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La doctrina del shock c 1 .pdf



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Título: LA DOCTRINA DEL SHOCK (2G)
Autor: 2000/4

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Naomi Klein

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El auge del
capitalismo del desastre

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Título original: The Shock Doctrine

Traducción de Isabel Fuentes García, Albino Santos, Remedios Diéguez y Ana Caerols

Cubierta de Jaime Fernández

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo
las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier
medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la
distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

© 2007 by Klein Lewis Productions Ltd.
© 2007 de la traducción, Isabel Fuentes García, Albino Santos, Remedios Diéguez y
Ana Caerols
© 2007 de todas las ediciones en castellano,
Ediciones Paidós Ibérica, S.A.,
Av. Diagonal, 662-664 - 08034 Barcelona
www.paidos.com
ISBN: 978-84-493Depósito Legal: B.
Impreso en Hurope, S. L.
Lima, 3 - 08030 Barcelona
Impreso en España - Printed in Spain

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Capítulo 1

EL LABORATORIO DE LA TORTURA
Ewen Cameron, la CIA y la maníaca obsesión
por erradicar y recrear la mente humana
Sus mentes son como tablas rasas sobre las que nosotros podemos escribir.
DOCTOR CYRIL J. C. KENNEDY y doctor DAVID ANCHEL
sobre los beneficios de la terapia de electroshocks, 1948.
Fui al matadero para observar lo que llamaban «matanza eléctrica», y vi
que fijaban grandes tenazas metálicas en las sienes de los cerdos, cuyos extremos estaban conectados a una corriente eléctrica de 125 voltios. En
cuanto los cerdos tocaban las tenazas, caían inconscientes, se ponían rígidos y al cabo de unos segundos empezaban a convulsionarse como hacían
nuestros perros cobayas. Durante este período de inconsciencia (coma epiléptico) el carnicero mataba y sangraba a los animales sin dificultad alguna.
UGO CERLETTI, psiquiatra, acerca de su «invención»
de la terapia de electroshock, en 1954.

«Ya no hablo con periodistas —dijo la voz tensa
que se oía al otro lado del hilo telefónico. Y luego una
diminuta ventana de esperanza—: ¿Qué quiere?»
Me doy cuenta de que tengo unos veinte segundos
para convencerla, y no será fácil. ¿Cómo puedo explicarle a Gail Kastner lo que quiero de ella, el viaje que
me ha llevado a llamar a su puerta?
La verdad suena tan extraña: «Estoy escribiendo
un libro sobre el shock. Y sobre los países que sufren
shocks: guerras, atentados terroristas, golpes de Estado
y desastres naturales. Luego, de cómo vuelven a ser
víctimas del shock a manos de las empresas y los políti-

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cos que explotan el miedo y la desorientación frutos del
primer shock para implantar una terapia de shock económica. Después, cuando la gente se atreve a resistirse a
estas medidas políticas se les aplica un tercer shock si es
necesario, mediante acciones policiales, intervenciones
militares e interrogatorios en prisión. Quiero hablar con
usted porque creo que es una de las personas que ha sobrevivido al mayor número de shocks. Usted fue víctima
de los experimentos clandestinos de la CIA con electroshocks y otras “técnicas especiales de interrogatorio”.
Y, por cierto, creo que los frutos de las investigaciones
para las cuales usted fue una cobaya humana se están
utilizando con los prisioneros de Guantánamo y Abu
Ghraib».
No, desde luego que no puedo decirle eso. Así
que me limito a contestar: «Hace poco estuve en Irak,
y trato de entender el papel que juega allí la tortura.
Nos dicen que se trata de obtener información, pero
creo que es más que eso. Estoy convencida de que están intentando construir un Estado modélico, borrando las mentes y los cuerpos de las personas y volviéndolos a crear de cero».
Hay una larga pausa, y luego el tono de voz de la
respuesta es distinto. Tenso aún, pero ¿ligeramente aliviado? «Lo que acaba de decir es exactamente lo mismo que la CIA y Ewen Cameron me hicieron a mí.
Trataron de borrarme y volver a crearme. Pero no funcionó.»
En menos de veinticuatro horas, estoy frente a la
puerta del apartamento de Gail Kastner, en un edificio
gris y antiguo en Montreal. «Está abierto», con una
voz apenas audible. Gail me había advertido que quitaría el cerrojo de la puerta porque le cuesta levantarse.

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El laboratorio de la tortura

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Son las pequeñas fracturas de su espina dorsal, que se
vuelven más dolorosas a medida que la artritis se extiende por su cuerpo. El dolor de espalda es sólo uno
de los recuerdos de las 63 veces que descargaron entre
150 y 200 voltios de electricidad en los lóbulos frontales de su cerebro, mientras su cuerpo se convulsionaba
violentamente encima de la camilla, causándole diminutas fracturas, roturas de ligamentos, mordeduras en
los labios y dientes rotos.

