente muy limpios. El
vestido de las mujeres era de calicó, y la camisa y pantalón de los hombres de manta
corriente, propia para los trópicos. Usan los pantalones recogidos en muchos casos hasta la
rodilla. Sus sombreros son de palma, y siempre andan descalzos.
Unos 700 esclavos son hombres aptos para el trabajo, y el resto mujeres y niños; 380 de
ellos están casados, y viven con sus familias en chozas de una pieza, construidas sobre
pequeños lotes de unos 50 metros cuadrados, que a pesar de ser pedregosos y estériles,
sirven a mujeres y niños para cultivar algo. Además del producto de su pobre huerto, cada
familia obtiene diariamente crédito en la tienda de raya por valor de 25 centavos en
mercancías.
No se les paga en dinero: todo es a crédito y este mismo sistema es el que prevalece en casi
la mitad de las haciendas. La otra mitad se limita a entregar raciones, que viene a ser la
misma cosa; pero algunos de los hacendados se apegan al sistema de crédito para mantener
la apariencia de que pagan jornales. Inquirí sobre los precios de algunas mercancías de la
tienda -maíz, frijol, sal, chile, manta y cobijas era todo lo que había en ellas- y noté que
tales precios eran altos. No comprendo cómo una familia pudiera vivir con las mercancías
que le daban por valor de los 25 centavos al día, sobre todo tratándose de gente que trabaja
con intensidad.
Los esclavos se levantan cuando la gran campana del patio suena a las 3:45 de la mañana y
su trabajo empieza tan pronto como pueden llegar a la labor. El trabajo en los campos

termina cuando ya no se puede ver por la oscuridad, y en el casco prosigue a veces durante
muchas horas de la noche.
La labor principal de la hacienda consiste en cortar las hojas de henequén y limpiar el
terreno de las malas hierbas que crecen entre las plantas. A cada esclavo se le señala como
tarea cierto número de corte de hojas o de plantas que tiene que limpiar, y la tendencia del
patrón es fijar cuotas tan altas que el esclavo se vea obligado a llamar a su mujer y a sus
hijos para que le ayuden; de esta manera, casi todas las mujeres y niños de la hacienda
pasan una parte de la jornada en el campo. Las mujeres solteras están todo el día en el
terreno de labor, y cuando un muchacho llega a los doce años, se le considera ya hombre de
trabajo y se le fija una cuota que tiene que cumplir por sí solo. Los domingos no trabajan
los peones para su amo; pasan el tiempo ocupados en sus huertos, descansan o se visitan.
Los domingos son los días en que los muchachos y muchachas se tratan y hacen sus planes
para casarse. A veces se permite a los peones que salgan de la finca para visitar a los
esclavos del vecino; pero nunca se les autoriza a casarse con gente de otras haciendas,
porque eso ocasionaría que uno u otro de los propietarios tuviese que comprar a la mujer o
al marido, lo cual crearía dificultades.
Tales son las condiciones que, en general, prevalecen en todas las fincas henequeneras
yucatecas.
Pasamos dos días en la hacienda llamada San Antonio Yaxché y conocimos perfectamente
su sistema de trabajo y su gente. Los propietarios de las grandes fincas no duermen en ellas
ni tampoco los administradores; igual que los propietarios, los administradores tienen sus
casas y oficinas en Mérida y visitan las haciendas solamente de dos a seis veces por mes. El
mayordomo primero es por lo común la autoridad suprema de la finca; pero cuando el
administrador llega, aquél se convierte en un personaje realmente insignificante.
Por lo menos así sucedía en San Antonio Yaxché. El mayordomo estaba obligado a
inclinarse y a rendir homenaje a su jefe igual que los jefecillos menores; y a la hora de la
comida, Manuel Ríos, el administrador, mi compañero -con mucho disgusto de Ríos, que lo
veía como un subordinado- y yo, comíamos solos con gran ceremonia, mientras el
mayordomo daba vueltas alrededor de la mesa, dispuesto a salir corriendo para cumplir al
instante lo que le pidiéramos. En nuestra primera comida, que fue la mejor que probé en
todo México, sentí un fuerte impulso de invitar al mayordomo a que se sentase y tomara
algo; pero no lo hice, y después me alegré, porque antes de abandonar la hacienda me di
cuenta de que hubiera cometido una terrible falta.
En los campos vimos cuadrillas de hombres y muchachos, unos chaponando las malas
hierbas que crecen entre las gigantescas plantas y otros cortando con machetes las enormes
pencas. La recolección de éstas se hace de modo continuo en los doce meses del año y
durante este periodo se revisa cuatro veces cada planta. Suelen cortarse doce hojas, las más

grandes, dejando las treinta más pequeñas para que crezcan durante tres meses. El obrero
corta la hoja por su raíz; quita las espinas de los bordes; suprime la púa terminal; cuenta las
hojas que quedan en la planta y las que se han cortado; las apila formando haces y,
finalmente, lleva éstos hasta el extremo de su hilera, en donde los recogen vehículos tirados
por mulas, los cuales ruedan sobre rieles desmontables.
Pude darme cuenta de que la tierra, quebrada y rocosa, daña mucho los pies; de que las
pencas de henequén son espinosas y traidoras, y de que el clima es duro, cálido y sofocante,
a pesar de que estábamos en la temporada allí considerada como fría. Los hombres,
vestidos de andrajos y descalzos, trabajan sin descanso, con mucho cuidado y con la
velocidad de los obreros destajistas mejor pagados. También trabajaban a destajo, y su
premio consistía en librarse del látigo. Se veían aquí y allá mujeres y niños, y a veces niñas,
que representaban ocho o diez años. La cuota diaria acostumbrada en San Antonio Yaxché
es de dos mil hojas; pero me dijeron que en otras haciendas llega hasta tres mil.
Las hojas de henequén, una vez cortadas, se llevan a un gran edificio construido en medio
del casco de la finca, donde se elevan por medio de montacargas y se colocan en una banda
móvil que las conduce a la desfibradora. Esta es una máquina con fuertes dientes de acero
que raspan las gruesas hojas, de lo que resultan dos productos: un polvo verde, que es
desperdicio, y largas fibras como cabellos de color verduzco, que es el henequén. La fibra
se lleva en un tranvía al secadero, donde adquiere el color del sol. Después se transporta en
el tranvía, se prensa en pacas, y pocos días o semanas más tarde, el observador podrá verla
en Progreso, el puerto de Yucatán, a unos 35 km al norte de Mérida, donde se cargan en un
buque generalmente británico. Los Estados Unidos compran casi todo el henequén de
Yucatán, del cual nuestro trust cordelero, considerado como afiliado a la Standard Oil
absorbe más de la mitad. En 1908, el precio de la fibra de henequén en pacas era de ocho
centavos por libra, y un tratante de esclavos me dijo que su costo de producción no era
mayor de un centavo.
Cerca de la desfibradora vimos trabajando a muchos niños; en el patio de secado
encontramos muchachos y hombres; estos últimos me impresionaron por su indiferencia y
su aspecto, macilento y febril. La explicación me la dio el capataz: Cuando los hombres
están enfermos, los dejamos trabajar aquí ... -y agregó- ¡a media paga!
Ese era, entonces, el hospital para los hombres. El de mujeres lo descubrimos en el sótano
de uno de los edificios principales; se trataba de una hilera de estancias sin ventanas y con
el piso de tierra, parecidas a calabozos; en cada una de ellas estaba acostada una mujer
sobre una tabla sin siquiera una sábana que mitigara la aspereza.
Más de 300 esclavos duermen en una gran construcción de piedra yargamasa, rodeada de
un sólido muro de cuatro metros de alto, con bardas rematadas por trozos de vidrio. A este
recinto se entra tan sólo por una puerta, en la que hay un guardián armado de porra, sable y

pistola. Tal era el dormitorio de los hombres solteros de la finca, mayas, yaquis y chinos, y
también de los que trabajaban medio tiempo, esclavos a quienes se emplea sólo medio año,
algunos de ellos casados, cuyas familias viven en pequeños poblados en los alrededores de
la finca.
Los peones de temporada se encuentran solamente como en una tercera parte de las
haciendas y es una clase de trabajadores que se ha creado enteramente por conveniencia de
los amos. Se convierten en trabajadores de planta a voluntad de los amos y entonces se les
permite que tengan a sus familias en la hacienda; están obligados a trabajar más de la mitad
del año, si se les necesita, y durante el tiempo que no trabajan en la finca no se les deja
buscar trabajo en otro lugar; generalmente su labor anual se divide en dos periodos: tres
meses en la primavera y tres en el otoño, durante los cuales no pueden visitar a sus familias.
Se les tiene siempre encerrados en las noches, se alimentan por cuenta de la finca y la
cantidad de doce centavos y medio -un real- que se les acredita diariamente se entrega por
pequeñas partes a sus familias para que éstas no mueran de hambre.
Con lo dicho se verá que la cantidad que se le acredita en un año al trabajador de medio
tiempo, por seis meses de labor, es de $22.50, como pago total, que es con lo que la familia
del esclavo cuenta para vivir en el año.
En una sola habitación del edificio principal de San Antonio Yaxché, rodeado por la barda
de piedra, encontramos más de trescientas hamacas casi tocándose unas a otras, que era el
dormitorio de los peones de medio tiempo y de los solteros. Entramos en el recinto
precisamente al atardecer, cuando los trabajadores, limpiándose el sudor de la frente, iban
llegando. Detrás del dormitorio había media docena de mujeres que cocinaban en unas
hornillas primitivas. Los andrajosos trabajadores, como lobos hambrientos, hacían círculo
alrededor de la sencilla cocina y extendían las manos sucias para recibir su cena como
premio, que las pobres criaturas comían de pie.
Probé la cena de los esclavos. Es decir, tan sólo probé una parte de ella con la lengua; el
restó fue con el olfato, ya que mi nariz me aconsejó no introducirla en la boca. La comida
consistía en dos grandes tortillas de maíz, que es el pan de los pobres de México; una taza
de frijoles cocidos, sin condimento, y un plato de pescado rancio que despedía tan gran
hedor que durante varios días persistió en mi olfato. ¿Cómo era posible que pudieran comer
aquello? Puede ser que para variar una aburrida e inacabable serie de comidas, compuesta
solamente de frijoles y tortillas, llegue un momento en que al más refinado paladar se le
haga agua la boca con algo diferente, aunque este algo sólo sea un pescado cuyo hedor
llegue hasta el cielo.
Frijoles, tortillas, pescado. Supongo que por lo menos podrán vivir con eso -reflexioné-,
siempre que en las otras dos comidas no les vaya peor.

- A propósito -dije, volviéndome al administrador que nos servía de guía-, ¿qué es lo que se
les da en las otras dos comidas?
- ¿Las otras dos comidas? -El administrador quedó perplejo-. ¿Las otras dos comidas? No
hay más comidas. Ésta es la única que se les da.
Frijoles, tortillas y pescado una vez al día, y doce horas de trabajo bajo el sol abrasador.
- Pero, no -rectificó el administrador-; se les da algo más, algo muy bueno, algo que pueden
llevar al campo y comerlo cuando quieren. Aquí tiene usted.
Y cogió de una de las mesas de las mujeres una cosa del tamaño de dos puños y me la dio
con aire de triunfo. Tomé en mis manos aquella masa redonda y húmeda, la pellizqué, la olí
y la probé. Resultó ser masa de maíz medio felmentada y hecha bola con las manos. Esto
era las otras dos comidas, el complemento de la subsistencia, de los frijoles, de las tortillas
y del pescado podrido, que sostenía a los trabajadores durante todo el largo día.
Me dirigí a un joven maya que chupaba cuidadosamente una espina de pescado:
- ¿Qué prefieres ser -le pregunté-, trabajador de medio tiempo o de tiempo completo?
- De tiempo completo -contestó rápidamente, y luego más bajo-. Nos hacen trabajar hasta
que casi nos caemos y después nos despiden, para que nos pongamos fuertes otra vez. Si
hicieran trabajar a los de tiempo completo como nos hacen trabajar a nosotros, se morirían.
- Venimos a trabajar voluntariamente -dijo otro joven maya-, porque el hambre nos obliga,
pero antes que termine la primera semana, quisiéramos escapar; por eso nos encierran en la
noche.
- ¿Por qué no se escapan cuando tienen ocasión de hacerlo? -pregunté-. Digo, cuando los
sacan al campo.
El administrador se había apartado de nosotros para regañar a una de las mujeres.
- No tiene objeto -respondió el joven con seriedad-. Siempre nos agarran. Todos están
contra nosotros y no hay dónde esconderse.
- Tienen nuestras fotografias -dijo otro-. Siempre nos encuentran y entonces nos dan una
paliza. Cuando estamos aquí, queremos escapar; pero cuando nos llevan a la labor sabemos
que la escapatoria es inútil.
Más tarde conocería lo admirablemente adaptado que está el territorio yucateco para
impedir la huida de los fugitivos. En aquella losa caliza no crecen ftutas ni hierbas
silvestres comestibles. No hay manantiales, ni sitio donde una persona pueda cavar un pozo
sin dinamita y un taladro para roca.

De modo que todo fugitivo, con el tiempo, tiene que llegar a una finca o a la ciudad, y en
un lugar u otro se le detiene para su identificación. Un trabajador libre que no lleve papeles
para demostrar que lo es, está siempre expuesto a que lo encierren y a pasar grandes apuros
para demostrar que no es esclavo fugitivo.
A Yucatán se le ha comparado con la Siberia rusa. Siberia -me han dicho algunos
refugiados políticos mexicanos- es un infierno congelado; Yucatán es un infierno en llamas.
Pero yo no encontré muchos puntos en común entre los dos países. Es cierto que los yaquis
son desterrados, en cierto sentido y, además, desterrados políticos; pero también son
esclavos. Los desterrados políticos de Rusia no son esclavos. Según Kennan, se les permite
llevar con ellos a sus familias, elegir su propia morada, vivir su propia vida, y a menudo se
les entrega una cantidad mensual con la que se sostienen. Yo no puedo imaginar que la
lejana Siberia sea tan mala como Yucatán.
El esclavo de Yucatán no tiene hora para la comida, como la tiene el obrero agrícola
norteamericano. Sale al campo en la madrugada y come, por el camino su bola de masa
agria. Agarra su machete y ataca la primera hoja espinosa tan pronto como hay luz
suficiente para ver las espinas, y no deja para nada el machete hasta el atardecer. Millares
de grandes hojas verdes por día constituyen su tarea, y además de cortarlas, recortarlas y
apilarlas, las tiene que contar, lo mismo que el número de hojas que quedan en cada planta,
procurando estar seguro de que no ha contado muchas de más o de menos. Se estima que
cada planta produce treinta y seis pencas nuevas al año; doce de éstas, las más grandes, se
cortan cada cuatro meses; pero cualquiera que sea el número de las que se corten, tienen
que quedar exactamente treinta después del corte. Si el esclavo deja treinta y una o
veintinueve, se le azota; si no llega a cortar dos mil se le azota; si no recorta bien la orilla
de las hojas, se le azota; si llega tarde a la revista, se le azota; se le azota por cualquier otra
falta que alguno de los jefes imagina que ha descubierto en su carácter o en su aspecto.
¿Siberia? A mi parecer, Siberia es un asilo de huérfanos comparada con Yucatán.
Una y otra vez comparé, en la imaginación, el estado de los esclavos de nuestros Estados
del Sur, antes de la Guerra Civil, y siempre resultó favorecido el negro. Nuestros esclavos
del Sur estaban casi siempre bien alimentados; por regla general no trabajaban con exceso;
en muchas de las plantaciones rara vez se les pegaba; de cuando en cuando era costumbre
darles algo de dinero para pequeños gastos y se les permitía salir de la finca por lo menos
una vez por semana. Éstos, como los esclavos de Yucatán, eran ganado perteneciente a la
finca; pero, a diferencia de aquéllos, se les trataba tan bien como al ganado. En el Sur, antes
de la guerra, no había muchas plantaciones donde murieran más negros que nacían. La vida
de nuestros esclavos negros no era tan dura, puesto que podían reír algunas veces ..., y
cantar. Pero los esclavos de Yucatán no cantan.
Nunca olvidaré mi último día en Mérida. Mérida es probablemente la ciudad más limpia y
más bella de todo México. Podría resistir la comparación de su blanca hermosura con

cualquier otra en el mundo. El municipio ha gastado grandes sumas en pavimentos, en
parques y en edificios públicos, y por encima de todo eso, no hace mucho tiempo, los reyes
del henequén juntaron fuerte cantidad para mejoras extraordinarias. Mi última tarde en
Yucatán la pasé recorriendo a pie o en coche el opulento barrio residencial de Mérida. Los
norteamericanos podrán creer que no existe nada de arquitectura en esta pétrea península
centroamericana; pero Mérida tiene sus palacios de un millón de dólares, como en Nueva
York, y posee miles de ellos entre magníficos jardines.
¡Maravillosos palacios mexicanos! ¡Maravillosos jardines mexicanos! Un maravilloso
parque de hadas nacido al conjuro de la esclavitud de mayas y de yaquis. Entre los esclavos
de Yucatán hay diez mayas por cada yaqui; pero la historia de los yaquis es la que más
llamó mi atención. Los mayas mueren en su propia tierra, entre su propio pueblo, pero los
yaquis son desterrados; éstos mueren en tierra extraña y mueren más aprisa y solos, lejos de
sus familiares, puesto que todas las familias yaquis enviadas a Yucatán son desintegradas
en el camino: los maridos son separados de las mujeres y los niños arrancados de los
pechos de las madres.

Capítulo II
El exterminio de los yaquis
Mi propósito auténtico al hacer el viaje a Yucatán fue averiguar qué sucedía con los indios
yaquis de Sonora. Junto con miles de norteamericanos que hemos vivido muchos años en
nuestras regiones del Sudoeste y cerca de la frontera de México, ya sabía algo de los
suftimientos de los yaquis en su Estado nativo, de los medios que se emplearon para
obligarlos a rebelarse, de la confiscación de sus tierras, de los métodos de exterminio
usados por el ejército, de la voz indignada de los elementos sensatos de Sonora, y
finalmente, de la radical orden del presidente Díaz para que los yaquis fueran deportados.
Sabía que esta orden se estaba cumpliendo y que cientos de familias eran recogidas cada
mes para ser enviadas al exilio; pero, ¿qué suerte les esperaba al final del camino? La
respuesta era siempre vaga, indefinida, nada satisfactoria. Aun los mexicanos mejor
informados de la metrópoli, no podían decirme nada. Después que los desterrados yaquis
embarcaban en el puerto de Veracruz caía el telón tras de ellos. Fui a Yucatán para
presenciar, si era posible, el acto final del drama de la vida del yaqui ... y lo presencié.
Se extermina a los yaquis, y rápidamente. No hay lugar a controversia a este respecto: la
única discusión posible se refiere tan sólo a si los yaquis merecen o no ser exterminados.
Sin duda es cierto que una parte de ellos se ha negado a aceptar el destino que el gobierno
les señaló. Por otra parte, hay quienes afirman que los yaquis valen tanto como cualesquier
otros mexicanos y merecen la misma consideración por parte de sus gobernantes.

El exterminio de los yaquis empezó con la guerra, y el fin de ellos se está cumpliendo con
la deportación y la esclavitud.
Se llama indios a los yaquis, pero éstos como los mayas de Yucatán, no son indios en el
concepto norteamericano. En los Estados Unidos no los llamaríamos indios, porque son
trabajadores. Desde los tiempos más lejanos que se conocen de su historia, no han sido
nunca salvajes; siempre fueron un pueblo agrícola; cultivan el suelo; descubrieron y
explotaron minas; construyeron sistemas de regadío; edificaron ciudades de adobe;
sostenían escuelas públicas, un gobierno organizado y una fábrica de moneda. Cuando
llegaron los misioneros españoles poseían casi todo ese vasto territorio que se extiende al
sur de Arizona y que hoy comprende el Estado de Sonora.
Son los mejores trabajadores de Sonora, me dijo el coronel Francisco B. Cruz, el mismo
hombre que tiene el encargo de deportarlos a Yucatán, y de quien me ocuparé más adelante.
Un trabajador yaqui vale por dos norteamericanos y por tres mexicanos, declaró E. F.
Trout, un capataz minero de Sonora. Es la gente más fuerte, más sobria y más digna de
confianza que hay en México, señaló otro. El gobierno nos está quitando a nuestros mejores
trabajadores y destruyendo la prosperidad del Estado, me confió uno más. Dice el gobierno
que quiere abrir la comarca yaqui para colonizarla -me dijo S. R. DeLóng secretario de la
Sociedad Histórica de Arizona (Arizona Historical Society) y viejo residente de Sonora-,
pero mi opinión es que los propios yaquis son los mejores colonos que podrían encontrarse.
Tales opiniones se oyen con frecuencia en Sonora, en los Estados fronterizos y también se
leen en publicaciones de la región. Verdaderamente, el yaqui tiene un admirable desarrollo
fisico. Durante mis viajes por México aprendí a reconocerlos a primera vista por sus anchos
hombros, su pecho hondo, sus piernas nervudas y su cara curtida. El yaqui típico es casi un
gigante y su raza es de atletas. Acaso ésa sea la razón por la que no ha doblado la cabeza
para someterse a la voluntad de los amos de México.
Los norteamericanos que son dueños de minas y de ferrocarriles en Sonora se quejan
continuamente contra la deportación de los yaquis, debido a que éstos son muy buenos
trabajadores. Otra opinión que he escuchado muchas veces entre los vecinos de la frontera
señala el respeto que los llamados renegados o yaquis guerreros tienen por la propiedad de
los norteamericanos y de otros extranjeros. Cuando los yaquis tomaron las armas por vez
primera contra el gobierno actual, hace unos 25 años, lo hicieron por causa de una ofensa
recibida. Peleaban casi siempre a la defensiva y, arrojados a las montañas, se vieron
obligados a abandonarlas y a merodear porque así lo exigía su estómago; pero durante
muchos años todo el mundo sabía que rara vez atacaban ellos a los norteamericanos o a
otros pueblos, sino tan sólo a los mexicanos. Por largo tiempo no cometieron desmanes en
los ferrocarriles, ni contra los propietarios de ellos, que en Sonora han sido siempre
norteamericanos.

El origen de los conflictos yaquis se atribuye generalmente a un plan elaborado por cierto
número de políticos que tenían el propósito de apoderarse de las ricas tierras del sur de
Sonora, las cuales eran propiedad de los yaquis desde tiempos inmemoriales. Durante los
últimos 24 años, los únicos gobernadores de Sonora han sido Ramón Corral, vicepresidente
de México, Rafael Izábal y Luis Torres. Estas tres personas han alternado en la gubernatura
del Estado por más de una generación. Como no se efectuaron elecciones populares de
ninguna clase, estos tres amigos no eran responsables absolutamente ante nadie, excepto el
presidente Díaz, y la autoridad de ellos en Sonora ha llegado a ser casi absoluta.
Se sabe que los yaquis tenían legítimos títulos sobre sus tierras cuando Corral, Izábal y
Torres se presentaron en escena. En la época de la conquista española constituían una
nación de cien mil a doscientas mil personas, y algunos historiadores suponen que son una
rama de los aztecas. Los españoles no pudieron subyugarlos completamente y después de
250 años de conflictos, llegaron a concertar con ellos la paz, en la que los yaquis cedieron
una parte de su territorio a cambio del reconocimiento de sus justos derechos de propiedad
sobre el resto, en fe de lo cual el rey de España les otorgó un título firmado por su augusta
mano. Esto sucedió hace cerca de 150 años, y el título real fue respetado por los
gobernantes y jefes de México hasta llegar a Díaz. Durante todo ese tiempo, los yaquis
vivieron en paz con el mundo y se ganaron la reputación de gente pacífica, pero al gobierno
de Díaz tocó provocarlos a la guerra.
Durante estos años de paz, los yaquis vinieron a ser parte solidaria de la nación mexicana;
vivían como los demás mexicanos; tenían sus propias granjas y sus propios hogares y
pagaban impuestos como el resto de los mexicanos. Durante la guerra contra Maximiliano,
enviaron soldados para ayudar a México, y muchos de ellos se distinguieron por su brillante
actuacion.
Pero los yaquis fueron incitados a la guerra. Los hombres que estaban a la cabeza del
gobierno de Sonora deseaban sus tierras y vieron una oportunidad de lucro cuando el
Estado mandó un cuerpo militar; por eso hostilizaron a los yaquis. Enviaron supuestos
agrimensores al valle del Yaqui para poner mojones en la tierra y decir a la gente que el
gobierno había decidido regalársela a unos extranjeros. Confiscaron 80 mil pesos que el
jefe Cajeme tenía depositados en un banco; finalmente, enviaron hombres armados a
arrestar a Cajeme, como no pudieron encontrarlo, prendieron fuego a su casa y a las de los
vecinos y abusaron de las mujeres del pueblo no respetando siquiera a la mujer del propio
Cajeme. Desde entonces los yaquis se vieron obligados a pelear.
A partir de ese día, hace 25 años, el gobierno de México ha mantenido casi continuamente
en el territorio un ejército contra este pueblo con un contingente que varía entre dos mil y
seis mil hombres. En la lucha han muerto decenas de miles de yaquis y de soldados, y
muchos centenares de aquéllos fueron ejecutados después de hechos prisioneros. A los
pocos años de lucha, fue capturado el jefe Cajeme, al que ejecutaron públicamente delante