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(De la introducción)
LA NADA ES BELLA
Tres décadas borrando y rehaciendo el mundo
La Tierra estaba toda corrompida ante Dios y llena toda de violencia.
Viendo, pues, Dios que todo en la Tierra era corrupción, pues toda carne había corrompido su camino sobre la Tierra, dijo Dios a Noé: «El fin
de toda carne ha llegado a mi presencia, pues está llena la Tierra de violencia a causa de los hombres, y voy a exterminarlos de la Tierra».
Génesis, 6,11
Del shock y de la conmoción surgen miedos, peligros y destrucciones inaprensibles para la mayor parte de la gente, para elementos y sectores específicos de la sociedad de la amenaza, o para los dirigentes. La naturaleza, bajo la forma de tornados, huracanes, terremotos, inundaciones,
incendios descontrolados, hambrunas y epidemias también puede generar estados de shock y de conmoción.
Shock y conmoción: cómo lograr un dominio rápido de los territorios ocupados, extraído de la doctrina militar de la guerra contra Irak

Empecé a investigar la dependencia entre el libre
mercado y el poder del shock hace cuatro años, al principio de la ocupación de Irak. Después de informar
desde Bagdad acerca de los fallidos intentos de Washington de seguir con sus planes de terapia de shock,
viajé a Sri Lanka, meses después del catastrófico tsunami del año 2004. Allí presencié otra versión distinta
de las mismas maniobras: los inversores extranjeros y
los donantes internacionales se habían coordinado para aprovechar la atmósfera de pánico, y habían conseguido que les entregaran toda la costa tropical. Los
promotores urbanísticos estaban construyendo gran-

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des centros turísticos a toda velocidad, impidiendo a
miles de pescadores autóctonos que reconstruyeran
sus pueblos, antaño situados frente al mar. «En una
cruel broma del destino, la Naturaleza ha ofrecido a Sri
Lanka una oportunidad única: de esta terrible tragedia nacerá un destino turístico de primera clase»,
anunció el gobierno. Cuando el Katrina destruyó Nueva Orleans, la red de políticos republicanos, think
tanks y constructores empezaron a hablar de «un nuevo principio» y atractivas oportunidades; estaba claro
que se trataba del nuevo método de las multinacionales para lograr sus objetivos: aprovechar momentos de
trauma colectivo para dar el pistoletazo de salida de
reformas económicas y sociales de corte radical.
La mayoría de las personas que sobrevive a una
catástrofe de esas características desea precisamente lo
contrario de «un nuevo principio». Quieren salvar todo lo que sea posible y empezar a reconstruir lo que no
ha perecido, lo que aún se tiene en pie. Desean reafirmar sus lazos con la tierra y los lugares en los que se
han formado. «Cuando ayudo a reconstruir la ciudad,
siento que también yo estoy reconstruyéndome», afirmaba Cassandra Andrews, residente en la zona de Lower Ninth Ward, terriblemente asolada durante las
inundaciones, mientras seguía limpiando las ruinas
después de la tormenta. Pero a los capitalistas del desastre no les interesa en absoluto reconstruir el pasado. En Irak, Sri Lanka y Nueva Orleans, los procesos
engañosamente llamados «de reconstrucción» se limitaron a terminar la labor del desastre original, tirando
abajo los restos de las obras, comunidades y edificios
públicos que aún quedaban en pie para luego reemplazarlos rápidamente con una especie de Nueva Jeru-

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salén empresarial, todo antes de que las víctimas del
conflicto o del desastre natural fueran capaces de reagruparse y reclamar lo que les pertenecía.
Mike Battles supo expresarlo mejor: «Para nosotros, el miedo y el desorden representaban una verdadera promesa». El ex agente de la CIA de 34 años se refería al caos posterior a la invasión de Irak, y cómo
gracias a eso su empresa de seguridad privada, Custer
Battles, desconocida y sin experiencia en el campo, pudo obtener contratos de servicios otorgados por el gobierno federal por valor de unos 100 millones de dólares. Sus palabras podrían constituir el eslogan del
capitalismo contemporáneo: el miedo y el desorden como catalizadores de un nuevo salto hacia adelante.
Cuando me puse a investigar sobre la relación entre los enormes beneficios de las empresas y las grandes catástrofes, pensé que me hallaba frente a un cambio radical en la forma en que la «liberalización» de
mercados se desarrollaba en todo el mundo. Durante
mi implicación en el movimiento contra el poder de las
empresas que hizo su primera aparición global en Seattle en 1999, ya había sido testigo de políticas parecidas, que favorecían a las grandes multinacionales y se
imponían en las cumbres de la Organización Mundial
del Comercio, a menudo contra la voluntad de los países desfavorecidos, bajo amenaza de negarles los préstamos del Fondo Monetario Internacional si se oponían a ellas. Las tres grandes medidas habituales
—privatización, desregulación gubernamental y recortes en el gasto social— solían ser muy impopulares entre la gente, pero con el establecimiento de acuerdos
firmados y una parafernalia oficial, al menos se sostenía el pretexto del consentimiento mutuo entre los go-

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biernos que negociaban, así como una ilusión de consenso entre los supuestos expertos. Ahora, el mismo
programa ideológico se imponía mediante las peores
condiciones coercitivas posibles: la ocupación militar
de una potencia extranjera después de una invasión, o
inmediatamente después de una catástrofe natural de
gran magnitud. Al parecer, los atentados del 11-S le
habían otorgado luz verde a Washington, y ya no tenían ni que preguntar al resto del mundo si deseaban la
versión estadounidense del «libre mercado y la democracia»: ya podían imponerla mediante el poder militar y su doctrina del shock y conmoción.
Sin embargo, a medida que avanzaba en la investigación de cómo este modelo de mercado se había impuesto en todo el mundo, descubrí que la idea de
aprovechar las crisis y los desastres naturales había sido en realidad el modus operandi clásico de los seguidores de Milton Friedman desde el principio. Esta forma fundamentalista del capitalismo siempre ha
necesitado de catástrofes para avanzar. Sin duda las
crisis y las situaciones de desastre eran cada vez mayores y más traumáticas, pero lo que sucedía en Irak y
Nueva Orleans no era una invención nueva, derivada
de lo sucedido el 11-S. En verdad, estos audaces experimentos en el campo de la gestión y aprovechamiento
de las situaciones de crisis eran el punto culminante de
tres décadas de firme seguimiento de la doctrina del
shock.
A la luz de esta doctrina, los últimos treinta y cinco años adquieren un aspecto singular y muy distinto
del que nos han contado. Algunas de las violaciones de
derechos humanos más despreciables de este siglo,
que hasta ahora se consideraban actos de sadismo fru-

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to de regímenes antidemocráticos, fueron de hecho un
intento deliberado de aterrorizar al pueblo, y se articularon activamente para preparar el terreno e introducir las «reformas» radicales que habrían de traer ese
ansiado libre mercado. En la Argentina de la década
de 1970, la sistemática política de «desapariciones»
que la Junta llevó a cabo, eliminando a más de 30.000
personas, la mayor parte de las cuales eran activistas
de izquierdas, fue parte esencial de la reforma de la
economía que sufrió el país, con la imposición de las
recetas de la Escuela de Chicago; lo mismo sucedió en
Chile, donde el terror fue cómplice del mismo tipo de
metamorfosis económica. En la China de 1989, la masacre de la Plaza de Tiananmen fue el shock que desató oleadas de detenciones, más de decenas de miles,
que permitieron al Partido Comunista convertir el
país en una zona de exportación al por mayor, bien
surtida de trabajadores demasiado aterrorizados como
para exigir ningún derecho laboral. En la Rusia de
1993, Boris Yeltsin decidió enviar los tanques al Parlamento y maniobrar para impedir que los líderes de la
oposición fueran un obstáculo para la privatización
fulminante que dió lugar a la nueva clase dirigente del
país: los famosos oligarcas.
La guerra de las Malvinas, en 1982, permitió a Margaret Thatcher superar la crisis de las huelgas de los mineros. Gracias a la excitación patriótica que recorrió el
país como un relámpago, pudo aplastar la revuelta de
los mineros y lanzar la primera gran marea privatizadora de una democracia occidental. En 1999, el ataque de
la OTAN contra Belgrado permitió que más tarde la
antigua Yugoslavia fuera pasto de rápidas privatizaciones, un objetivo anterior a la propia guerra. La econo-

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mía no fue en absoluto la única motivación que desató estos conflictos, pero en todos y cada uno de los casos, un estado de shock colectivo de primer orden fue
el marco y la antesala para la terapia de shock económica.
Los traumáticos episodios que «prepararon el terreno» no siempre han sido de carácter abiertamente
violento. En la década de 1980, en Latinoamérica y
África, las crisis a causa de las deudas forzaban a los
países a «privatizarse o morir», como dijo un ex funcionario del FMI. Devorados por la hiperinflación, y
demasiado endeudados como para negarse a las exigencias que venían de la mano de los préstamos extranjeros, los gobiernos aceptan los «tratamientos de
shock» creyendo en la promesa de que les salvaría de
mayores desastres. En Asia, la crisis financiera de
1997 y 1998 —de consecuencias comparables a la
Depresión del 29— bajó los humos de los denominados Tigres de Asia, abriendo sus mercados en lo que el
New York Times describió como «la mayor liquidación
por cierre del mundo». Muchos de estos países eran
democrácticos, pero las transformaciones radicales
que crearon el «libre mercado» no se instauraron democráticamente. Más bien al contrario: tal y como lo
entendía Friedman, la atmósfera de crisis a gran escala
ofrecía los pretextos necesarios para desestimar los deseos expresados por los votantes y entregar las riendas
del país a los «tecnócratas» económicos.
Por supuesto, ha habido casos en los que la adopción de las políticas económicas de libre mercado se ha
producido de forma democrática. Los políticos han
presentado propuestas de línea dura, y han ganado las
elecciones, como sucedió durante la presidencia de