de muchos yaquis que habían caído prisioneros con él. En seguida fue elegido jefe
Tetabiate, también yaqui, para ocupar el lugar de Cajeme, y la lucha prosiguió. Finalmente,
en 1894, de modo repentino, les arrebataron las tierras.
Por decreto del gobierno federal se les quitaron las mejores y las traspasaron a un solo
hombre, el general Lorenzo Torres, que hoy es jefe militar en Sonora y que por entonces
era segundo en el mando.
Al gobierno se le señala como culpable de las más horribles atrocidades. Santa de Cabora,
escritor mexicano, cita estos dos casos:
El 17 de mayo de 1892, el general Otero, del ejército mexicano, ordenó aprehender a los
yaquis, hombres, mujeres y niños que había en la ciudad de Navojoa y colgó a tantos que
agotaron las cuerdas disponibles, siendo necesario usar cada una de ellas cinco o seis veces.
Un coronel del ejército, Antonio Rincón, en julio de 1892, tomó prisioneros a doscientos
yaquis, hombres, mujeres y niños, y los embarcó en el cañonero El Demócrata, echándolos
después al agua entre la desembocadura del río Yaqui y el puerto de Guaymas, pereciendo
todos ellos.
En la frontera mexicana circuló la noticia de que un incidente similar al anterior había
ocurrido en febrero de 1908. El coronel Francisco B. Cruz, que tenía a su cargo a los
desterrados y que dice haber estado a bordo del cañonero y haber presenciado el incidente,
me declaró, sin embargo, que esa noticia no era cierta. Los yaquis se ahogaron -me dijo-,
pero no fueron culpables las autoridades. Teniendo en cuenta que el gobierno en esa época
no mataba a los yaquis que podía aprehender y vender, la versión del coronel Cruz puede
tomarse como correcta.
- Fue suicidio ..., nada más que suicidio -aseveró el coronel-. Esos indios quisieron frustrar
la ganancia que nos correspondía como comisión y por eso arrojaron a sus hijos al mar y
saltaron tras de ellos. Yo estaba a bordo y lo vi todo. Oí un grito agudo y vi a algunos de los
tripulantes corriendo hacia el lado de estribor. Algunos yaquis estaban en el agua. Entonces
se oyó un grito del lado de babor y vi a los yaquis saltando sobre la borda por ese lado.
Soltamos botes, pero fue inútil; todos se ahogaron antes que pudiéramos llegar hasta ellos.
Todo soldado que mate a un yaqui -me dijo un médico militar que sirvió dos años en las
tropas que combatían a los yaquis y a quien conocí en la ciudad de México- percibe una
recompensa de cien dólares. Para probar su hazaña, el soldado tiene que presentar las orejas
de su víctima. Traigan las orejas, es la orden de los oficiales. Con frecuencia he visto una
compañía de soldados formados en una plaza y a algunos de ellos recibir cien dólares, por
un par de orejas.
A veces son capturados pequeños grupos de indios y, cuando yo estaba en el ejército, era
costumbre ofrecer a los hombres libertad y dinero si conducían a las tropas por los caminos

escondidos de la montaña en donde se hacían fuertes sus amigos. La alternativa era
colgarlos, pero nunca vi que uno de estos cautivos fuera traidor. Que me cuelguen, gritaban,
y he visto a alguno de ellos correr, ponerse la cuerda alrededor del cuello y pedir que la
apretasen inmediatamente para no tener que soportar otra vez un insulto tan ruin.
Tengo ante mí una carta firmada por G. G. Lelevier, antiguo miembro del Partido Liberal
Mexicano y director de uno de sus periódicos en los Estados Unidos, de quien se dice que
se puso después a favor de la causa del gobierno. La carta dice, comentando una fotografia
que muestra a un grupo de yaquis colgados de un árbol en Sonora:
Esta fotografía se parece mucho a otra tomada en el río Yaqui cuando el general Angel
Martínez estaba al mando del ejército mexicano de ocupación. Este general tenía la
costumbre de colgar gente porque no podía decirle dónde se encontraban en aquel momento
los yaquis insurrectos, y llegó al extremo de lazar a las mujeres de los yaquis y colgarlas
también. Así siguió hasta que el jefe de la comisión geográfica comunicó los hechos a la
ciudad de México, amenazando con renunciar si continuaban esos procedimientos.
Entonces, fue retirado ese monstruo.
Pero más tarde, el gobernador Rafael Izábal (debe haber sido en 1902) hizo una incursión
en la isla Tiburón, donde se habían refugiado algunos yaquis pacíficos, y sin más trámites
ordenó a los indios seris que le trajeran la mano derecha de cada uno de los yaquis que allí
hubiera, con la alternativa para los seris de ser a su vez exterminados. El doctor Boidó tomó
una fotografia y en ella se podía ver al gobernador riéndose a la vista de un racimo de
manos que le presentaban colgando del extremo de un palo. Esta fotografia llegó a
publicarse en el periódico El Imparcial de la Ciudad de México, haciendo escarnio de las
hazañas del gobernador Izábal.
En 1898 se dotó por primera vez a las tropas del gobierno con rifles mauser mejorados, y en
ese año entraron en contacto y destruyeron a un ejército de yaquis en Mazacoba,
contándose los muertos en más de mil. La guerra terminó empatada. Después ya no hubo
grandes batallas; a los guerreros yaquis simplemente se les cazaba, y millares de ellos
optaron por rendirse. Sus jefes fueron ejecutados, y a los que se habían rendido se les cedió
para ellos y sus familias nuevo territorio más al norte donde se establecieron como si fuera
tierra de promisión; pero resultó ser un desierto y uno de los lugares más inhóspitos de toda
América; de modo que los yaquis se trasladaron a otros lugares del Estado, convirtiéndose
algunos en obreros de las minas, otros encontraron empleo en los ferrocarriles y el resto
como peones agrícolas. Parte de la tribu yaqui perdió su identidad y se mezcló con los
pueblos cercanos; y es a estos yaquis pacíficos a los que se aprehende y se deporta a
Yucatán.
Unos cuantos yaquis, quizá cuatro o cinco mil, han seguido luchando por sus tierras;
situados en picos accesibles, se han fortificado en lo alto de la sierra del Bacatete, que

bordea lo que era antes su país. Por allí corren manantiales perennes de agua fresca, y en
aquellos acantilados casi perpendiculares construyeron sus hogares, plantaron maíz,
establecieron a sus familias y cantan, a veces, a los fértiles valles que una vez fueron suyos.
Varios miles de soldados siguen persiguiéndolos y aunque los soldados no pueden llegar a
esas alturas de la sierra, acechan a los indios en las cañadas y disparan contra ellos cuando
bajan a comprar carne, telas u otros artículos que necesitan para su subsistencia.
Muchos pequeños grupos de estos llamados renegados han sido destruidos; otros han sido
capturados y ejecutados. Han circulado rumores de paz que después se han desmentido, y
se han celebrado conferencias de paz con el gobierno, pero han fracasado porque los
renegados no podían obtener la garantía de que no serían ejecutados o deportados después
de rendirse. En enero de 1909, el gobernador Torres publicó oficialmente la noticia de que
el jefe Bule y varios cientos de sus guerreros se habían rendido condicionalmente; pero
algunos conflictos posteriores demostraron que el anuncio había sido prematuro. Hay por lo
menos varios centenares de yaquis en los despeñaderos del Bacatete que se niegan a
rendirse; están fuera de la ley, no tienen comunicación con el mundo, no tienen relación
con el elemento pacífico de su raza que está disperso por todo el Estado de Sonora y, sin
embargo, la existencia de este puñado de renegados es la única excusa que tiene el gobierno
para aprehender a pacíficas familias mexicanas y deportarlas a razón de quinientas por mes.
¿Por qué se hace sufrir a una porción de mujeres, de niños y de viejos, sólo porque algunos
de sus parientes en cuarto grado están luchando allá lejos, en las montañas? El médico
militar con quien hablé en México respondió a esta pregunta en términos muy enérgicos.
- ¿La razón? -dijo-. No hay razón. Se trata solamente de una excusa, y la excusa es que los
que trabajan contribuyen a sostener a los que luchan; pero si esto es verdad, lo es en
mínima parte, pues la gran mayoría de los yaquis no se comunican con los combatientes.
Puede haber algunos culpables, pero no se hace absolutamente ningún intento para
descubrirlos, de manera que por lo que un puñado de yaquis patriotas estén acaso haciendo;
se hace sufrir y morir a decenas de miles. Es como si se incendiase a toda una ciudad
porque uno de sus habitantes hubiera robado un caballo.
La deportación de yaquis a Yucatán y a otras partes de México bajo el régimen esclavista
empezó a tomar grandes proporciones cerca de 1905, comenzando en pequeña escala para
aumentar después.
Finalmente, en la primavera de 1908, se publicó en periódicos norteamericanos y
mexicanos una orden del presidente Díaz disponiendo de modo terminante que todos los
yaquis, dondequiera que se encontrasen, fueran hombres, mujeres o niños, deberían ser
apresados por la Secretaría de Guerra y deportados a Yucatán.
Durante mis viajes a México inquirí muchas veces respecto a la autenticidad de esta noticia,
y me la confirmaron plenamente. La confirmaron funcionarios públicos de la ciudad de

México, y el coronel Cruz principal encargado de deportar a los yaquis, y es indudable que
esa orden, cualquiera que fuera su procedencia, se cumplía. Se capturaban diariamente
trabajadores yaquis en las minas, en los ferrocarriles y en las fincas -antiguos trabajadores
que nunca habían tenido un rifle- mujeres, muchachos y niños, viejos o jóvenes, débiles o
fuertes. Custodiados por soldados y rurales iban en grupos hacia el exilio. Y hay otros
indígenas, además de los yaquis, que siguen el mismo camino: pimas y ópatas, otros indios
mexicanos y cualquier gente de piel oscura, que por ser pobre e incapaz de defenderse, han
sido capturados, fichados como yaquis y enviados a la tierra del henequén. ¿Cuál es allí su
suerte? Esto es lo que fui a averiguar en Yucatán.
El secreto que está en la raíz de todo el problema yaqui me fue revelado y resumido en
pocas palabras por el coronel Francisco B. Cruz, del ejército mexicano, en una de las más
importantes entrevistas que celebré durante mi estancia en México.
Durante los últimos cuatro años, este oficial ha tenido a su cargo la deportación de todos los
yaquis a Yucatán. Tuve la suerte de tomar pasaje en el mismo vapor que él al regresar de
Progreso a Veracruz. Es un veterano del ejército, corpulento, agradable, conversador, de
unos sesenta años. La gente de a bordo nos destinó el mismo camarote, y como el coronel
tenía algunos pases del gobierno que esperaba venderme, pronto entramos en el terreno
confidencial.
- Durante los últimos tres años y medio -me dijo-, he entregado exactamente en Yucatán
quince mil setecientos yaquis; entregados, fíjese usted, porque hay que tener presente que el
gobierno no me da suficiente dinero para alimentarlos debidamente y del diez al veinte por
ciento mueren en el viaje. Estos yaquis -continuó- se venden en Yucatán a sesenta y cinco
pesos por cabeza; hombres, mujeres y niños. ¿Quién recibe el dinero? Bueno, diez pesos
son para mí en pago de mis servicios; el resto va a la Secretaría de Guerra. Sin embargo,
esto no es más que una gota de agua en el mar, pues lo cierto es que las tierras, casa, vacas,
burros, en fin, todo lo que dejan los yaquis abandonado cuando son aprehendidos por los
soldados, pasa a ser propiedad privada de algunas autoridades del Estado de Sonora.
De manera que de acuerdo con lo que dice este hombre, que ya ha logrado para sí una
fortuna de por lo menos $157 mil en este negocio, se deporta a los yaquis por el dinero que
produce la maniobra: primero por el dinero que da la apropiación de sus bienes, y segundo
por el dinero obtenido con la venta de sus personas. Me aseguró que las deportaciones no
cesarían mientras no se hubiera ganado el último centavo en el negocio. El grupo de
funcionarios que se ha alternado en el gobierno de Sonora durante los últimos veinticinco
años se cuidará de eso, agregó.
Estas pequeñas confidencias me las transmitió el coronel simplemente como detalles de una
charla interesante con un extranjero inofensivo. No tenía la idea de acusar a los