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Ronald Reagan en Estados Unidos, y la elección del libre mercado en Canadá en 1988. En estos casos, no
obstante, los cruzados del capitalismo se enfrentaron a
la presión del público, e invariablemente tuvieron que
suavizar y modificar sus planes radicales, viéndose
obligados a aceptar cambios graduales en lugar de una
conversión total. En resumen, el modelo económico
de Friedman puede imponerse parcialmente en democracia, pero para llevar a cabo su verdadera visión necesita condiciones políticas autoritarias. La doctrina
de shock económica necesita, para aplicarse sin ningún
tipo de restricción —como en el Chile de la década
de 1970, China a finales de la de 1980, Rusia en la de
1990 y Estados Unidos tras el 11 de septiembre—, algún tipo de trauma colectivo adicional, que suspenda
temporal o permanentemente las reglas del juego democrático. Esta cruzada ideológica nació al calor de
los regímenes dictatoriales de América del Sur, y en los
nuevos territorios que ha conquistado recientemente,
como Rusia y China, coexiste con comodidad, y hasta
con provecho, con un liderazgo de puño de hierro.

La terapia del SHOCK en casa
[…] Durante tres décadas, Friedman y sus discípulos sacaron partido metódicamente de las crisis y los
shocks que los demás países sufrían, los equivalentes
extranjeros del 11-S: el golpe de Pinochet otro 11-S,
en 1973. Lo que sucedió en 2001 fue que una ideología
nacida a la sombra de las universidades norteamericanas y fortalecida en las instituciones políticas de Washington por fin podía regresar a casa.

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Rápidamente, la Administración Bush aprovechó
la oportunidad generada por el miedo a los ataques
para lanzar la guerra contra el terror, pero también para garantizar el desarrollo de una industria exclusivamente dedicada a los beneficios, un nuevo sector en
crecimiento que insufló renovadas fuerzas en la debilitada economía estadounidense. El término «complejo del capitalismo del desastre» la describe con más
precisión; tiene tentáculos más poderosos y llega más
lejos que el complejo industrial-militar contra el que
Dwight Eisenhower lanzó sus advertencias al final de
su mandato. Estamos ante una guerra global cuyos
combates se libran en todos los niveles de las empresas
privadas cuya participación se subvenciona con dinero
público, y cuya misión sin fin es la protección del territorio estadounidense a perpetuidad, al tiempo que
debe eliminar todo «mal» exterior. En apenas unos
años, el complejo ha extendido su presencia en el mercado bajo distintas y cambiantes formas: desde la lucha contra el terrorismo hasta las misiones de paz internacionales, desde la seguridad municipal hasta la
reacción con motivo de los desastres naturales. El objetivo último de las corporaciones que animan el centro de este complejo es implantar un modelo de gobierno exclusivamente orientado a los beneficios (que
tan fácilmente avanza en circunstancias extraordinarias) también en el día a día cotidiano del funcionamiento del Estado, esto es, privatizar el gobierno.
La Administración Bush empezó por subcontratar,
sin ningún tipo de debate público, varias de las funciones más delicadas e intrínsecas del Estado: desde la sanidad para los presos, hasta las sesiones de interrogación de los detenidos, pasando por la «cosecha» y

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recopilación de información sobre los ciudadanos. El
papel del gobierno en esta guerra sin fin ya no es el de
un gestor que se ocupa de una red de contratistas, sino
el de un inversor capitalista de recursos financieros sin
límite que proporciona el capital inicial para la creación del complejo empresarial y después se convierte
en el principal cliente de sus nuevos servicios. Basta citar tres datos que demuestran el alcance de la transformación: en 2003, el gobierno estadounidense otorgó
3.512 contratos a empresas privadas en concepto de
servicios de seguridad. Durante un período de veintidós meses hasta agosto de 2006, el Departamento de
Seguridad Interior había emitido más de 115.000 contratos similares. La «industria de la seguridad interior»
—hasta 2001 económica insignificante— se había
convertido en un sector que facturaba más de 200.000
millones de dólares. En 2006, el gasto del gobierno de
Estados Unidos en seguridad interior ascendía a una
media de 545 dólares por cada familia.
Y eso si hablamos únicamente del frente nacional
de la guerra contra el terror; las fortunas se ganan luchando en el extranjero. Sin contar los fabricantes de
armas, cuyos beneficios se han disparado gracias a la
guerra en Irak, el mantenimiento del ejército estadounidense es uno de los sectores de servicios que más ha
crecido en el mundo entero. «Jamás se ha librado una
guerra entre dos países que tengan un McDonald’s en
su territorio», afirmó sin rubor el columnista Thomas
Friedman en el New York Times en diciembre de 1996.
No sólo se demostró su error dos años más tarde, sino
que gracias al modelo de beneficios militares, ahora el
ejército norteamericano va a la guerra con Burger
King y Pizza Hut, pues los contrata para hacerse car-

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go de las franquicias que han de alimentar a los soldados en sus bases militares desde Irak a la «miniciudad»
de la bahía de Guantánamo.
Luego, el sector de las ayudas humanitarias y la
reconstrucción de las zonas declaradas catastróficas.
Irak también constituyó una experiencia piloto, y la
reconstrucción orientada a los beneficios ya se ha convertido en nuevo paradigma global, sin importar si la
destrucción original procedía de los tanques de una
guerra preventiva, como sucedió con los ataques de
Israel contra el Líbano en 2006, o de la furia de un
huracán. La escasez de recursos y el cambio climático
han abierto la puerta a una avalancha de nuevos desastres naturales, un desfilar permanente de apetitosas oportunidades de negocio: la ayuda humanitaria
es un mercado emergente demasiado tentador como
para dejarlo en manos de las organizaciones no gubernamentales. ¿Por qué debe ser la UNICEF la encargada de la reconstrucción de las escuelas cuando
puede hacerlo Bechtel, una de las empresas constructoras más grandes de Estados Unidos? ¿Por qué recolocar a la gente sin hogar del Mississippi en apartamentos vacíos subvencionados por el Estado, cuando
los pueden alojar en cruceros de las líneas Carnival?
¿Para qué enviar tropas de pacificación de la ONU a
Darfur cuando empresas privadas como Blackwater
andan a la caza y captura de nuevos clientes? Y ahí
radica la diferencia tras el 11-S: antes, las guerras y los
desastres ofrecían oportunidades para una pequeña
parte de la economía, como los fabricantes de aviones
de combate, por ejemplo, o las empresas constructoras que reparaban los puentes bombardeados. El principal papel económico de las guerras consistía en abrir

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nuevos mercados que permanecían cerrados y en generar largas épocas de crecimiento durante la posguerra. Ahora, la respuesta y las medidas de reacción
frente a guerras y desastres han alcanzado tan alto
grado de privatización que constituyen un nuevo mercado en sí mismas: no es necesario esperar a que termine la guerra para que empiece el desarrollo económico. El medio es el mensaje.
Una de las ventajas más claras de este enfoque
posmoderno es que, en términos de mercado, no puede fallar. Como decía un analista de mercado acerca de
un trimestre con unos resultados financieros excepcionalmente buenos para la empresa de servicios energéticos Halliburton: «Irak fue mejor de lo que esperábamos». Eso fue en octubre de 2006, el mes más cruento
de la guerra, con más de 3.709 bajas de civiles iraquíes. Pero pocos accionistas podían quejarse de una guerra que había generado más de 20.000 millones de dólares de ingresos para una única empresa.
Entre el tráfico de armas, la privatización de los
ejércitos, la industria de la reconstrucción humanitaria y la seguridad interior, el resultado de la terapia
de shock tutelada por la Administración Bush después de los atentados es, en realidad, una nueva economía plenamente articulada. Nació en la era Bush,
pero existe independientemente de una administración concreta y seguirá funcionando entre los intersticios del sistema hasta que la ideología supremacista
y empresarial que la propulsa quede en evidencia,
aislada y en entredicho. El complejo empresarial está
en manos de multinacionales estadounidenses, pero
su naturaleza es global: las compañías británicas aportan su experiencia con una red de ubicuas cámaras de

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seguridad, las empresas israelíes su pericia en la construcción de vallas y muros de última tecnología, la industria maderera canadiense vende casas prefabricadas que son diez veces más caras que las del mercado
local, y así podríamos seguir indefinidamente. «No
creo que nadie se haya planteado la industria de la reconstrucción tras los desastres naturales como un
mercado inmobiliario hasta ahora», afirmó Ken Baker, presidente de un grupo de industriales madereros de Canadá. «Es una estrategia que nos permitirá
diversificarnos a largo plazo.»
En cuanto a su escala, el complejo empresarial
surgido del capitalismo del desastre está en pie de
igualdad con los «mercados emergentes» y el auge de
las tecnologías de la información que tuvieron lugar
en la década de 1990. De hecho, las fuentes consultadas afirman que las cifras barajadas son mucho más altas que entonces, y que la «burbuja de la seguridad»
inyectó vida en el mercado cuando el negocio de Internet empezó a flaquear. Junto con los grandes beneficios de la industria de los seguros (se cree que alcanzaron un récord de 60.000 millones de dólares en el
año 2006, sólo en Estados Unidos), así como los excelentes resultados de las compañías petrolíferas (que
crecen con cada nueva crisis), la economía del desastre quizás haya salvado al mercado mundial de la tremenda recesión que amenazaba con desatarse en la
víspera de los atentados de 2001.
Un problema recurrente se presenta cuando tratamos de relatar la historia de la cruzada ideológica que
ha desembocado en la privatización radical de la guerra y del desastre: la ideología cambia continuamente