funcionarios y ciudadanos cuyos nombres había mencionado. No expresó objeción alguna
contra el sistema; más bien se vanagloriaba.
- En los últimos seis meses -me dijo el gordo coronel- he trasladado a tres mil yaquis a
razón de quinientos mensuales. Esa es la capacidad de los barcos del gobierno que navegan
entre Guaymas y San Blas, pero confio en que para fin de año aumentará el número. Acabo
de recibir órdenes de traer otros mil quinientos a Yucatán tan rápidamente como pueda. Ah,
sí, debo hacer fortunita antes que este asunto termine, pues hay por lo menos cien mil
yaquis más que trasladar. ¡Cien mil más disponibles! -repitió al oír mi exclamación-. Sí,
cien mil, ni uno menos. Claro es que no todos son yaquis, pero ...
Y el principal delegado del presidente Díaz para la deportación de la gente trabajadora de
Sonora, meciéndose en el puente del barco de carga, me lanzó una sonrisa que era muy
significativa, demasiado, sí, terriblemente significativa.
Capítulo III
En la ruta del exilio
Los yaquis que se dirigen a Yucatán, al llegar al puerto de Guaymas, Son., abordan un
barco de guerra del gobierno hasta el puerto de San BIas. Después de cuatro o cinco días de
travesía, desembarcan y son conducidos a pie a través de una de las sierras más abruptas de
México, desde San BIas a Tepic y desde Tepic a San Marcos. Tal vez en línea recta, la
distancia sea de poco más de 160 kilómetros, pero con los rodeos del camino se duplica la
distancia y requiere de quince a veinte días de viaje. Se hace alto en unos campos de
concentración a lo largo de la ruta, así como en las ciudades principales. Durante el camino
se desintegran las familias; esto sucede principalmente en Guaymas, San Marcos,
Guadalajara y la ciudad de México. Desde San Marcos, se lleva a estos infortunados por el
Ferrocarril Central Mexicano hasta la ciudad de México, y desde ésta por el Ferrocarril
Interoceánico hasta Veracruz. Aquí se les amontona en un barco de carga de la Compañía
Nacional, y al cabo de dos a cinco días desembarcan en Progreso, donde son entregados a
los consignatarios que los esperan.
En el viaje a Yucatán, mi compañero L. Gutiérrez de Lara y yo vimos bandas de
desterrados yaquis; los vimos en los encierros de los cuarteles del ejército en la ciudad de
México; nos juntamos con una cuerda de ellos en Veracruz, en fin, navegamos con ellos de
Veracruz a Progreso.
Había 104 amontonados en la sucia bodega de popa del vapor carguero Sinaloa, en el cual
embarcamos. Creíamos que sería dificil encontrar la oportunidad de visitar este antro
infecto; pero afortunadamente nos equivocamos. Los guardias cedieron fácilmente a unas
palabras amistosas, y apenas había iniciado el barco su marcha, mi compañero y yo
estábamos sentados sobre unas cajas en la bodega, junto a un grupo de desterrados reunido

alrededor de nosotros; algunos de ellos, ansiosos de tabaco, chupaban furiosamente los
cigarillos que les obsequiamos, Y otros mordían silenciosamente plátanos, manzanas y
naranjas que también les habíamos regalado.
Entre ellos había dos viejos de más de cincuenta años: uno era pequeño, de facciones
agudas, hablador, vestido con un overall norteamericano, blusa de trabajo, zapatos, y
sombrero de fieltro, y con fisonomía y maneras de un hombre civilizado; el otro era alto,
silencioso, impasible, embozado hasta la barba con un sarape de colores vivos, única
prenda útil que había logrado sacar de sus pertenencias cuando los soldados lo apresaron.
Había allí también un magnífico atleta de menos de treinta años, que llevaba en brazos a
una delicada niña de dos años; una mujer de cara agresiva, de unos cuarenta años, contra la
cual se oprimía una de diez que temblaba y temblaba presa de un ataque de malaria; dos
muchachos fornidos sentados en cuclillas al fondo, que sonreían medio atontados a nuestras
preguntas; mujeres sucias, casi la mitad de ellas con niños de pecho; además había un
asombroso número de criaturas regordetas, de piernas desnudas, que jugaban
inocentemente en el suelo o nos miraban a distancia con sus grandes ojos negros.
- ¿Revolucionarios? -pregunté al hombre con overall y blusa.
- No; trabajadores.
- ¿Yaquis?
- Sí, un yaqui -dijo, señalando a su amigo el de la cobija-. Los demás somos pimas y
ópatas.
- Entonces, ¿por qué aquí?
- Ah, todos somos yaquis para el general Torres. Él no hace distinción. Si uno es de tez
oscura y viste como yo, es un yaqui para él. No investiga ni hace preguntas ..., lo detiene a
uno.
- ¿De dónde es usted? -pregunté al viejo.
- La mayoría de nosotros somos de Ures. Nos capturaron durante la noche y nos llevaron
sin darnos tiempo para recoger nuestras cosas.
- Yo soy de Horcasitas -habló el joven atleta con la niña en brazos-. Yo estaba arando en mi
tierra cuando llegaron y no me dieron tiempo ni a desuncir mis bueyes.
- ¿Dónde está la madre de la niña? -pregunté con curiosidad al joven padre.
- Murió en San Marcos -contestó apretando los dientes- la mató la caminata de tres semanas
por los montes. He podido quedarme con la pequeña ... hasta ahora.

- ¿Algunos de ustedes opusieron resistencia cuando los soldados llegaron a aprehenderlos?
-pregunté.
- No -dijo el viejo de Ures-. Nos entregamos pacíficamente; no tratamos de escapar. -Y
continuó con una sonrisa-. Los oficiales tenían más trabajo cuidando de sus hombres, de sus
soldados, para impedir que huyeran y desertaran, que con nosotros.
- Al principio éramos en Ures ciento cincuenta y tres -siguió el viejo-, todos trabajadores
del campo. Trabajábamos para pequeños rancheros, gente pobre, que no tenía a su servicio
más de media docena de familias. Un día, un agente del gobierno visitó la región y ordenó a
los patrones que dieran cuenta de todos sus trabajadores. Los patrones obedecieron, pues no
sabían de qué se trataba hasta pocos días después, cuando llegaron los soldados. Entonces
se enteraron y se dieron cuenta de que la ruina era tanto para ellos como para nosotros.
Suplicaron a los oficiales diciendo: Este es mi peón, es un buen hombre; ha estado conmigo
durante veinte años; lo necesito para la cosecha.
- Es verdad -interrumpió la mujer con la niña consumida por la fiebre-. Hemos estado con
Carlos Romo durante veintidós años. La noche que nos capturaron éramos siete; ahora
somos dos.
- Y nosotros hemos trabajado para Eugenio Morales dieciséis años -habló otra mujer.
- Sí -prosiguió el que llevaba la voz cantante-, nuestros patrones siguieron suplicando; pero
fue inútil. Algunos nos siguieron todo el camino hasta Hermosillo. Eran Manuel Gándara,
José Juan López, Franco Téllez, Eugenio Morales, los hermanos Romo, José y Carlos. Allí
los puede usted encontrar y le dirán que lo que decimos es cierto. Siguieron tras de
nosotros; pero fue inútil. Tuvieron que volver para buscar en vano trabajadores en nuestras
casas vacías. Habíamos sido robados ... ya ellos los habían despojado.
- Murieron en el camino como ganado hambriento -continuó el viejo de Ures-. Cuando uno
caía enfermo, nunca sanaba. Una mujer que estaba muy enferma cuando salimos, pidió que
la dejasen, pero no quisieron. Fue la primera en caer; sucedió en el tren, entre Hermosillo y
Guaymas.
- Pero la parte más dura del camino fue entre San Blas y San Marcos. ¡Aquellas mujeres
con niños! ¡Era terrible! Caían en tierra una tras otra. Dos de ellas ya no pudieron
levantarse y las enterramos nosotros mismos, allí, junto al camino.
- Había burros en San Blas -interrumpió una mujer-, y mulas y caballos. Oh, ¿cómo no nos
dejaron montarlos? Pero nuestros hombres se portaron muy bien. Cuando se cansaban las
piernecitas de los niños, nuestros hombres los cargaban en hombros. Y cuando las tres
mujeres con embarazo muy adelantado no pudieron caminar más, nuestros hombres
hicieron parihuelas de ramas, turnándose para cargarlas. Sí, nuestros hombres se portaron
bien; pero ya no están aquí. Ya no los veremos más.

- Los soldados tuvieron que arrancarme de mi marido -dijo otra-, y cuando yo lloraba se
reían. A la noche siguiente, vino un soldado y quiso abusar de mí; pero me quité los zapatos
y le pegué con ellos. Sí, los soldados molestaban a las mujeres con frecuencia.
especialmente la semana que estuvimos pasando hambre en la ciudad de México; pero
siempre las mujeres los rechazaron.
- Yo tengo una hermana en Yucatán -dijo una joven de menos de veinte años-. Hace dos
años se la llevaron. Tan pronto como lleguemos, trataré de encontrarla. Nos
acompañaremos mutuamente, ahora que me han quitado a mi marido. Dígame. ¿hace tanto
calor en Yucatán como dicen? No me gusta el calor; pero si me dejan vivir con mi hermana.
no me importa.
- ¿A quién pertenecen todas estas criaturas, estos muchachos, todos del mismo tamaño? pregunté.
- ¡Quién sabe! -respondió una anciana-. Sus padres han desaparecido, lo mismo que
nuestros niños. Nos quitan a nuestros hijos y nos entregan hijos de extraños; y cuando
empezamos a querer a los nuevos, también se los llevan. ¿Ve usted a esa mujer acurrucada
allí con la cara entre las manos? Le quitaron a sus cuatro pequeños en Guadalajara y no le
han dejado nada. ¿A mí? Sí, me quitaron a mi marido. En más de treinta años no nos
habíamos apartado una sola noche; pero eso nada importa; ya no está. Pero acaso tengo
suerte; todavía tengo a mi hija. ¿Cree usted que nos juntaremos con nuestros maridos de
nuevo en Yucatán?
Cuando pasamos frente al faro de Veracruz, una ola impulsada por el viento norte se
estrelló contra el costado del barco y el agua empezó a entrar a chorros por las ventanillas
más bajas, inundando el alojamiento de los infelices desterrados; éstos salieron al puente,
pero allí se encontraron con un aguacero que los hizo regresar a la bodega. Entre ésta y la
popa, inundadas ambas, los exilados pasaron la noche; y cuando en la mañana temprano
navegábamos por el río Coatzacoalcos, me dirigí de nuevo a popa y los encontré tirados en
el puente, todos ellos mojados y temblando, y algunos retorciéndose víctimas de fuerte
mareo.
Navegamos cuarenta y cuatro kilómetros aguas arriba del Coatzacoalcos, anclamos en la
orilla y pasamos un día embarcando ganado de la región para el mercado de carne de Nueva
Orleans. Se pueden meter por el portillo del costado de un buque doscientos animales
grandes en el término de dos horas; pero estos toros eran salvajes como lobos, y había que
medio matar a cada uno antes que consintieran en recorrer la estrecha pasarela. Una vez a
bordo, colocados a ambos lados del barco, luchaban, pateaban y mugían como sirenas de
vapor; varios rompieron las reatas que les habían amarrado a la cabeza y destruyeron la
débil valla colocada para impedir que invadieran otras secciones del puente. En un espacio
libre de la popa, rodeados en tres lados por los inquietos y mugidores animales, estaba el

alojamiento de los yaquis. No había más elección que quedarse allí y correr el riesgo de
verse pisoteado, o salir al puente superior al aire libre. Durante los siguientes cuatro días
del viaje, uno de los cuales lo ocupamos en esperar que pasara un norte, los yaquis
prefirieron el puente.
Por fin llegamos a Progreso. Al tomar el tren para Mérida vi cómo metían a nuestros
compañeros de viaje en los coches de segunda clase. Bajaron en la pequeña estación de San
Ignacio, tomaron rumbo a una hacienda perteneciente al gobernador Olegario Molina, y ya
no los vimos más.
Pronto me enteré en Yucatán de lo que hacían con los desterrados yaquis. Éstos son
enviados a las fincas henequeneras como esclavos, exactamente en las mismas condiciones
que los cien mil mayas que encontramos en las plantaciones. Se les trata como muebles;
son comprados y vendidos, no reciben jornales; pero los alimentan con frijoles, tortillas y
pescado podrido. A veces son azotados hasta morir. Se les obliga a trabajar desde la
madrugada hasta al anochecer bajo un sol abrasador, lo mismo que a los mayas. A los
hombres los encierran durante la noche y a las mujeres las obligan a casarse con chinos o
con mayas. Se les caza cuando se escapan, y son devueltos por la policía cuando llegan a
sitios habitados. A las familias desintegradas al salir de Sonora, o en el camino, no se les
permite que vuelvan a reunirse. Una vez que pasan a manos del amo, el gobierno no se
preocupa por ellos ni los toma ya en cuenta; el gobierno recibe su dinero y la suerte de los
yaquis queda en manos del henequenero. Vi a muchos yaquis en Yucatán; hablé con ellos,
vi cómo los azotaban. Una de las primeras cosas que presencié en una hacienda yucateca
fue cómo apaleaban a un yaqui. Se llamaba Rosanta Bajeca.
El acto estaba teatralmente preparado, aunque quizá no de modo intencional. Eran las 3:45
de la madrugada, inmediatamente después de pasar lista los peones. Éstos formaron frente a
la tienda de la finca, bajo los débiles destellos de las linternas, colocadas en la parte
superior de la fachada, que alumbraban apenas las oscuras fisonomías, y las siluetas de un
blanco sucio. Había 700 hombres. De cuando en cuando, la luz de las lámparas era un poco
más viva y llegaba hasta los altos árboles tropicales que, muy próximos entre sí, rodeaban
el patio en cuyo suelo crecía hierba. Bajo las linternas, y dando frente a la andrajosa horda,
estaban el administrador, el mayordomo primero y los jefes menores, así como los
mayordomos segundos, el mayocol y los capataces.
-¡Rosanta Bajeca!
Este nombre, gritado por la voz del administrador, hizo salir del grupo a un joven yaqui de
cuerpo regular, nervudo, de facciones finas, cabeza bien formada sobre hombros cuadrados,
con quijada prominente y firme, y ojos oscuros y hondos que lanzaban miradas rápidas de
uno a otro lado del círculo que lo rodeaba, como las lanzaría un tigre al que se hiciera salir
de la selva para caer en medio de varios cazadores.