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de forma, de nombres y de identidades. Friedman se
consideraba un «liberal», pero sus discípulos estadounidenses, que relacionaban el liberalismo con elevados
impuestos y hippies, tendieron a identificarse como
«conservadores, «economistas clásicos», «defensores
del libre mercado», y, más tarde, seguidores de las Reaganomics* o del laissez-faire. En la mayor parte del
mundo son conocidos como neoliberales, pero a menudo se utilizan los términos «libre mercado» o,
sencillamente, «globalización». Únicamente desde mediados de 1990, este movimiento intelectual dirigido
por los think tanks de extrema derecha con los que
Friedman trabajó durante varios años —como Heritage Foundation, Cato Instituto o American Entreprise
Institute— empezó a autodenominarse «neoconservadores», un enfoque que ha enrolado toda la potencia
del ejército y de la maquinaria militar al servicio de los
propósitos del conglomerado empresarial.
Todas estas reencarnaciones comparten un compromiso para con una trinidad política: la eliminación del rol público del Estado, la absoluta libertad
de movimientos de las empresas y un gasto social
prácticamente nulo. Pero ninguna de las múltiples nomenclaturas que esta ideología ha recibido parece suficientemente adecuada. Friedman declaró que su propuesta era un intento de liberar al mercado de la
tenaza estatal, pero el historial de los distintos experimentos económicos que se han llevado a cabo nos
muestran una realización muy distinta de su visión de
purista. En todos los países en que se han aplicado las
* Reaganomics: término que combina economics (economía) y el nombre del
presidente Ronald Reagan. Describe la política económica que éste llevó a cabo durante su mandato.

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recetas económicas de la Escuela de Chicago durante
las tres últimas décadas, se detecta la emergencia de
una alianza entre unas pocas multinacionales y una
clase política compuesta por miembros enriquecidos:
una combinación que acumula un inmenso poder, con
líneas divisorias confusas entre ambos grupos. En Rusia, los empresarios billonarios que forman parte del
juego de alianzas reciben el nombre de «oligarcas»; en
China, los «príncipes»; en Chile, «las pirañas», y en
Estados Unidos, los «pioneros» de la campaña BushCheney. En lugar de liberar al mercado del Estado, estas élites políticas y empresariales sencillamente se han
fusionado, intercambiando favores para garantizar su
derecho a apropiarse de los preciados recursos que anteriormente eran públicos, como los campos petrolíferos de Rusia, pasando por las tierras colectivas chinas,
hasta los contratos de reconstrucción otorgados para
Irak.
El término más preciso para un sistema que elimina los límites en el gobierno y el sector empresarial no
es liberal, conservador o capitalista, sino corporativista. Sus principales características consisten en una
gran transferencia de riqueza pública hacia la propiedad privada, a menudo acompañada de un creciente
endeudamiento, el incremento de las distancias entre
los inmensamente ricos y los pobres descartables, y un
nacionalismo agresivo que justifica un cheque en blanco en gastos de defensa y seguridad. Para los que permanecen dentro de la burbuja de extrema riqueza que
este sistema crea, no existe una forma de organizar la
sociedad que dé más beneficios. Pero dadas las obvias
desventajas que se derivan para la gran mayoría de la
población que están excluidas de los beneficios de la

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burbuja, una de las características del Estado corporativista es que suele incluir un sistema de vigilancia
agresiva (de nuevo, organizado mediante acuerdos y
contratos entre el gobierno y las grandes empresas),
encarcelamientos en masa, reducción de las libertades
civiles y a menudo, aunque no siempre, tortura.

La tortura como metáfora
De Chile a Irak, la tortura ha sido el socio silencioso de la cruzada por la libertad del mercado global.
Pero la tortura es más que una herramienta empleada
para imponer reglas no deseadas a una población rebelde. También es una metáfora de la lógica subyacente en la doctrina del shock.
La tortura, o por utilizar el lenguaje de la CIA, los
«interrogatorios coercitivos», es un conjunto de técnicas diseñado para colocar al prisionero en un estado
de profunda desorientación y shock, con el fin de obligarlo a hacer concesiones contra su voluntad. La lógica que anima el método se describe en dos manuales
de la CIA que fueron desclasificados a finales de la década de 1990. En ellos se explica que la forma adecuada para quebrar «las fuentes que se resisten a cooperar» consiste en crear una ruptura violenta entre los
prisioneros y su capacidad para explicarse y entender
el mundo que les rodea. Primero, se priva de cualquier
alimentación de los sentidos (con capuchas, tapones
para los oídos, cadenas y aislamiento total), luego el
cuerpo es bombardeado con una estimulación arrolladora (luces estroboscópicas, música a toda potencia,
palizas y descargas eléctricas). En esta etapa se «pre-

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para el terreno» y el objetivo es provocar una especie
de huracán mental: los prisioneros caen en un estado
de regresión y de terror tal que no pueden pensar racionalmente ni proteger sus intereses. En ese estado de
shock, la mayoría de los prisioneros entregan a sus interrogadores todo lo que éstos desean: información,
confesiones de culpabilidad, la renuncia a sus anteriores creencias. Uno de los manuales de la CIA ofrece
una explicación particularmente sucinta: «Se produce
un intervalo, que puede ser extremadamente breve, de
animación suspendida, una especie de shock o parálisis psicológica. Esto se debe a una experiencia traumática o subtraumática que hace estallar, por así decirlo,
el mundo que al individuo le es familiar, así como su
propia imagen dentro de ese mundo. Los interrogadores experimentados saben reconocer ese momento de
ruptura y saben también que en ese intervalo la fuente
se mostrará más abierta a las sugerencias, y es más probable que coopere que durante la etapa anterior al
shock».
La doctrina del shock reproduce este proceso paso a paso, en su intento de lograr a escala masiva lo
que la tortura obtiene de un individuo en la sala de interrogatorios. El ejemplo más claro fue el shock del 11S, día en el cual para millones de personas el «mundo
que les era familiar» estalló en mil pedazos, y dio paso
a un período de profunda desorientación y regresión
que la Administración Bush supo explotar con pericia.
De repente, nos encontramos viviendo en una especie
de Año Cero, en el cual todo lo que sabíamos podía
desecharse despectivamente con la etiqueta de «antes
del 11-S». Aunque la historia jamás había sido nuestro
fuerte, Norteamérica se había convertido en una tabla