- ¡Quítate la camisa! -ordenó ásperamente el administrador. Al oír estas palabras, el jefe y
los capataces rodearon al yaqui. Uno de ellos alargó el brazo para arrancarle la prenda; pero
el yaqui rechazó la mano que se acercaba y con la rapidez de un gato, eludió un palo que
por el otro lado se dirigía a su cabeza. Fue un instante nada más; con el odio reflejado en
sus ojos mantuvo a raya al círculo que lo rodeaba; pero con un movimiento de conformidad
los hizo retirarse un poco y de un solo tirón se quitó la camisa por la cabeza, dejando al
desnudo su bronceado y musculoso torso, descolorido y marcado con cicatrices de
anteriores latigazos. Sumiso, pero digno, se mantuvo allí como un jefe indio cautivo de los
de hace un siglo, esperando con desprecio ser torturado por sus enemigos.
Los esclavos presentes miraban con indiferencia. Era un pelotón de trabajadores, alineados
de seis en fondo, sucios, con calzones de manta que les llegaban apenas a los tobillos y
enrrollados a la altura de la rodilla; camisas del mismo material, con muchos agujeros que
dejaban ver la bronceada piel; piernas desnudas; pies descalzos; deteriorados sombreros de
palma que sostenían respetuosamente en la mano ... Era un grupo zarrapastroso que trataba
de ahuyentar el sueño y parpadeaba ante las débiles linternas. Había allí tres razas: el maya
de aguda faz y alta frente, aborigen de Yucatán; el alto y recto chino y el moreno y fuerte
yaqui de Sonora.
A la tercera orden del administrador salió de entre los esclavos espectadores un gigantesco
chino. Agachándose, cogió de las muñecas al silencioso yaqui y en un instante estaba
derecho con el yaqui sobre sus espaldas, tal como carga a un niño cansado alguno de sus
mayores.
Nadie había en todo aquel grupo que no supiera lo que se preparaba; pero sólo cuando un
capataz alcanzó una cubeta que estaba colgada a la puerta de la tienda se notó cierta tensión
de nervios entre aquellos 700 hombres. El extraordinario verdugo, llamado mayocol, un
bruto peludo de gran pecho, se inclinó sobre la cubeta y metió las manos hasta el fondo en
el agua. Al sacarlas, las sostuvo en alto para que se vieran cuatro cuerdas que chorreaban,
cada una de ellas como de un metro de largo. Las gruesas y retorcidas cuerdas parecían
cuatro hinchadas serpientes a la escasa luz de las lámparas; y a la vista de ellas, las
cansadas espaldas de los 700 andrajosos se irguieron con una sacudida; un involuntario
jadeo se escuchó entre el grupo. La somnolencia desapareció de sus ojos. Por fin estaban
despiertos, bien despiertos.
Las cuerdas eran de henequén trenzado, apretadas, gruesas y pesadas, propias para el fin
especial a que las dedicaban. Una vez mojadas, para hacerlas más pesadas y cortantes,
resultaban admirablemente ajustadas para el trabajo de limpia, como se denomina al castigo
corporal en las haciendas de Yucatán.
El velludo mayocol escogió una de las cuatro, dejó las otras tres y retiró la cubeta, mientras
el enorme chino se colocaba en tal forma que el desnudo cuerpo de la víctima quedase a la

vista de sus compañeros. El drama era viejo para todos ellos, tan viejo que los ojos estaban
cansados de verlo tantas veces; pero, a pesar de todo, no podía dejar de impresionarlos.
Cada uno de los peones sabía que le llegaría su hora, si es que no les había llegado ya, y
ninguno tenía suficiente fuerza de ánimo para dar la espalda al espectáculo.
Deliberadamente el mayocol midió la distancia y con igual deliberación alzó en alto el
brazo y lo dejó caer rápidamente; el látigo silbó en el aire y cayó, con un sonido seco sobre
los hombros bronceados del yaqui.
El administrador, un hombre pequeño y nervioso que no cesaba de hacer gestos, aprobó con
un movimiento de cabeza y consultó su reloj; el mayordomo, grandote, impasible, sonrió
levemente; la media docena de capataces se inclinaron en su ansiedad un poco más hacia el
suelo; el pelotón de esclavos se movió como empujado por una fuerza invisible, y dejaron
escapar un segundo suspiro, doloroso y agudo, como aire que se escapa de una garganta
cortada.
Todos los ojos eran atraídos por esa escena a la incierta luz del amanecer: el gigante chino,
ahora un poco inclinado hacia adelante, con el cuerpo desnudo del yaqui sobre sus
hombros; las largas, desiguales y lívidas cicatrices que señalaban los golpes de la cuerda
mojada; el lento, deliberadamente lento mayocol; el administrador con el reloj en la mano,
indicando su aprobación; el sonriente mayordomo; los absortos capataces.
Todos contuvieron la respiración en espera del segundo golpe. Yo contuve la mía, por
momentos que me parecieron años, hasta que creí que la cuerda no caería más. Sólo cuando
vi la señal que el administrador hizo con el dedo, supe que los golpes se medían con reloj y
sólo hasta después de terminado el espectáculo supe que, para prolongar la tortura, el
tiempo señalado entre cada golpe era de seis segundos.
Cayó el segundo latigazo, y el tercero, y el cuarto. Los contaba al caer con intervalos de
siglos. Al cuarto azote, la fuerte piel bronceada se cubrió de pequeños puntos escarlata que
estallaron y dejaron correr la sangre en hilillos. Al sexto, la reluciente espalda perdió su
rigidez y empezó a estremecerse como una jalea. Al noveno azote un gemido nació en las
entrañas del yaqui y encontró salida al aire libre. Pero; ¡que gemido! Aún lo puedo oír
ahora; un gemido duro, tan duro como si su dureza la hubiera adquirido al pasar a través de
un alma de diamante.
Por fin, cesaron los azotes, que fueron quince. El administrador, con un ademán final,
guardó su reloj; el gigante chino soltó las manos con que sujetaba las morenas muñecas del
yaqui y éste cayó al suelo como un costal. Quedó allí por un momento, con la cara entre los
brazos y con su estremecida y ensangrentada carne al descubierto hasta que un capataz se
adelantó y le dio un puntapié en el costado.

El yaqui levantó la cabeza, dejando ver un par de ojos vidriosos y una cara contorsionada
por el dolor. Un momento después ya se había levantado e iba con pasos vacilantes a
reunirse con sus compañeros. En ese momento se rompió el silencio y la ansiedad de 700;
se agitaron las filas y se elevó un rumor de palabras entre toda aquella muchedumbre. La
limpia especial de aquella mañana había terminado y cinco minutos más tarde, el trabajo
diario de la finca había dado comienzo.
Naturalmente, yo hice algunas preguntas acerca de Rosanta Bajeca para averiguar qué
delito había cometido para merecer quince azotes con la cuerda mojada. Confirmé que
hacía un mes que estaba en Yucatán y sólo tres días que lo habían llevado al campo con una
cuadrilla de macheteros para cortar pencas de henequén. La cuota regular exigida a cada
esclavo era de dos mil pencas diarias, ya Bajeca le concedieron tres días para que adquiriera
la destreza necesaria para cortar esa cantidad de hojas; pero él no había cumplido. Esa era
la causa de los azotes. No había cometido ninguna otra falta.
- Me extraña -le hice notar a un capataz- que este yaqui no se soltase de la espalda del
chino. Me extraña, que no pelease. Parece un hombre valiente; tiene aspecto de luchador.
El capataz se sonrió.
- Hace un mes, peleaba -fue su respuesta-, pero un yaqui aprende muchas cosas al mes de
estar en Yucatán. A pesar de todo, hubo un momento en que creíamos que este perro no
aprendería nunca. De vez en cuando nos llega alguno de esa laya; nunca aprenden; no valen
el dinero que se paga por ellos.
- Cuénteme algo acerca de éste -le urgí.
- Luchó, eso es todo. El día que llegó, se le puso a trabajar cargando atados de hojas en el
montacargas que las sube a la desfibradora. El mayordomo, sí, el mayordomo primero pasó
por allá y pinchó al hombre en el estómago con el bastón. Medio minuto después, doce de
nosotros estábamos luchando para arrancar, a ese lobo yaqui de la garganta del
mayordomo. Lo dejamos sin comer durante un día y después lo sacamos para hacerle una
limpia; pero peleó con uñas y dientes hasta que un capataz lo derribó a golpes con el
contrafilo del machete. Después de eso, probó la cuerda diariamente durante algún tiempo;
pero todos los días por lo menos durante una semana, se resistía como loco hasta que
besaba la tierra bajo el golpe de una cachiporra. Pero nuestro mayocol nunca falló. Ese
mayocol es un genio. Conquistó al lobo. Estuvo manejando la cuerda hasta que ese terco se
sometió, hasta que se arrastró sollozante, en cuatro patas, a lamer la mano del hombre que
le había pegado.
Durante mis viajes en Yucatán, muchas veces me había llamado la atención el carácter tan
humano de la gente a quien el gobierno mexicano llama yaquis. Los yaquis son indios, no
son blancos; pero cuando se conversa con ellos en un lenguaje mutuamente comprensible,

queda uno impresionado por la similitud de los procesos mentales del blanco y del moreno.
Me convencí pronto de que el yaqui y yo nos parecíamos más en la mente que en el color.
También llegué a convencerme de que las ligas familiares del yaqui significan tanto para él
como las del norteamericano, para éste. La fidelidad conyugal es la virtud cardinal del
hogar yaqui, y parece que no es por causa de alguna antigua superstición tribal, ni por
enseñanzas de los misioneros, sino por una ternura innata que se dulcifica a medida que
pasan los años, hacia la compañera con quien ha compartido la carne, el abrigo y la lucha
por la vida, las alegrías y las tristezas de la existencia.
Una y otra vez presencié demostraciones de ello en el viaje al exilio y en Yucatán. La mujer
yaqui siente tan hondo que le arrebaten brutalmente a su niño como lo sentiría una mujer
norteamericana civilizada. Las fibras del corazón de la esposa yaqui no son más fuertes
contra una separación violenta e inesperada de su esposo que las de una refinada señora de
un dulce hogar norteamericano.
El gobierno mexicano prohibe el divorcio y, por lo tanto, volverse a casar en sus dominios;
pero para el hacendado yucateco todo es posible. Para una mujer yaqui, un hombre asiático
no es menos repugnante que para una mujer norteamericana; sin embargo, una de las
primeras barbaridades que el henequenero impone a la esclava yaqui que acaba de ser
privada de su marido legal a quien ama, es obligarla a casarse con un chino y vivir con él.
- Lo hacemos así -me explicó uno de los hacendados- para que el chino esté más satisfecho
y no tenga deseos de escaparse. Y, además, sabemos que cada niño que nazca en la finca
algún día puede valer de quinientos a mil pesos en efectivo.
La mujer blanca culta moriría de vergüenza y de horror en tal situación; pues así les sucede
a las mujeres morenas de Sonora. Un personaje de la categoría de don Enrique Cámara
Zavala, presidente de la Cámara Agrícola de Yucatán y agricultor millonario me dijo:
- Si los yaquis duran el primer año, generalmente se adaptan bien y son buenos
trabajadores; pero el mal está en que por lo menos dos tercios de ellos mueren en los
primeros doce meses.
En la finca de una de los más famosos reyes del henequén encontramos, unos doscientos
yaquis. Un treinta y tres por ciento de éstos estaban alojados junto a un numeroso grupo de
mayas y chinos; enteramente separados de ellos, en una hilera de chozas nuevas de una sola
pieza rodeada cada una de un pequeño pedazo de tierra sin cultivar; descubrimos a las
mujeres y a los niños yaquis.
Las mujeres se hallaban sentadas en cuclillas en el suelo desnudo, o avivando el fuego de
hornillas con unas ollas, al aire libre. Ni vimos hombres entre ellas, ni yaquis ni chinos,
porque sólo hacía un mes que todos ellos habían llegado de Sonora.

En una de las casas vimos hasta catorce personas alojadas. Había una mujer de más de 50
años, en cuyo rostro se reflejaba la fuerza de un jefe indio y cuyas palabras iban directas a
su objeto como flechas al blanco. Había otra, de tipo hogareño, agradable, de cara ancha,
marcada de viruelas, de palabras amables y cuyos ojos se iluminaban amistosamente a
pesar de sus penas. Había otras dos que vigilaban su hornilla y se limitaban a escuchar.
También se encontraba allí una muchacha quinceañera, casada hacía cuatro meses, pero
sola ahora; era notablemente bonita, de grandes ojos, y boca fresca, sentada con la espalda
apoyada en la pared, que no dejó de sonreír ... hasta que rompió a llorar. Una mujer
enferma estaba tendida en el suelo y se quejaba débilmente, pero no llegó a levantar la
mirada. Además, había allí ocho niños.
- La semana pasada éramos quince -dijo la de tipo hogareño-, pero una ya se ha ido. Nunca
recuperan la salud.
Estiró una mano y dio un leve golpecito en la cabeza de la hermana que estaba tendida en el
suelo.
- ¿Todas ustedes eran casadas? -pregunté.
- Todas -asintió la anciana con cara de jefe indio.
- ¿Y dónde están ahora sus maridos?
- ¿Quién sabe? -dijo; y nos miró al fondo de los ojos tratando de adivinar el motivo de
nuestras preguntas.
- Yo soy pápago -les aseguró De Lara-. Somos amigos.
- Ustedes no están trabajando -les hice notar-. ¿Qué es lo que hacen?
- Morirnos de hambre -contestó la vieja.
- Nos dan una vez por semana ... para todas -explicó la hogareña, al tiempo que señalaba
con la cabeza tres pequeños pedazos de carne (que costarían menos de cinco centavos de
dólar en los Estados Unidos) acabados de llegar desde la tienda de la finca-. Aparte de eso,
solamente nos dan maíz y frijoles, ni siquiera la mitad de lo que necesitamos.
- Somos como cerdos; nos alimentan con maíz -comentó la más vieja-. En Sonora nuestras
tortillas son de trigo.
- ¿Por cuánto tiempo las tendrán a ración de hambre? -les pregunté.
- Hasta que nos casemos con chinos -espetó la anciana inesperadamente.
- Sí -confirmó la de aspecto casero-. Ya nos han traído a los chinos dos veces, los han
alineado ante nosotros y nos han dicho: A escoger un hombre. Ya van dos veces.

- ¿Y por qué no han elegido ustedes?
Esta pregunta la contestaron varias de las mujeres a coro. Con palabras y gestos expresaron
su aversión a los chinos, y con trémula sinceridad nos aseguraron que todavía no habían
olvidado a sus maridos.
- Yo les supliqué que me dejasen ir -dijo la anciana-. Les dije que era demasiado vieja, que
era inútil, que mis años como mujer ya habían pasado, pero me contestaron que yo también
tenía que elegir. No me quieren dejar libre; dicen que tengo que escoger, lo mismo que las
demás.
- Ya nos han alineado dos veces -reiteró la mujer de tipo hogareño-, y nos han dicho que
teníamos que elegir; pero no queremos hacerlo. Una de las mujeres escogió a uno, pero
cuando vio a las demás mantenerse firmes, lo rechazó. Nos han amenazado con la cuerda,
pero hemos seguido resistiendo. Dicen que nos van a dar una última oportunidad y si
entonces no escogemos, ellos lo harán por nosotras. Si no consentimos, nos llevarán al
campo y nos harán trabajar, y nos azotarán como a los hombres.
- Y ganaremos un real por día para vivir -dijo la anciana-; doce centavos diarios, y los
alimentos en la tienda son dos veces más caros que en Sonora.
- El próximo domingo, por la mañana, nos harán escoger -repitió la mujer hogareña-. Y si
no escogemos ...
- El domingo pasado azotaron a esa hermana -dijo la más vieja-. Juró que nunca elegiría y
la azotaron igual que azotan a los hombres. Ven, Refugio, enseña tu espalda.
Pero la mujer que estaba cerca del fuego, se encogió y ocultó su cara con mortificación.
- No, no -protestó; y después de un momento, dijo--; cuando los hombres yaquis son
azotados, mueren de vergüenza; pero las mujeres podemos resistir el ser golpeadas; no
morimos.
- Es verdad -asintió la anciana-, los hombres mueren de vergüenza a veces ..., y a veces
mueren por su propia voluntad.
Cuando cambiamos la conversación para hablar de Sonora y del largo viaje, las voces de las
mujeres empezaron a vacilar. Eran de Pilares de Teras, donde están situadas las minas del
coronel García. Los soldados habían llegado durante el día, cuando la gente estaba en los
campos en la pizca del maíz. Ellas fueron arrancadas de su trabajo y obligadas a ir a pie
hasta Hermosillo; una caminata de tres semanas.
El amor de los yaquis por quien los ha criado es grande y varias de las mujeres más jóvenes
contaban los detalles de la separación de sus madres. Hablaron otra vez de sus maridos;
pero contuvieron sus lágrimas hasta que pregunté:

- ¿Les gustaría regresar conmigo a sus hogares de Sonora?
Esta pregunta quedó contestada con lágrimas que empezaron a resbalar primero por las
mejillas de la alegre mujer de apariencia casera y después por las de las otras; lloraron cada
una a su vez, y al fin los niños que escuchaban en el suelo también comenzaron a sollozar
dolorosamente junto con sus mayores. Con el llanto las infelices desterradas perdieron toda
reserva. Nos rogaron que las lleváramos de nuevo a Sonora o que buscásemos a sus
maridos. La más anciana imploró de nosotros, que nos comunicásemos con su patrón,
Leonardo Aguirre, y no quedó contenta hasta que anoté su nombre en mi libreta. La
pudorosa mujer que estaba cerca del fuego, deseando, algunas palabras de consuelo y de
esperanza, abrió la parte superior de su vestido y nos dejó ver las rojas marcas que había
dejado el látigo en su espalda.
Miré a mi compañero; las lágrimas rodaban por su cara. Yo no lloraba, pero me avergüenzo
ahora de no haberlo hecho.
Tal es el último capítulo de la vida de la nación yaqui. Cuando vi a estas miserables
criaturas, pensé: No puede haber nada peor que esto. Pero cuando vi el Valle Nacional, me
dije: Esto es peor que Yucatán.
Capítulo IV
Los esclavos contratados de Valle Nacional
Valle Nacional es, sin duda, el peor centro de esclavitud en todo México. Probablemente es
el peor del mundo. Cuando visité Valle Nacional esperaba encontrar algo que fuera más
benigno que Yucatán, pero resultó ser más lastimoso.
En Yucatán, los esclavos mayas mueren más rápidamente de lo que nacen, y dos tercios de
los esclavos yaquis mueren durante el primer año después de su llegada a la región; pero en
Valle Nacional todos los esclavos, con excepción de muy pocos -acaso el cinco por cientorinden tributo a la tierra en un lapso de siete u ocho meses.
Esta afirmación es casi increíble. Yo no la hubiera creído; acaso ni después de haber visto
la forma como los hacen trabajar, el modo de azotarlos y de matarlos de hambre, si no
hubiera sido por el hecho de que los propios amos me dijeron que era verdad. Y hay quince
mil de estos esclavos en Valle Nacional ... ¡Quince mil nuevos cada año!
- Al sexto o séptimo mes empiezan a morirse como las moscas durante la primera helada
invernal y después no vale la pena conservarlos. Resulta más barato dejados morir; hay
muchos más en los lugares de donde éstos vinieron.
Palabra por palabra, ésta es la afirmación que me hizo Antonio Pla, gerente general de un
tercio de las plantaciones de tabaco en Valle Nacional.

- He vivido aquí más de cinco años, y todos los meses veo centenares, a veces millares de
hombres, mujeres y niños tomar el camino del Valle; pero nunca los veo regresar. De cada
centenar que emprende el camino, no más de uno vuelve a ver esta ciudad -esto me dijo un
agente ferroviario de la línea de Veracruz al Pacífico.
- No hay supervivientes de Valle Nacional; no hay verdaderos supervivientes -me contó un
ingeniero del gobierno que está a cargo de algunas mejoras en ciertos puertos-. De vez en
cuando, sale alguno del Valle y va más allá de El Hule. Con paso torpe y mendigando hace
el pesado camino hasta Córdoba; pero nunca vuelve a su punto de origen. Esas personas
salen del Valle como cadáveres vivientes, avanzan un corto trecho y caen.
La profesión de este hombre lo ha llevado muchas veces a Valle Nacional y conoce más de
esa región, probablemente, que cualquier otro mexicano que no esté interesado
directamente en el mercado de esclavos.
- Mueren, mueren todos. Los amos no los dejan ir hasta que se están muriendo. Tal cosa
declaraba uno de los policías de la población de Valle Nacional, que está situada en el
centro de la región.
Y en todas partes, una y otra vez, me dijeron lo mismo. Lo decía Manuel Lagunas,
presidente municipal de Valle Nacional, protector de los patrones y él mismo propietario de
esclavos; lo decía Miguel Vidal, secretario del municipio; lo decían los mismos amos; los
esclavos también lo decían. Y después de haber visto lo que antes había oído, me convencí
de que ésta era la verdad.
Los esclavos de Valle Nacional no son indios, como lo son los esclavos de Yucatán; son
mestizos mexicanos. Algunos de ellos son hábiles artesanos; otros, artistas, y la mayoría de
ellos son trabajadores ordinarios. En conjunto, aparte de sus andrajos, sus heridas, su
miseria y su desesperación, constituyen un grupo representativo del pueblo mexicano. No
son criminales. No hay más del diez por ciento a quien se haya acusado de algún delito.
El resto son ciudadanos pacíficos y respetuosos de la ley. Sin embargo, ninguno de ellos
llegó al Valle por su propia voluntad, ni hay uno solo que no esté dispuesto a dejarlo al
instante si pudiera salir.
No hay que aceptar la idea de que la esclavitud mexicana está confinada en Yucatán y en
Valle Nacional. Condiciones similares rigen en muchas partes de la tierra de Díaz, y
especialmente en los Estados al sur de la capital. Cito a Valle Nacional por ser notorio
como región de esclavos y porque, como ya se indicó, constituye el mejor ejemplo de la
peor trata de esclavos que conozco.
La causa de las extremosas condiciones de Valle Nacional es principalmente geográfica.
Valle Nacional es una honda cañada de tres a diez kilómetros de anchura, enclavada entre
montañas casi inaccesibles, en el más extremo rincón al noroeste del Estado de Oaxaca. Su