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rasa, una verdadera «página en blanco» sobre la cual
se podían «escribir las palabras más nuevas y más hermosas», como Mao le decía a su pueblo. Un nuevo
ejército de especialistas se materializó rápidamente para escribir nuevas y hermosas palabras sobre el tapiz
receptivo de nuestra conciencia postraumática: «choque de civilizaciones», grabaron. «Eje del mal», «fascismo islámico», «seguridad nacional». Con el mundo
preocupado y absorto por las nuevas y mortíferas guerras culturales, la Administración Bush pudo lograr lo
que antes del 11-S apenas había soñado: librar guerras
privadas en el extranjero y construir un conglomerado
empresarial de seguridad en territorio estadounidense.
Así funciona la doctrina del shock: el desastre original —llámese golpe, ataque terrorista, colapso del
mercado, guerra, tsunami o huracán— lleva a la población de un país a un estado de shock colectivo. Las
bombas, los estallidos de terror, los vientos ululantes
preparan el terreno para quebrar la voluntad de las sociedades tanto como la música a toda potencia y las
lluvias de golpes someten a los prisioneros en sus celdas. Como el aterrorizado preso que confiesa los nombres de sus camaradas y reniega de su fe, las sociedades en estado de shock a menudo renuncian a valores
que de otro modo defenderían con entereza. Jamar
Perry y sus compañeros de evacuación en el refugio de
Baton Rouge tuvieron que sacrificar los pisos de protección oficial y las escuelas públicas. Después del tsunami, los pescadores de Sri Lanka tenían que abandonar su valiosa tierra frente al mar y cederla a los
constructores de hoteles. Los iraquíes, si todo iba según lo planeado, tenían que caer en tal estado de shock
que cederían el control de sus reservas petrolíferas, sus

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compañías estatales, y toda su soberanía nacional al
ejército estadounidense y sus bases militares y zonas
verdes.
Este libro es un desafío contra la afirmación más
apreciada y esencial de la historia oficial: que el triunfo del capitalismo nace de la libertad, que el libre mercado desregulado va de la mano de la democracia. En
lugar de eso, demostraré que esta forma fundamentalista del capitalismo ha surgido en un brutal parto cuyas comadronas han sido la violencia y la coerción, infligidas en el cuerpo político colectivo así como en
innumerables cuerpos individuales. La historia del libre mercado contemporáneo —el auge del corporativismo, en realidad— ha sido escrita con letras de
shock.
Hay mucho en juego. La alianza corporativista está cerca de conquistar su última frontera: los mercados
y las economías del petróleo del mundo árabe, hasta
ahora cerrados, y sectores de las economías occidentales que llevan tiempo protegidas de la regla de los beneficios, incluyendo la respuesta ante los desastres naturales y los ejércitos. Puesto que ni siquiera se
pretende buscar el consenso público para privatizar
funciones tan esenciales, ni en el frente doméstico ni
en el extranjero, es necesario convocar a los jinetes de
la violencia creciente y de catástrofes aún mayores para alcanzar dichos objetivos. Paradójicamente, como el
papel decisivo de los shocks y las crisis han sido expurgados tan eficientemente del historial del auge del libre mercado, las tácticas extremas desplegadas en Irak
y Nueva Orleans a menudo se tachan de prácticas incompetentes, o amiguismo por parte de la Casa Blanca

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de Bush. En realidad, las hazañas de Bush son una mera punta del iceberg creado, una diminuta porción de
una campaña monstruosamente violenta que lleva en
pie de guerra cincuenta años para lograr la absoluta liberalización del mercado.
Cualquier intento de responsabilizar a determinadas ideologías por los crímenes cometidos por sus seguidores debe plantearse con absoluta prudencia. Es
demasiado fácil afirmar que la gente con la que no estamos de acuerdo no sólo se equivoca, sino que también son tiranos, fascistas y genocidas. Pero también es
cierto que algunas ideologías constituyen un peligro
para la sociedad, y que deben ser identificadas como
tales. Me refiero a las doctrinas fundamentalistas y reconcentradas, incapaces de coexistir con otros sistemas de creencias. Sus seguidores deploran la diversidad y exigen mano libre para poner en marcha su
sistema perfecto. El mundo tal y como es debe ser destruido, para que su pura visión pueda crecer y desarrollarse debidamente. Arraigada en las fantasías bíblicas de grandes inundaciones y fuegos místicos, esta
lógica lleva ineludiblemente a la violencia. Las ideologías peligrosas son las que ansían esa tabla rasa imposible, que sólo puede alcanzarse mediante algún tipo
de cataclismo.
Generalmente, los sistemas que claman por la eliminación de pueblos y culturas enteros con el fin de
satisfacer una visión pura del mundo son aquellos que
profesan una extrema religiosidad y que propugnan la
segregación racial. Pero desde el colapso de la Unión
Soviética se ha producido un reconocimiento histórico
de los grandes crímenes cometidos en nombre del comunismo. Los sótanos de las agencias de información