entrada está ocho kilómetros aguas arriba del río Papaloapan, partiendo de El Hule, que es
la estación ferroviaria más próxima, y por este lugar pasa todo ser humano que va o viene
del Valle. No hay ninguna otra ruta practicable para entrar ni para salir. Las magníficas
montañas tropicales que lo rodean están cubiertas por una impenetrable vegetación cuyo
paso dificultan aún más los jaguares, pumas y serpientes gigantescas. Además, no hay
camino carretero a Valle Nacional, solamente un río y un camino de herradura ...; un
camino que lo lleva a uno por la selva, después bordea precipicios donde el jinete tiene que
desmontar y andar a gatas, llevando al caballo de la brida; más tarde hay que atravesar la
honda y alborotada corriente del río. Se necesita ser un fuerte nadador para cruzar este río
cuando la corriente es crecida; pero, no obstante, quien vaya a pie tiene que cruzarlo a nado
más de una vez para salir de Valle Nacional.
Si se va a caballo es preciso cruzarlo cinco veces: cuatro en canoa, haciendo nadar
trabajosamente a los caballos, y otra vadeando por una larga y dificil ruta en la que hay que
evitar grandes rocas y hondos agujeros. El Valle propiamente dicho es plano como una
mesa, limpio de toda vegetación inútil, y por él corre suavemente el río Papaloapan. El
valle, el río, y las montañas circundantes forman uno de los más bellos panoramas que he
tenido la suerte de contemplar.
Valle Nacional se halla a tres horas de viaje de Córdoba y a dos de El Hule. Los viajeros
perdidos llegan a veces hasta Tuxtepec, la ciudad principal del distrito político; pero nadie
va a Valle Nacional si no tiene allí algún negocio. Es región tabaquera, la más conocida de
México, y la producción se obtiene en unas treinta grandes haciendas, casi todas propiedad
de españoles. Entre El Hule y la entrada al valle hay cuatro pueblos: Tuxtepec, Chiltepec,
Jacatepec y Valle Nacional, todos situados a orillas del río, y todos ellos provistos de
policías para cazar a los esclavos que se escapen; pero ninguno de éstos puede salir del
Valle sin pasar por los pueblos. Tuxtepec, el más grande, cuenta con diez policías y once
rurales. Además, todo esclavo que se escapa supone un premio de diez pesos al ciudadano o
policía que lo detenga y lo devuelva a su propietario.
En esta forma se comprenderá hasta qué punto el aislamiento geográfico de Valle Nacional
contribuye para que sea algo peor que otros distritos de México, en los que también
explotan esclavos.
Además de todo esto, hay que añadir el completo entendimiento que hay con el gobierno y
la proximidad a un mercado de trabajo casi inagotable.
La esclavitud en Valle Nacional, lo mismo que en Yucatán, no es otra cosa sino peonaje o
trabajo por deudas llevado al extremo, aunque en apariencia toma un aspecto ligeramente
distinto: el de trabajo por contrato.
El contrato de trabajo es, sin duda, el origen de las condiciones imperantes en Valle
Nacional. Los hacendados tienen necesidad de trabajadores y acuden al expediente de

gastar en importarlos, en la inteligencia de que tales trabajadores deben permanecer en sus
puestos durante un plazo determinado. Algunos han intentado escapar a sus contratos y los
hacendados han usado la fuerza para obligarlos a quedarse. El dinero adelantado y los
costos del transporte se consideran como una deuda que el trabajador debe pagar mediante
trabajo. De aquí sólo se necesita un paso para organizar las condiciones de trabajo de tal
modo que el trabajador no pueda verse libre en ninguna circunstancia. Con el tiempo, Valle
Nacional ha llegado a ser sinónimo de horror entre toda la población trabajadora de
México; nadie desea ir allá por ningún precio. Así los dueños de las haciendas se ven en la
necesidad de decir a los contratados que se les llevará a otra parte, lo cual ha sido el
principio de que se engañara por completo a los trabajadores, de que se formularan
contratos que no serían cumplidos, pero que auxiliarían a enredar totalmente a quienes
cayeran en el garlito. Por último, de esta situación sólo hubo un paso para integrar una
sociedad mercantil con el gobierno en la que la fuerza policíaca fue puesta en manos de los
hacendados para que los ayudara a llevar adelante un comercio de esclavos.
Los hacendados no llaman esclavos a sus esclavos. Los llaman trabajadores contratados. Yo
sí los llamo esclavos, porque desde el momento en que entran a Valle Nacional se
convierten en propiedad privada del hacendado y no existe ley ni gobierno que los proteja.
En primer lugar, el hacendado compra al esclavo por una suma determinada. Lo hace
trabajar a su voluntad, lo alimenta o le hace pasar hambre a su antojo; lo tiene vigilado por
guardias armados día y noche, lo azota, no le da dinero, lo mata y el trabajador no tiene
ningún recurso al cual acudir. Llámese esto como se quiera, yo lo llamo esclavitud, porque
no conozco otra palabra que se adapte mejor a tales condiciones.
He dicho que ningún trabajador enviado a Valle Nacional para convertirlo en esclavo hace
el viaje por su propia voluntad. Hay dos maneras de llevarlo hasta allí: bien por conducto
de un jefe político o de un agente de empleos, que trabaja en unión de aquél o de otros
funcionarios del gobierno.
El jefe político es un funcionario público que rige un distrito político, correspondiente a lo
que se llama condado en los Estados Unidos. Es designado por el presidente o por el
gobernador del Estado y también funge como presidente municipal de la ciudad principal
de su distrito. A su vez, él suele nombrar a los alcaldes de los pueblos de menor categoría
que están bajo su autoridad, así como a los funcionarios de importancia. No tiene ante
quién rendir cuentas, excepto su gobernador, y a menos que el presidente de la República
resuelva intervenir, resulta por todos conceptos un pequeño zar de sus dominios.
Los métodos empleados por el jefe político cuando trabaja solo son muy simples. En lugar
de enviar a pequeños delincuentes a cumplir sentencias en la cárcel, los vende como
esclavos en Valle Nacional. Y como se guarda el dinero para sí, arresta a todas las personas

que puede. Esté método es el que siguen, con pequeñas variantes, los jefes políticos de
todas las principales ciudades del sur de México.
Según me informaron Manuel Lagunas, algunos enganchadores y otras personas de cuya
veracidad en el asunto no tengo motivo para dudar, el jefe político de cada una de las cuatro
ciudades sureñas más grandes de México, paga una cuota anual de diez mil pesos por su
encargo, el cual no valdría esa suma si no fuera por los gajes de la trata de esclavos y otros
pequeños latrocinios a que se dedica el favorecido con el puesto; los jefes menores pagan a
sus gobernadores cantidades más cortas. Envían a sus víctimas por los caminos en
cuadrillas de 10 a 100 y a veces más; gozan de una tarifa especial del gobierno en los
ferrocarriles y utilizan rurales a sueldo del gobierno para custodiar a los que aprehenden;
por todo ello, el precio de venta de cuarenta y cinco a cincuenta pesos por cada esclavo es
casi todo utilidad neta.
Pero solamente un diez por ciento de los esclavos son enviados directamente a Valle
Nacional por los jefes políticos; como no hay base legal para el procedimiento, tales jefes
prefieren trabajar en connivencia con los enganchadores. Tampoco hay base legal para
emplear los métodos que siguen estos enganchadores; pero esa asociación es provechosa.
Los funcionarios pueden escudarse tras de los enganchadores y éstos bajo la protección de
los funcionarios, absolutamente y sin temor de ser penalmente perseguidos.
En esta asociación, la función del enganchador consiste en atraer con engaños al trabajador
y la función del gobierno en apoyar a aquél, ayudarlo; protegerlo, concederle bajas tarifas
de transporte y servicio de guardias gratuito y, finalmente, participar de las utilidades.
Los métodos del enganchador para engañar al obrero son muchos y variados. Uno de ellos
consiste en abrir una oficina de empleos y publicar anuncios demandando trabajadores a los
que se ofrecen altos jornales, casa cómoda y gran libertad en algún lugar al sur de México.
También les ofrece transporte libre, por lo que tales ofertas siempre hacen caer a algunos en
el garlito, especialmente a hombres con familia que buscan trasladarse a sitios más
propicios. Al cabeza de familia le da un anticipo de cinco dólares y a toda ella la encierra
en un cuarto tan bien asegurado como una cárcel.
Después de uno o dos días, a medida que van llegando otros, empiezan a tener algunas
dudas. Quizá se les ocurra pedir que los dejen salir, y entonces se dan cuenta de que están
realmente prisioneros. Se les dice que tienen una deuda pendiente y que los retendrán hasta
que la paguen con trabajo. Pocos días después, la puerta se abre y salen en fila; ven que
están rodeados por rurales. Los hacen marchar por una calle de poco tránsito hasta una
estación de ferrocarril, donde son puestos en el tren; tratan de escapar, pero es inútil; son
prisioneros. Pocos días después están en Valle Nacional.
Generalmente el obrero secuestrado en esta forma pasa por el formalismo de firmar un
contrato. Se le dice que tendrá buen hogar, buena alimentación y jornales de uno, dos o tres

dólares diarios durante un periodo de seis meses o un año. Le pasan por los ojos un papel
impreso y el enganchador lee con rapidez algunas frases engañosas allí escritas. Luego le
ponen una pluma en la mano y le hacen firmar a toda prisa. La entrega del anticipo de cinco
dólares es para afianzar el contrato y para que la víctima quede en deuda con el agente. Le
suelen dar oportunidad para que los gaste en todo o en parte, por lo común en ropa u otras
cosas necesarias, con el objeto de que no pueda devolverlos cuando descubra que ha caído
en una trampa. Los espacios blancos del contrato impreso para fijar el jornal y otros detalles
son cubiertos después por mano del enganchador o del consignatario.
En la ciudad de México y en otros grandes centros de población se mantienen de modo
permanente lugares llamados casas de enganchadores, conocidas ordinariamente por la
policía y por los grandes compradores de esclavos para la tierra caliente. Sin embargo, no
son más ni menos que cárceles privadas en las que se encierra con engaños al trabajador, a
quien se mantiene allí contra su voluntad hasta que se le traslada en cuadrilla vigilado por la
fuerza policiaca del gobierno.
El tercer método que emplea el enganchador es el secuestro descarado. Oí hablar de
muchos casos de secuestro de mujeres y de hombres. Centenares de individuos medio
borrachos son recogidos cada temporada en los alrededores de las pulquerías de la ciudad
de México, para encerrarlos bajo llave y más tarde remitirlos a Valle Nacional. Por lo
regular, también se secuestra a niños para enviarlos al mismo sitio. Los registros oficiales
de la ciudad de México indican que durante el año que terminó el 14 de septiembre de
1908, habían desaparecido en las calles 360 niños de seis a doce años de edad, algunos de
los cuales se encontraron después en Valle Nacional.
Durante mi primer viaje a México, El Imparcial, uno de los principales diarios de la capital,
publicó un relato acerca de un niño de siete años que había desaparecido mientras su madre
estaba viendo los aparadores de una casa de empeños. La desesperada búsqueda fracasó; se
trataba de un hijo único y para mitigar su tristeza el padre se emborrachó hasta que murió
en pocos días, mientras la madre se volvió loca y también murió. Después de tres meses, el
muchacho, andrajoso y con los pies heridos, subía trabajosamente la escalera de la casa que
había sido de sus padres y llamaba a la puerta. Había sido secuestrado y vendido a los
dueños de una plantación de tabaco, pero pudo conseguir lo casi imposible, con un
muchacho de nueve años había eludido la vigilancia de los guardias de la plantación y
debido a su corta estatura, los dos pudieron escapar sin ser vistos. Robando una canoa
llegaron hasta El Hule. En lentas etapas, mendigando la comida en el camino, los pequeños
fugitivos lograron llegar hasta su hogar.
Supe una historia típica de un enganchador; la conocí en Córdoba, cuando iba camino del
Valle. Primero me la contó un contratista negro de Nueva Orleans, que había residido en el
país, unos quince años; luego me la contó el propietario del hotel donde me hospedé, y

después me la confirmaron varios hacendados tabaqueros del Valle. La historia es la
siguiente:
Hace cuatro años, Daniel T., un aventurero, llegó sin un centavo a Córdoba. Pocos días
después tenía dificultades con su casero por no pagar la renta de la habitación; pero en
pocos días aprendió dos o tres cosas y se dedicó a aprovechar lo que sabía. Salió a pasear
por las calles y al encontrar a un campesino le dijo: ¿Quieres ganarte dos reales (veinticinco
centavos) con facilidad? Naturalmente la oferta interesó al hombre y después de unos
minutos ya estaba camino de la habitación del aventurero llevando un mensaje, mientras el
astuto individuo tomaba otra ruta para llegar antes. Esperó al mensajero en la puerta, lo
agarró del cuello, lo arrastró, lo amordazó y amarró, y lo dejó en el suelo mientras iba en
busca de un enganchador. Esa misma noche, el aventurero vendió su prisionero en veinte
pesos, pagó su renta y comenzó a hacer planes para repetir la operación en mayor escala.
El incidente sirvió a este hombre para entrar en el negocio de contratar trabajadores. En
unos cuantos meses se había puesto de acuerdo con los jefes políticos de la ciudad de
México, de Veracruz, de Oaxaca, de Tuxtepec y de otros lugares; hoy es el señor Daniel T.
Yo vi su casa, una mansión palaciega que tiene tres gallos en un escudo sobre la puerta.
Usa un sello privado y dicen que su fortuna llega a cien mil pesos, todo ello adquirido como
agente de empleos.
En 1908, el precio corriente por cada hombre era de cuarenta y cinco pesos; las mujeres y
los niños costaban la mitad; en 1907, antes de la crisis, el precio era de sesenta pesos por
hombre. Todos los esclavos que se llevan al Valle tienen que hacer parada en Tuxtepec,
donde Rodolfo Pardo, el jefe político del distrito, los cuenta y exige para él un tributo del
diez por ciento sobre el precio de compra.
La evidente asociación del gobierno con el tráfico de esclavos tiene, necesariamente, alguna
excusa. Esta es la deuda, el anticipo de cinco dólares que suele pagar el enganchador al
bracero, la cual es anticonstitucional, pero efectiva. El presidente de Valle Nacional me
dijo: No hay un solo policía en todo el sur de México que no reconozca ese anticipo como
deuda y apruebe su derecho para llevar al trabajador donde usted quiera.
Cuando la víctima llega a la zona del tabaco, se da cuenta de que las promesas del
enganchador fueron tan sólo para hacerle caer en la trampa; además, se entera también de
que el contrato -si tuvo la suerte de echarle una ojeada a ese papel- se hizo evidentemente
con el mismo fin. Así como las promesas del enganchador desmienten las estipulaciones
del contrato, éste es desmentido por los hechos reales. El contrato suele establecer que el
trabajador se vende por un periodo de seis meses; pero ningún trabajador que conserve un
resto de energía queda libre a los seis meses. El contrato suele decir que el patrón está
obligado a proporcionar servicios médicos a los trabajadores; el hecho es que no hay ni un
solo médico para todos los esclavos de Valle Nacional. Finalmente, tal documento suele