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soviéticas han abierto sus puertas a investigadores que
se han apresurado a contar el número de muertos en
hambrunas, campamentos de trabajos forzados y asesinatos. El proceso ha generado un fuerte debate en
todo el mundo respecto al papel de la ideología que
había detrás de estas atrocidades, y hasta qué punto
ésta es responsable de aquéllas, o bien si la distorsión
del sistema se debe a que tuvo líderes como Stalin, Ceaucescu, Mao o Pol Pot.
«Fue el comunismo de carne y hueso el que impuso la represión en masa, que terminó creando un reinado del terror estatal», escribe Stéphane Courtois,
coautor del polémico El libro negro del comunismo.
«¿Podemos decir que la ideología no tiene la culpa?»
Por supuesto que no. Pero tampoco se puede deducir
que todas las formas de comunismos sean intrínsecamente genocidas, como se ha dicho con total desparpajo. Ciertamente fueron interpretaciones doctrinales
y dictatoriales de la teoría comunista que despreciaban
la pluralidad las que llevaron a las ejecuciones masivas
de Stalin y a los campos de reeducación de Mao. La
dictadura comunista está, como debe ser, por siempre
empañada por esos experimentos en sociedades reales.
¿Y qué hay de la cruzada contemporánea para la
libertad de los mercados mundiales? Los golpes de Estado, las guerras y las matanzas que han instaurado y
apoyado regímenes afines a las empresas jamás han sido tachados de crímenes capitalistas; en lugar de eso
se han considerado frutos del excesivo celo de los dictadores, como sucedió con los frentes abiertos durante la Guerra Fría y la actual guerra contra el terror. Si
los adversarios más comprometidos contra el modelo
económico corporativista desaparecen sistemática-

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mente, ya sea en la Argentina de la década de 1970 o
en el Irak de hoy en día, esa labor de supresión se
achaca a la guerra sucia contra el comunismo o el terrorismo. Prácticamente jamás se alude a la lucha para
la instauración del capitalismo en estado puro.
No estoy afirmando que todas las formas de la
economía de mercado son violentas de por sí. Es perfectamente posible poseer una economía de mercado
que no exija tamaña brutalidad ni pida un nivel tan
prístino de ideología pura. Un mercado libre, con una
oferta de productos determinada, puede coexistir con
un sistema de sanidad pública, escolarización para todos, y una gran porción de la economía —como, por
ejemplo, una compañía petrolífera nacionalizada— en
manos del Estado. También es posible pedirles a las
empresas que paguen sueldos decentes, que respeten
el derecho de los trabajadores a formar sindicatos, y
solicitar a los gobiernos que actúen como agentes de
redistribución de la riqueza mediante los impuestos y
las subvenciones, con el fin de reducir al máximo las
agudas desigualdades que caracterizan al Estado corporativista. Los mercados no tienen por qué ser fundamentalistas.
Keynes propuso exactamente esta combinación
de economía regulada y mixta después de la Gran Depresión, una revolución en las políticas públicas que
dieron lugar al New Deal y a transformaciones parecidas en todo el mundo. Era exactamente el sistema de
compromisos, equilibrios y controles que la contrarrevolución de Friedman se dispuso a desmantelar metódicamente en todo el mundo. Bajo este prisma, la Escuela de Chicago y su modelo de capitalismo tienen
algo en común con otras ideologías peligrosas: el deseo

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básico por alcanzar una pureza ideal, una tabla rasa sobre la que construir una sociedad modélica y re-creada
para la ocasión.
Este ansia por los poderes casi divinos de una
Creación total explica precisamente la razón por la
que los ideólogos del libre mercado se sienten tan atraídos por las crisis y las catástrofes. La realidad no apocalíptica no es muy hospitalaria para con sus ambiciones, sencillamente. Durante más de treinta y cinco
años, el motor de la contrarrevolución de Friedman ha
sido la singular atracción hacia un tipo de libertad de
maniobra y posibilidades que sólo se da en situaciones
de cambio cataclísmico. Cuando las personas, con sus
tozudas costumbres e insistentes demandas, estallan
en mil pedazos: momentos en los que la democracia
parece una imposibilidad práctica.
Los creyentes de la doctrina del shock están convencidos de que solamente una gran ruptura, como
una inundación, una guerra o un ataque terrorista puede generar el tipo de tapiz en blanco, limpio y amplio
que ansían. En esos períodos maleables, cuando no tenemos un norte psicológico y estamos físicamente exiliados de nuestros hogares, los artistas de lo real sumergen sus manos en la materia dócil y dan principio
a su labor de remodelación del mundo.

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