obligar al patrón a pagar un salario de cincuenta centavos por día a los varones y tres
dólares por mes a las mujeres; pero yo nunca encontré algún esclavo que hubiera recibido
un solo centavo en efectivo, aparte del anticipo entregado por el enganchador.
Varios patrones se jactaron ante mí de que nunca daban dinero a sus esclavos; sin embargo,
no llamaban a ese sistema esclavitud. Afirmaron que llevaban en los libros las cuentas de
sus esclavos y que las arreglaban de modo que éstos siempre estuvieran en deuda. Sí, los
jornales son de cincuenta centavos diarios -dijeron-; pero nos tienen que reembolsar lo que
pagamos para traerlos; también tienen que cubrir los intereses, la ropa que les damos, el
tabaco y otras cosas.
Esta es exactamente la actitud de todos los tabaqueros de Valle Nacional. Por la ropa, el
tabaco y otras cosas cargan el décuplo del precio, sin exageración. El señor Rodríguez,
propietario de la finca Santa Fe, por ejemplo, me mostró un par de algo parecido a una
pijama de tela de algodón sin blanquear que los esclavos usan como pantalones. Me dijo
que su precio era de tres dólares el par y pocos días después encontré el mismo artículo en
Veracruz a treinta centavos.
Pantalones a tres dólares; camisas al mismo precio; ambas prendas de tela tan mala que se
desgasta y se cae en pedazos a las tres semanas de uso; sí, ocho trajes en seis meses a seis
dólares, son cuarenta y ocho; agréguense cuarenta y cinco dólares, que es el precio del
esclavo, más cinco de anticipo, más dos de descuentos y así se liquidan los noventa dólares
del salario de seis meses.
Esa es la forma de llevar las cuentas para mantener a los esclavos sujetos como esclavos.
Por otra parte, las cuentas son diferentes para calcular el costo que ellos representan para el
amo. El precio de compra, los alimentos, la ropa, los jornales ..., todo -me dijo el señor
Rodríguez- cuesta de sesenta a setenta dólares por hombre en los primeros seis meses de
servicio.
Agréguense el precio de compra, el anticipo y los trajes al costo de sesenta centavos cada
uno, y resulta un remanente de cinco a quince dólares para alimentos y jornales durante seis
meses, que se gastan en frijoles y tortillas.
Claro, también hay otro gasto constante que tienen que pagar los amos: el entierro en el
cementerio del Valle Nacional. Cuesta un dólar cincuenta centavos. Digo que se trata de un
gasto constante porque en la práctica todos los esclavos mueren y se supone que hay que
enterrarlos. La única excepción se presenta cuando, para ahorrarse un dólar cincuenta
centavos, los amos mismos entierran al esclavo o lo arrojan a los caimanes de las ciénagas
cercanas.
Los esclavos están vigilados noche y día. Por la noche los encierran en un dormitorio que
parece una cárcel. Además de los esclavos, en cada plantación hay un mandador, o

mayordomo, varios cabos que combinan las funciones de capataces y guardias, y algunos
trabajadores libres que hacen de mandaderos y ayudan a perseguir a los que se escapan.
Las cárceles son grandes construcciones, a manera de trojes, sólidamente construidas con
troncos jóvenes clavados en el suelo y atados con mucho alambre de púas. Las ventanas
tienen barras de hierro; los pisos son de tierra, y en general sin muebles, aunque en algunos
casos hay largos y rústicos bancos que hacen las veces de camas. Los colchones son
delgados petates de palma. En ese antro duermen todos los esclavos, hombres, mujeres y
niños, cuyo número varía entre 70 y 400, de acuerdo con el tamaño de la plantación.
Se amontonan como sardinas en lata o como ganado en un vagón de ferrocarril. Uno mismo
puede calcularlo e imaginarIo. En la finca Santa Fe el dormitorio mide veinticinco por seis
metros y aloja a 150 personas; en la finca La Sepultura el dormitorio es de trece por cinco
metros y aloja a 70; en San Cristóbal es de treinta y tres por dieciséis metros y aloja a 350,
y en San Juan del Río es de veintiséis por treinta metros para 400 personas. Así, el espacio
disponible para que cada persona se acueste es de tres a seis metros cuadrados. En ninguna
de las fincas encontré un dormitorio separado para las mujeres o los niños. A pesar de que
hay mujeres honestas y virtuosas entre las enviadas a Valle Nacional todas las semanas
todas son encerradas en un mismo dormitorio junto con docenas o centenares de hombres y
dejadas a merced de ellos.
A veces llegan a Valle Nacional mexicanos trabajadores y honrados, con sus mujeres e
hijos. Si la mujer es atractiva, va a parar al patrón o a uno o varios de los jefes. Los niños
ven que se llevan a su madre y saben lo que será de ella. El marido también lo sabe; pero si
se atreve a protestar es golpeado con un garrote como respuesta. Repetidas veces esto me
dijeron los amos, los esclavos, los funcionarios; las mujeres encerradas en esas latas de
sardinas tienen que cuidarse por sí mismas.
La quinta parte de los esclavos de Valle Nacional son mujeres y la tercera parte niños
menores de 15 años. Éstos trabajan en los campos con los hombres. Cuestan menos, duran
bastante y en algunas labores, como la de plantar el tabaco, son más activos y, por lo tanto,
más útiles. A veces se ven niños hasta de 6 años plantando tabaco. Las mujeres trabajan
también en el campo, especialmente en la época de la recolección; pero principalmente se
dedican a las labores domésticas. Sirven al amo y al ama, si la hay; muelen el maíz y
cocinan los alimentos de los esclavos varones. En todas las casas de esclavos que visité
encontré de 3 a 12 mujeres moliendo maíz, todo a mano, en dos piedras llamadas metate.
La piedra plana se coloca en el suelo; la mujer se arrodilla tras de ella, y completamente
doblada, mueve hacia adelante y atrás la piedra cilíndrica o mano del metate sobre la piedra
plana. El movimiento es parecido al que hace una mujer lavando ropa; pero es mucho más
duro. Pregunté al presidente municipal de Valle Nacional por qué los propietarios no
compraban molinos baratos para moler el maíz, o por qué no compraban uno entre todos,

en vez de acabar con los pulmones de varios centenares de mujeres cada año, y la respuesta
fue: Las mujeres son más baratas que las máquinas.
En Valle Nacional parecían trabajar todo el tiempo. Los vi trabajar al amanecer y al
anochecer; los vi trabajando hasta muy tarde por la noche: Si pudiéramos usar la potencia
hidráulica del Papaloapan para alumbrar nuestras fincas, podríamos trabajar toda la noche me dijo Manuel Lagunas y sí creo que lo hubiera hecho.
La hora de levantarse en las fincas es generalmente las 4 de la mañana; a veces más
temprano. Excepto en 3 o 4 de ellas, en las otras 30, los esclavos trabajan todos los días del
año ... hasta que mueren. En San Juan del Río, una de las más grandes, disfrutan de medio
día de descanso los domingos. Casualmente estuve en San Juan del Río un domingo por la
tarde. ¡El medio día de descanso! ¡Qué broma tan triste! Los esclavos lo pasaron en la
prisión, bien encerrados para impedirles huir.
Todos mueren muy pronto. Los azotan y eso ayuda. Les hacen pasar hambre y eso ayuda
también. Mueren en el lapso de un mes a un año, y la mayor mortalidad ocurre entre el
sexto y el octavo mes. Igual que los algodoneros de los Estados norteamericanos del Sur
antes de la Guerra de la Secesión, los tabaqueros de Valle Nacional parecen tener su
negocio calculado hasta el último centavo. Una máxima bien establecida de nuestros
algodoneros era que se podía obtener la mayor utilidad del cuerpo de un negro haciéndole
trabajar hasta morir durante siete años, y comprar después otro. El esclavista de Valle
Nacional ha descubierto que es más barato comprar un esclavo en $45, hacerlo morir de
fatiga y de hambre en siete meses y gastar otros $45 en uno nuevo, que dar al primer
esclavo mejor alimentación, no hacerle trabajar tanto y prolongar así su vida y sus horas de
trabajo por un periodo más largo.

Capítulo V
En el valle de la muerte
Visité Valle Nacional a fines de 1908 durante una semana y me detuve en todas las grandes
haciendas. Pasé tres noches en varios de sus cascos y cuatro más en uno u otro de los
pueblos. Lo mismo que en Yucatán, visité la región bajo el disfraz de un probable
comprador de fincas, y logré convencer a las autoridades y a los propietarios de que
disponía de varios millones de dólares listos para su inversión. En consecuencia, evité hasta
donde fue posible que estuvieran en guardia. Igual que en Yucatán, pude conseguir
información no sólo por lo que vi y oí de los esclavos, sino también por lo que me dijeron
los propios amos. En realidad, tuve más suerte que en Yucatán porque me hice amigo de
jefes y policías, al grado de que nunca llegaron a sospechar de mí; sin duda, algunos de

ellos esperaban que llegase por allí un buen día con unos cuantos millones en la mano, listo
para pagarles por sus propiedades el doble de su valor.
A medida que nos aproximábamos a Valle Nacional, notábamos en la gente mayor horror
por la región. Ninguno había estado allí, pero todos habían oídos rumores; algunos habían
visto a los supervivientes y la vista de esos cadáveres vivientes había confirmado tales
rumores. Al bajar del tren en Córdoba vimos que cruzaba el andén una procesión de 14
hombres; dos adelante y dos detrás de la fila, con rifles, y los diez restantes con los brazos
amarrados a la espalda y las cabezas bajas. Algunos iban andrajosos, otros vestían bien y
varios llevaban pequeños bultos colgados del hombro.
- ¡Camino del Valle! -murmuré. Mi compañero afirmó con un movimiento de cabeza, y
pocos momentos después desapareció la procesión; había entrado por una puerta estrecha
del lado opuesto de la calle, en una caballeriza situada estratégicamente para que los
desterrados pasaran allí la noche.
Después de la cena me mezclé con la gente que había en los hoteles principales de la
ciudad, y representé tan bien mi papel de inversionista que conseguí cartas de presentación
de un rico español para varios esclavistas del Valle.
- Lo mejor es que vaya usted a ver al jefe político de Tuxtepec, tan pronto como llegue allí me aconsejó el español-. Es amigo mío. Muéstrele mi firma y le hará pasar sin dificultades.
Cuando llegué a Tuxtepec seguí el consejo de este señor; tuve tanta suerte que Rodolfo
Pardo, el jefe político, no sólo me autorizó el paso, sino que me dio una carta personal para
cada uno de los subordinados que tenía a lo largo del camino, como eran los presidentes
municipales de Chiltepec, Jacatepec y Valle Nacional, a quienes daba instrucciones para
que abandonasen sus asuntos oficiales, si ello fuera necesario, para atender mis deseos. Así
fue como pasé los primeros días en el Valle de la Muerte en calidad de huésped del
presidente; además, éste me asignó una escolta especial de policías para que no sufriera
ningún contratiempo durante las noches que estuve en el pueblo.
En Córdoba, un negro contratista de obras que había vivido en México durante 15 años, me
dijo:
- Los días de la esclavitud no han pasado todavía. No, todavía no han pasado. Ya llevo aquí
largo tiempo y tengo una pequeña propiedad. Yo sé que estoy bastante a salvo, pero a veces
tengo temores ...; sí señor, le aseguro que paso miedo.
A la mañana siguiente, temprano, mientras me vestía, miré por el balcón y vi a un hombre
que caminaba por mitad de la calle, con una reata amarrada al cuello y a un jinete que iba
detrás de él sujetando el otro extremo de la cuerda.
- ¿Adónde llevan a ese hombre? -le pregunté al sirviente-. ¿Lo van a ahorcar?


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